¿VES TU CARICATURA Y NO TE RÍES?
SI LA LATENTE VUELVE A SER PATENTE
Recuerdo con bastante fidelidad, a pesar de los muchos años transcurridos desde entonces, cuarenta y tantos, aquel día (durante una de las primeras clases de Lengua y Literatura, que nos impartió, estando estudiando este menda Sexto curso de Educación General Básica, EGB, en el colegio que los padres Camilos regentaban en Navarrete, La Rioja, el religioso Jesús Arteaga Romero) en el que el profesor mentado nos hizo leer en el aula, en voz alta, un texto que aparecía publicado en el manual que usábamos como apoyo para dicha asignatura. No recordaba ni la obra ni el autor, pero ha bastado con escribir en el buscador habitual el comienzo de dicho texto y Google me ha abierto los ojos: “El pueblo en la cara” y Miguel Delibes.
Todos, sin excepción, los veinte alumnos que éramos otrora, lo hicimos mal. Está claro que no estábamos habituados a dicho menester y que el nerviosismo u otra causa, que ignoro (no merece la pena ponerse ahora a especular con la tal), contribuyó a que el desastre fuera generalizado. Yo fui el último en leer (y, a pesar de que aproveché el tiempo, pues anduve ensayando mentalmente la dicción correcta, también fallé). Cometer un primer yerro llevaba aparejado que don Jesús dijera “el siguiente” y fuera el discente que ocupaba el pupitre inmediato al que había metido la pata, el de detrás, el que pasara a leer, hasta que este erraba; y así fue yendo el caso o la cosa, hasta que servidor, el postrero, también se equivocó. De nosotros, de la veintena susodicha de antaño, nadie salió airoso, pues ninguno conseguimos leer el texto completo sin marrar.
El comienzo de dicho texto decía así: “Cuando yo salí del pueblo, hace la friolera de cuarenta y ocho años, me topé con el Aniano, el Cosario, bajo el chopo del Elicio, frente al palomar de la tía Zenona, ya en el camino de Pozal de la Culebra”. Lo recuerdo de memoria. Puede que la razón de aprenderme de corrido aquello estuviera o estribara en que debía rememorarlo hasta un día crucial, este, en concreto, el de la fecha, y, a partir de ahora, ya lo puedo olvidar, porque ya le he sacado al mismo todo el jugo o zumo que contenía o encerraba en su interior, el provecho apetecible y apetecido.
Tengo para mí que, desde aquella mañana bochornosa, de la que extraje como lección inolvidable, tras hacer el esfuerzo de contener la risa, la humildad, he acarreado miedo cerval, pánico, a leer en público. Así que reconozco que del susodicho asunto no disertaré aquí, al menos, oralmente; otro cantar y contar será hacerlo por escrito. Ciertamente, mis sucesivas incursiones en las “encerronas” de las numerosas oposiciones que hice mitigaron, en parte, mi horror al error, a tamaño terror, pero no lo borraron o eliminaron del todo, porque, en cada nueva ocasión, la latente y refractaria sensación de ahogo en la garganta o de angustia en el cardias, la boca del estómago, indefectiblemente, regresaba, haciéndose patente.
Así pues, si siempre me ha resultado complejo, dificultoso, vencer mi miedo a leer y a hablar en público, no te digo nada, atento y desocupado lector, ella o él, el que ha supuesto para quien firma estos renglones torcidos abajo disentir en un coloquio o debate de la opinión mayoritaria si, según mi criterio (y la argumentación o razonamiento con el que lo acompañaba), era el idóneo y acertado; y, por tanto (no por tonto), errado el que defendían o sostenían los otros, ellas y ellos, el resto.
A mí, desde que lo logré hacer en la primera ocasión, cuantas veces me he visto luego en la tesitura de tener que decantarme u optar siempre lo he hecho por la postura honesta de discrepar, armado con el argumento imprescindible, que me cedió o legó Karl Popper, de que la verdad tiene carácter interino, o sea, es provisional, pues dura y se mantiene en pie hasta que es refutada por otra que, desde ese mismo momento, la desplaza de su trono o pedestal y ocupa su lugar, mientras otra no la contradiga; y es que basta con que me haga a mí mismo la siguiente pregunta para convencerme, para persuadirme: ¿Qué alta inteligencia, si de verdad lo es, será incapaz de esbozar una ingenua sonrisa, en el supuesto de que llegue a contemplar un día en el espejo que tiene enfrente su propia caricatura?
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
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