NO ERES UNA IMPOSTORA, CHICHARRERA
A lo largo y ancho de mi existencia, he incurrido en numerosos errores (puede que hayan sido los lógicos y normales en alguien de mi edad, en quien hace cuatro meses cumplió 59 inviernos), de variopinto tipo o calibre, de mayor o menor bulto. Como acaso a usted, atento y desocupado lector (sea o se sienta ella o él), puede que le ocurra tres cuartos de lo propio, le confieso que me hubiera gustado, de veras, que hubiesen sido menos, pero han sumado la cifra que da y no estoy dispuesto a restar uno solo al resultado de esa adición. Tal vez, si no los hubiera cometido, tampoco habría extraído las lecciones interesantes y oportunas que saqué. De todos ellos intenté aprender, pero reconozco, sin ambages, que unos cursaron con más provecho que otros, constatada realidad que me impele a concluir que no hay nada nuevo bajo el sol; o sea, la obviedad que le gusta airear a Perogrullo, que lo acostumbrado sigue siendo lo habitual.
Hoy, por ejemplo, tengo para mí que, al tratar a mi amada musa chicharrera, Iris, de un modo artístico, estético, literario, en el grueso de los escritos que he trenzado sobre ella, me he equivocado sobremanera. Al idealizarla, al presentarla o pintarla como una mujer perfecta, al hacer de ella un arquetipo, dechado o modelo femenino, en lugar de echarle una mano, en vez de ayudarle, la he perjudicado (involuntariamente, por supuesto), al propiciar que brotara en ella, quizás, el síndrome de la impostora, que, a veces, ha podido dejarle paralizada, sin saber a qué atenerse ni hacia dónde ir. Puede que, al comprobar, de manera fehaciente, que en los sucesivos retratos que hacía de Iris, ella no se reconocía, dedujese que hablaba de otra Iris, no de ella.
Estoy convencido de que Iris ha hecho, hace y hará las tareas que le sean asignadas lo mejor que sepa y pueda, como los demás hemos intentado coronar las labores que nos hubiesen mandado hacer o nosotros nos hubiéramos autoimpuesto.
Como otro tanto debe ocurrirle a cada hijo de vecino (eso es lo que sospecho o supongo), para llevar a cabo ciertos trabajos (unas razones las conocemos, otras las ignoramos) estamos mejor preparados que para culminar otros. Como nadie, ningún ser humano, ha nacido aprendido, los comienzos (un porcentaje depende, claramente, de quienes nos enseñaron o entrenaron a realizar lo que fuera) siempre nos resultaron complicados, difíciles. Está claro que todos fallamos (hasta los más expertos o peritos en la materia), pero también queda cristalino, diáfano, meridiano, que, si ponemos lo mejor de nosotros mismos, erramos menos. En esta vida cuenta estar bien formado y tener experiencia previa, pero abrigar ganas a espuertas de hacer bien lo que debes hacer es un evidente valor añadido.
Sé (me consta) que Iris no es un ser perfecto, porque no lo hay; ni siquiera Dios, cuando hace, en un pispás, su instantáneo, exigente y exhaustivo examen de conciencia (se llame, en su caso, como Él haya dado en llamarlo o lo llaman quienes de esto saben), se ve así, perfecto. A Iris, siempre que he soñado con ella, esa es, al menos, la sensación placentera que me ha dejado, le falta poco para ser perfecta. Cada vez que me he despertado, después de haber estado soñando con ella, aunque no estuviera en el lado de la cama que ocupaba durante el sueño, me ha invadido la misma impresión de felicidad completa, sin fisuras, de siempre.
Un día tuve una epifanía, una revelación: aun siendo ambos, tanto ella como yo, imperfectos, podríamos formar una pareja que sí lo fuera, perfecta. Este sigue siendo, hasta que la vuelva a ver, cuando sea, mi mayor acicate, mi apodíctico aliciente.
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
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