PRIMER PEDAZO O PASO, SÍ, DE “EL PUZLE”
Hay autores (ellas y ellos) que, por muchas novelas (o cuentos o artículos de opinión) que trencen, o por muchos poemas que compongan, son tan reconocibles que acaban siendo fácilmente reconocidos hasta por sus lectores esporádicos, los no tan fieles. Ignoro si, cuando eso acaece, a los unos y a los otros les pasa tres cuartos de lo propio, que allegan o tienen la impresión refractaria de haber acordado o consensuado el juicio mancomunado de que, siempre que empuñan una péñola, terminan escribiendo la misma novela (o relato o tribuna) o poema.
Cabe hallar, entre los autores (hembras y/o varones) del párrafo precedente, a quienes tienen la sensación indócil de que han rebuscado tantas veces en el baúl de sus recuerdos, de que han ordeñado en tan innúmeras ocasiones la vaca de su memoria que, al comprobar o constatar que ya no sale una sola gota más de leche, néctar nutritivo por antonomasia o excelencia, de los pezones de sus ubres, una de dos, o bien tienden a creer que el conducto nutricio se ha atorado u obstruido, o bien que la mama ya ha quedado exhausta.
Si antes, de cuantos sucesos ajenos había sido testigo presencial o de los que me habían ocurrido a mí, saltaba fácil, apenas sin esfuerzo, la chispa de lo que luego servidor, con paciencia de artesano, era capaz de metamorfosear en texto verosímil, literario, ahora tenía que hacer como nuestros ancestros o antepasados del “cronotopo” más remoto, los de la noche de los tiempos, cuando se veían obligados a chocar dos piedras para que alguna de las chispas que saltaban de la fricción lograra prender la yesca y, así, conseguir hacer fuego.
Aunque no soy un iluso, con alguna de las nuevas que por el canal que sea me llegan me ilusiono. Así que te adelanto, atento y desocupado lector, seas ella o él, que he contratado los servicios de un especialista, perito o versado en radiestesia y de un pocero, para que donde indique el primero excave el segundo. Sé, de buena tinta, que ese zahorí estuvo antes en mi propiedad, cuando esta pertenecía a quien me la vendió. Me consta que, cuando se carga, cuando va ebrio, se le suelta la sin hueso y suele airear, a voz en grito, que, a dos metros del olivo centenario que sigue siendo el impertérrito dueño y señor del patio de mi casa, la varilla de avellano, ahorquillada en uno de sus extremos, que sostuvo otrora con ambas manos, no dejó de temblar y, para cerciorarse o confirmar el hecho, el péndulo que usó a continuación no dejó de girar alocadamente. Así que, si he de hacer caso a lo que también predijo y gusta predicar cuando va borracho, en el subsuelo de aquel lugar se cruzan dos corrientes subterráneas, a una él la denominó “de la memoria” y a la otra llamó “de la imaginación” (pero nunca, que yo sepa, ha explicado el porqué).
Aunque hace medio siglo escuché leer o leí el cuento de la lechera, fábula de Esopo (ya fuera en la versión en prosa de don Juan Manuel o en la urdida en verso por Félix María de Samaniego), no sé si de todo lo más reciente he colegido lo oportuno, porque he apuntado en mi diario que ya “tengo medio solucionado el asunto de mi sequía argumental”.
Mi amigo del alma y heterónimo Emilio González, “Metomentodo”, me ha aconsejado que les pague al zahorí y al pocero el desplazamiento y el primer día de trabajo y, de esa guisa, borre, bordee o evite de mi mente esa pesadilla, que es en lo que devendrá, seguramente, meterme en esa camisa de once varas, o sea, que me decante por una opción razonable, sacarle el jugo o provecho a lo que aún no he hecho, releer “El huerto de Emerson”, de Luis Landero, alternativa más inteligente y, sin duda, más barata.
He llamado por teléfono a Emilio y le he leído los renglones torcidos que había agavillado. Metomentodo me ha escuchado con atención y, cuando he acabado, me ha brindado su comentario o parecer, que me ha encantado oír, porque ha venido a decirme, poco más o menos, que he aprovechado el Tiempo de vendimia, primera pieza de la obra del pacense; y de que, aunque breve, ya tengo mi primer pedazo o paso, sí, de “El puzle”.
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
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