ALGO QUE NO PUEDO DEJAR PASAR
Hoy he vuelto a comprobar con pesar algo que no puedo dejar pasar (porque venía con el rostro mal encarado y la intención, he barruntado, negativa, perniciosa, de pisarnos primero y luego expulsarnos de nuestros respectivos edenes), que en España se sigue repitiendo (incluso por personas más inteligentes que yo, con dos y hasta más dedos de frente, con la testa bien amueblada y dispuesta) hasta el hartazgo la misma necedad, que todas las opiniones (se suele olvidar que algunas de las tales, no de Tales de Mileto, llevan aparejada, agarrada del brazo, o están preñadas de una posible autoría mediata de actitudes punibles) son respetables, o que un criterio es tan digno de respeto y veneración como otro, sin reparar en lo obvio (al menos, para este menda, quien firma abajo estos renglones torcidos), que quien así piensa comete un atropello o desmán intelectual e incurre por ello en un colosal error de bulto. Me siento en la obligación inexcusable de señalarlo una vez más y advertirle a quien conjetura de esa guisa, lo itero (y van, ¿cuántas son o suman las ocasiones?… pues se ignora hasta dónde llega, hasta qué nivel, la cifra exacta, redonda), que yerra morrocotudamente.
Uno puede estar convencido de lo que sea, verbigracia, que debe comportarse en su vida normal como lo hace el autócrata ruso Vladímir Putin con una nación soberana con la que comparte frontera, Ucrania. Y, además, sentirse orgulloso por ello. ¿Qué le parece dicho pensamiento (por darle algún nombre a tal desajuste mental) o parecer a usted, atento y desocupado lector (bien sea o se sienta ella, bien sea o se sienta él)? Supongo que coincidirá o convendrá conmigo en esto, en que ambos sujetos, Putin y su fotocopia, están como un cencerro, locos de atar o, en su defecto, que se quieren hacer pasar por orates de remate.
Quien se sienta aludido o censurado (sea hembra o varón) por mí (si hay o existe alguien en tal situación, claro) que, por favor, no me venga con la misma cantilena o cantinela de siempre, con la repetida monserga de esgrimir, para intentar contradecirme o refutarme, el argumento tan manido (que ha devenido en manirroto y, por eso, lleva el brazo en cabestrillo) de la tolerancia, que hace las veces de panacea, que me huele y, hasta sin haberle hincado el diente, me sabe a tocino rancio, a ausencia de razón y hasta a argumentación mema, propia de una mera extravagancia.
¿Alguien piensa, de verdad (de la buena, fetén) que a Putin o a quien se cree Putin (dicen que Napoleón Bonaparte fue el primer demente que se creyó, a pies juntillas, que era Napoleón, y que luego vinieron más, una legión, o se ha logrado alargar esa extensísima fila y/o cosechar y reunir, entre los de aquí, los de ahí y los de allí, un nutrido montón de epígonos o secuaces) se le puede convencer con argumentos de peso, irrefutables? ¿Acaso un majara tiene o goza de una mente preparada para poder entenderlos? Y, en el supuesto de que llegue a comprenderlos, ¿va a proceder, racionalmente, en consecuencia, sin haber dejado de ser un chalado? Lo dudo.
Yo también tengo claro, cristalino, que la política es una excelente herramienta de trabajo, siempre que tenga como fin o busque resolver los problemas que aquejan a la sociedad, a los ciudadanos que la conforman, no a crearlos (como algunos políticos hacen y a la vista de todos están); y que pretende conciliar posturas contrarias u opuestas, limar asperezas, no reforzarlas. No va de dividir a los ciudadanos en leales y traidores; sino en procurar que estos tengan a su disposición los útiles necesarios para demostrar que se puede ser decente en todo momento y lugar, y que sus actos deben ser legales y lícitos. Tampoco va de discriminar a los ciudadanos en fieles a la Constitución y al resto del ordenamiento jurídico y en blasfemos; va de promover una sociedad donde los ciudadanos sean autónomos, que tengan ideas personales, criterios propios, aunque estos sean o se demuestre, tras confrontarlos con los que argumentan otros, que eran o estaban equivocados. Está bien que cada quien tenga su opinión, pero no todas las opiniones valen lo mismo. La verdad, desde que leí a Karl Raimund Popper, es interina, provisional, pues dura hasta que esta es contradicha, abatida por otra que viene, en ese mismo momento, a ocupar el pedestal donde la anterior, la tenida por tal, se ubicaba. Como no hay mejor docente que fray Ejemplo, pondré un tal. Hay mucha gente que se queda solo con una parte, el principio, de un pensamiento (y luego es eso lo que repite por doquier: “nadie es más que nadie” es una variante del original), y no con el todo, en su conjunto, que adujo Cervantes, este que dice así: “—Sábete, Sancho, que no es un hombre más que otro”, pero olvida lo que sigue y termina de coronar el argumento cervantino, “si no hace más que otro” (mera reformulación del proverbio que sostiene que “quien no hace más que otro, no vale más que otro”) que viene a complementar otro suyo, que “cada uno es hijo de sus obras” (que tanto debe al versículo 20 del capítulo 7 del Evangelio de Mateo: “por sus frutos los conoceréis”).
Los seres humanos hemos evolucionado y seguimos y seguiremos haciéndolo, sobre todo, por esos congéneres nuestros, inconformistas, que no se conformaron con el saber que había, sino que procuraron incrementarlo, y que valieron, valen y valdrán más que otros semejantes suyos, nosotros mismos, sin ir más lejos.
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
Home