¿DECIR Y OÍR SON VERBOS SIN SENTIDO?
La segunda vez que fui (acompañando también a mi esposa Francisca Marifé) a casa de la tía Gertrudis, “Tula”, sí, como la protagonista de la famosa novela unamuniana (donde, si no recuerdo mal, leí, por primera vez en mi vida, la palabra “sororidad”, sin que al concepto que asimilé entonces le cuadre o encaje, como alianza en el dedo anular, ninguna de las tres posibles definiciones, acaso se le acerque la primera, que de dicha entrada o vocablo da en la actualidad el Diccionario de la lengua española, DLE; ignoro si fue en el jugoso y propio texto de don Miguel de Unamuno o en el estudio preliminar que lo antecedía en el citado volumen, que agrupaba a ambos), hermana mayor de mi suegra Maribel, ocurrió, poco más o menos, tres cuartos de lo mismo que sucedió en la prístina.
Lo primero que hizo la tía Tula, nada más abrirnos la puerta de su piso, saludarnos, abrazarnos, besarnos (eran otros tiempos, sin pandemia de covid-19; Marifé volvió a echar mano de la misma añagaza, pero la tía acaso no reparara en la reedición del subterfugio, como quizá tampoco se enterara del todo de la intención irónica que acarreaba o contenía el artificio la primera vez, cuando le preguntó a su querido familiar cuándo había firmado el contrato o pacto con el diablo, porque la tía Tula estaba igual que la última vez, y habían transcurrido tres años cabales, al menos, si no marro, de ello) y animarnos a que cruzáramos el luengo pasillo y llegar al salón/comedor, donde, por cierto, nunca comimos nada, fue enseñarnos, de nuevo, dentro de la vitrina de la parte central del mueble (qué paradoja, difícil de mover) colocado a la izquierda, en el fondo de la estancia, los trofeos (qué contradictoria y fea palabra, pues sirve para nombrar algunos de ellos, hermosos y hasta muy bellos) y las medallas que había ganado su único hijo (nada más proferir ella esas tres palabras juntas, recordé el título de la novela de Leopoldo Alas, “Clarín”), ya finado (falleció, tras sufrir un mortal accidente, al descender —he de reconocer que la expresión “a tumba abierta”, que algunos periodistas usaron entonces en sus crónicas, cuadraba, encajaba o fue distintiva, pertinente y relevante con el caso que nos ocupa, fatal, letal— un puerto y caer por un barranco, cuando iba escapado en una etapa del Tour de Francia de 1994), José Félix, en el ciclismo aficionado y profesional.
Sin ánimo de ofender (o eso quise pensar, aunque advertí en el tono que ella usó un ápice de actitud rozagante), me preguntó cuántos/as había ganado yo. Empecé a narrar un relato que trencé para presentarlo a cierto concurso literario, al que, a la postre, cuando me enteré de quiénes iban a ser los miembros del jurado, renuncié a hacer tal cosa (la ojeriza que me tenía y aún me sigue teniendo uno de ellos, un metomentodo de tomo y lomo, hubiera mediado e impedido que lo ganara), pero no sirvió de nada; porque, o no le gustó lo que le contaba, que iba de mis numerosas carreras de larga distancia a campo traviesa; o, aunque me oyera, no me escuchaba (lo que le entraba por un oído le salía por el otro, sin haberse quedado ella con una sola pizca de la sustancia o el contenido del mensaje transmitido); o estaba teniente, medio sorda o enteramente tal del oído derecho, por el que yo le hablaba; o estaba hecha a escucharse a sí misma y a pasar olímpicamente de lo que le dijeran las/os demás; o por cualesquiera otras razones que sigo sin identificar, fueran estas las que fueran.
Este menda tiene la impresión refractaria y la sospecha (con muchos visos de ser cierta) de que Javier Marías escribió el articulo titulado “CUANDO RAZONAR RESULTA OFENSIVO” (que apareció publicado en la página 114 del número 2.360 de EL PAÍS SEMANAL, correspondiente al domingo 19 de diciembre de 2021) para ella, la tía Tula, pero mucho me temo que no lo leerá nunca, ni siquiera su tesis central, que cabe concentrar en estas 22 palabras selectas por su hacedor, Javier Marías: “La trivialidad de lo dicho y oído ha alcanzado tal extremo que en realidad son actividades destinadas a caer en el vacío”.
Si me hallo urdiendo en estos momentos los renglones torcidos que acarreará este texto lo hago por dos razones de peso, por pundonor y por la petición que hace el susodicho autor al final del artículo susodicho: “Ruego a los filósofos y a mis colegas novelistas que vayan imaginando, pensando; que vayan dándonos ideas para seguir combatiendo los disparates, las estupideces y las falacias con alguna otra arma dialéctica, antes de que nos extingamos”.
Tú, atento y desocupado lector (ora seas o te sientas ella, ora seas o te sientas él), ¿no tienes la sensación de que decir y oír son verbos sin sentido, porque nadie escucha lo que otra/o dice y/o una/o debe hablar para las paredes?
Eladio Golosinas, “Metaplasmo”.
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
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