A TODO LABERINTO CABE HALLARLE
UNA FACTIBLE PUERTA DE SALIDA
—Ángel, lamentándolo mucho, te tengo que pedir, con especial encarecimiento y un machacón por favor, que no nos menciones más en tus escritos. Ya nos has hecho bastante publicidad. Y estamos sumamente agradecidas por ello, de veras. Como eres, amén de un congénere inteligente, sensato, entenderás que mi negocio es el que es (aunque parezca que me he tragado de un solo bocado a Perogrullo, eso no ha ocurrido), que nuestro trabajo se dedica al ámbito de la salud o nuestro menester es el sanitario, no el literario; y yo ya he tenido que enfadarme con dos presuntos periodistas, que querían entrevistarme, a toda costa, por la sencilla razón de que tú, cual cepillo de cerdas avezado o mero escobón, te los habías quitado de encima o de en medio con la añagaza o el subterfugio de que no aceptarás mantener una interviú con nadie, sea quien sea, hasta que no se dé la circunstancia favorable u ocurra el hecho propiciatorio, por ejemplo, de la publicación de un libro en solitario, evento que aún no se ha producido.
—Deploro sobremanera que mis menciones, que no buscaban otro objeto, como no se te escapa, que corresponder a tus gestas o gestos con otras/os, hayan devenido en indigestas/os. Uno ignoraba por dónde podían salir algunos lectores, ellas o ellos, de los textos que había urdido servidor, fueran en prosa o verso.
—Mira, Ángel, puedo entender que una persona, una mujer que, al parecer, estudió contigo el COU en Zaragoza, en el colegio de las Teresianas, se desplazara ayer a Tudela para tomarse un café contigo y charlar un rato de literatura o de lo que fuera; y que, al no encontrarte ni en tu casa ni en la biblioteca, ni de camino de una a otra ni de otra a una, se acercara a la farmacia para preguntar por ti y/o por dónde podías parar, pero es que ya han sido, y no exagero la cifra, más de treinta las personas que han hecho lo propio. Y aquí, Ángel, estamos para otros fines. ¿Lo entiendes, verdad?
—Por supuesto. No me congratula haberte, haberos a las cuatro, acarreado problemas; al contrario, aborrezco o detesto haber sido el causante o desencadenante de tanto desaguisado, pero, pensé, de verdad, que mis lectores, como los de otros autores, hembras o varones, de ficción, habían colegido o deducido lo mismo que yo, tras llevarse a los ojos el abecé literario, o sea, que la literatura es mentira, que cuenta verdades como puños, pero mediante embelecos, bolas o bulos, que, en el supuesto de que estén bien trenzados/as, tiran de nosotros, como lo hacen los imanes más potentes, las personas atractivas, con uno o varios encantos.
—No digo que a ti se te haya ido ese invento de contar historias, la literatura, de las manos, pero parece que a algunos de tus lectores sí; y les ha acaecido otro tanto de lo que le aconteció a Alonso Quijano, el Bueno, el inmortal personaje literario, salido del magín de Cervantes, a quien la lectura incansable de libros de caballerías, ficticios, habían estimulado tanto su imaginación que se creyó que esa fracción o parte ficticia de la realidad había pasado a ser también realidad pura y dura. Pero la ficción siempre fue, es y será ficción, aunque contenga o encierre, dentro de sí, una verdad de diverso tamaño o varias, como sendas catedrales colosales. Y una gota de tinta de ficción, como te he leído y oído decir a ti en más de una ocasión, tiene la rara virtud de entintar todo de ficción, aunque ese todo sea una relación exhaustiva de hechos ciertos, fidedignos, verídicos.
—Como sabes, Mertxe, la literatura también tiene mucho de lúdico, o sea, es un juego. Yo, verbigracia, me divierto un montón ideándola y escribiéndola, aunque, durante el proceso creativo de la escritura, es cuando advierto o empiezo a encontrar las dificultades a cuanto había pensado, a ese castillo de naipes, que había montado en un santiamén en mi caletre; ahora bien, tras solucionarlas, una detrás de otra, paulatinamente, nada, salvo lo imposible, claro, a la postre, resulta irrealizable o, por decirlo al revés, a todo laberinto cabe hallarle una factible puerta de salida.
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
Home