CRÓNICA DEL POSTRER DÍA DE AGOSTO
YO ME RÍO, A MANDÍBULA BATIENTE,
DE LAS MIL TONTERÍAS QUE HAGO O DIGO
En esta vida es fundamental reírse de uno mismo (de las tonterías que piensa, hace o dice) y, asimismo, carcajearse a mandíbula batiente, de las sandeces que protagonizan, quiéranlo o no, los demás (ellas y ellos), sean amigos íntimos de servidor, conocidos, saludados o ignorados.
También es crucial salir/se del carril o riel de la rutina (si no lleva aparejado dicho hecho que alguien se sienta molestado, enfadado, indignado y/o sufra). Así que, siempre que puedas, atento y desocupado lector, ya seas o te sientas ella, ya seas o te sientas él, te recomiendo, con especial encarecimiento, que te sumes, de manera entusiasta o entusiástica, elige, a una salida cultural (en la que el arte, fuera llevado este a cabo por las manos creativas de uno de tus congéneres o semejantes humanos o por la naturaleza —yo, verbigracia, me extasío viendo extraños cuadros en nubes y follajes— no falte).
¿Por qué he comenzado este texto así? Porque el último día del mes pasado disfruté de lo lindo en la gratísima e inmejorable compañía de mis amigos del alma “los Luises” (Calvo Iriarte y de Pablo Jiménez). De Pablo, desde Rincón de Soto, se desplazó en su coche y me recogió en Tudela (acudió a mi casa provisto de una bolsa generosa, que contenía manjares, racimos de uva blanca moscatel e higos). Reemprendimos la marcha en su híbrido, silencioso, y llegamos a Tafalla. Evidentemente, él fue a casa de su tocayo con otra bolsa dadivosa, con frutas de semejante jaez a las mentadas; y servidor con sendas copias de sus trece últimos textos en prosa ya publicados y dos aún sin publicar. En casa de Luis Quirico saludamos a su esposa, Amaya, al susodicho, y nos tomamos un café.
En el coche de De Pablo fuimos los tres a Sangüesa, primera parada de nuestro periplo. Tras aparcar el híbrido, llegamos a pie a la iglesia de Santa María la Real, donde contemplamos, sin la ayuda de guía, su abigarrada portada románica, que se encargaron de tallar Leodegarius, la parte inferior, y el maestro de Agüero o de San Juan de la Peña, la superior, más escueta. Leodegarius aprovechó una columna-estatua de la parte de la izquierda, que representa a Santa María, para dejar su firma en la página de un libro abierto que porta ella.
En el interior del citado edificio religioso ponderamos el retablo mayor, plateresco, presidido por la imagen de Nuestra Señora de Rocamador; el cuadro donde están representados Santa Ana, la Virgen y el Niño; la pintura doble (por el haz y el envés) del díptico (que, por el anverso, muestra una representación de la Anunciación y, por el reverso, una visión del Apocalipsis de Juan, o viceversa); y la tercera custodia procesional más antigua de España (tras las de Ibiza y Barcelona), según insistió en persuadirnos uno de los cicerones diletantes que amablemente nos guiaron y dieron una explicación detallada de lo observado con interés.
A mí me impresionó sobremanera el diablo, al que identifiqué en la representación oscura del Apocalipsis con el dragón de siete cabezas, al que se disponía a descabezar el Arcángel San Miguel.
A la salida, anduvimos por la rúa Mayor sangüesina, valoramos las fachadas de varios edificios anejos a la misma, hasta que hallamos una mesa libre, donde tomamos asiento y pedimos tres cañas, dos sin alcohol y una con (luego, al final, en la adenda o nota bene, contaré una anécdota; aún no he decidido por qué variante o varilla del abanico me decantaré, si por la verdadera o por una creíble, verosímil).
Volvimos sobre nuestros pasos, llegamos hasta donde De Pablo aparcó su híbrido y reemprendimos el viaje hasta el aparcamiento de la Foz de Lumbier (a la vuelta de la andada o “andamiaje”, los filólogos, De Pablo y servidor, comprobamos que nuestros zapatos negros volvían, velis nolis, con una capa de polvo o ceniza blanca, incorporada de bóbilis).
Durante los ciento y pico metros (a ojo de mal cubero) que medía el túnel, que recorrimos sin la necesidad de portar una linterna, vi dos veces, en dos huecos distintos y distantes, al dragón (con el que no había acabado aún San Miguel) de siete cabezas del díptico, es decir, al demonio, que, según cuenta una leyenda, cuando no le apetece firmar sus obras con su nombre verdadero, se disfraza de dragón y las rubrica de siete maneras distintas, según sea la cabeza que, haya habido sorteo previo o no, elija.
Regresamos al aparcamiento de la Foz y reemprendimos el viaje. Llegamos a Ochagavía, donde había más de ocho y más de dieciocho comiendo, seguro, pues todas las mesas estaban ocupadas, llenas, completas; lo juro por ¿Tutatis?
Cuando nos asignaron una mesa, que había quedado libre, nos sentamos. Vivian, la viva camarera colombiana, nos tomó nota de lo escogido y dimos buena cuenta de cuanto ella nos sirvió y nosotros llevamos a nuestros respectivos coletos. A la sombra de un árbol, a la vera del río Salazar, volvimos a reparar (sin tener que reformar nada; uso el verbo con el significado de constatar) en lo obvio y consabido, que, cuando el marco, o sea, el paisaje, es incomparable, y los caldos y las viandas son buenos, el excelso paisanaje, la excelente compañía humana, hace que unos y otras se maximicen o potencien y devengan óptimos/as.
En el restaurante Orialde, al que solo le pondría un pero, que ya se lo comenté a la joven camarera que nos atendió amablemente, Vivian, que faltaba papel higiénico en el servicio de caballeros, nos avituallamos por una excelente relación calidad/precio.
En el viaje de vuelta hicimos parada en Navascués, el pueblo de la madre de Luis Quirico, donde saludamos, qué coincidencia, a uno de sus primos carnales.
Habíamos proyectado tomarnos un gin-tonic en Tafalla, pero, como íbamos justos de tiempo, lo dejamos y pospusimos para la siguiente ocasión. Así que les debo a “los Luises” los combinados prometidos.
A los mentados al final del párrafo precedente, por contribuir a hacer que el último día del mes de agosto fuera inolvidable en varios aspectos para servidor, sencillamente, quiero darles ¡gracias!, ¡muchas gracias!
Nota bene
En su celebrada y muy leída obra “El infinito en un junco”, Irene Vallejo, su autora, cuenta qué narra Hesíodo en la suya, “Los trabajos y los días”, que, estando un día apacentando el rebaño, que tenía a su cargo y cuidado, al pie del monte Helicón, tuvo una visión (se sobreentiende que el de la visión citada fue el singular Hesíodo, no el plural o colectivo rebaño) y se le aparecieron en bloque las nueve hijas de Mnemósine, que le enseñaron un canto (una melodía, no una piedra), le insuflaron sus dones, cada una el suyo, y colocaron en sus manos una rama de laurel. Al adoptarlo las musas, al alimón, le dijeron esta frase inquietante: “Sabemos contar mentiras que parecen verdades, y sabemos, cuando queremos, proclamar la verdad”.
Es la verdad lo que referiré a continuación, aunque parezca mentira, pues he olvidado decir en el cuerpo de la crónica que Luis Quirico pidió a la camarera en la terraza del bar, para picar, unos “calamaricos”. Al parecer, la camarera había entendido caramelicos, porque nos sacó con las cañas de cerveza, dos sin alcohol y una con, un platillo con gominolas. Nos quedamos los tres mirándonos, incrédulos. Cuando Luis Quirico decidió levantarse para deshacer el malentendido, se dio cuenta de que ya salía la camarera con los calamares, que ella llamó “rabas”. El malentendido había sido uno, pero no el que nosotros habíamos pensado.
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
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