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¿Todo abnegado autor es egoísta?

Ángel Sáez García 28 Abr 2022 - 14:00 CET
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¿TODO ABNEGADO AUTOR ES EGOÍSTA?

Hoy, jueves 28 de abril de 2022, en esta urdidura (o “urdiblanda”) me gustaría cavilar sobre uno o dos asuntos que llevan gravitando y vienen rondándome el caletre desde hace, por lo menos, tres o cuatro días; y me daría con un canto en los dientes, o sea, por satisfecho, si, tras culminar esa profunda reflexión, llegara a sendas conclusiones, aunque estas fueran provisionales (nada nuevo bajo el sol, pues lo propio ocurre con la verdad, la fetén; conjeturo).

¿El escritor (ella o él) es una esponja que, allí donde se halla, de camino a su destino, sea este el que sea, o por dondequiera que va, se empapa de vida y luego, estando acompañado de la doble, elegida e inexcusable ese, el silencio y la soledad, teniendo a la altura del bolígrafo o la pluma que empuña su diestra un folio en blanco (en mi caso, como es público, notorio y/o consabido, se trata de una media cuartilla amarilla), va estrujando sus meninges hasta que consigue escurrir todo el jugoso oro que atesoraban?

¿El escritor (hembra o varón) es un ser altruista, generoso y solidario, pues ama, reflexiona y vive más en otras personas, en los personajes literarios, femeninos y masculinos, que crea su magín, por ejemplo, que en sí mismo, o, por el contrario, es un ente, mitad ególatra, mitad inconformista, ya que no se conforma con la existencia que le ha tocado en suerte vivir, sino que echa mano de las de otros (ellas y ellos), ficticias, sí, pero verosímiles, que lo completan o complementan, y así consigue colmar, colando de rondón, entre las grietas o rendijas que encuentra en el “cronotopo”, en el espacio/tiempo, su avidez de eternidad?

A la primera pregunta que (se) formulaba arriba servidor puede que le haya hallado la respuesta certera y cabal al volver a echarme a los ojos “El perseguidor”, de Julio Cortázar, narración corta, pero de largo recorrido, a pesar de su brevedad, que tanto me llena y place cada vez que retorno a pasar mi vista por sus páginas, sobre todo, por estas: “Algunos eran modestos y no se creían infalibles. Pero hasta el más modesto se sentía seguro. Eso era lo que me crispaba, Bruno, que se sintieran seguros. Seguros de qué, dime un poco, cuando yo, un pobre diablo con más pestes que el demonio debajo de la piel, tenía bastante conciencia para sentir que todo era como una jalea, que todo temblaba alrededor, que no había más que fijarse un poco, sentirse un poco, callarse un poco para descubrir los agujeros. En la puerta, en la cama: agujeros. En la mano, en el diario, en el tiempo, en el aire: todo lleno de agujeros, todo esponja, todo como un colador colándose a sí mismo…”.

En lo tocante a la segunda cuestión planteada, tengo para mí que (salvo el anónimo, tal vez) incluso el hacedor que no cobra por los textos que urde, pero sí obtiene una satisfacción personal inefable por la obra coronada, cada vez que la lee en voz alta, solo para sí, en la intimidad de su escritorio y le pone su firma y la publica, verbigracia, en la bitácora que gestiona, se parece a una moneda, pues tiene las dos caras, la de la abnegación y la del egoísmo.

   Ángel Sáez García

   angelsaez.otramotro@gmail.com

Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza. Casado (con la literatura —en traducción libre, literaria, “si la literatura no lo es todo, no vale la pena perder una hora con ella”, Jean-Paul Sartre dixit—, solo con […]

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