ACTO DE REBELDÍA QUE ZAHIERE
UN ARGUMENTO COJO, MANCO Y TUERTO
“Un hombre tenía dos hijos. Llegándose al primero, le dijo: ‘Hijo, vete hoy a trabajar en la viña’. Y él respondió: ‘No quiero’, pero después se arrepintió y fue. Llegándose al segundo, le dijo lo mismo. Y él respondió: ‘Voy, Señor’, y no fue. ¿Cuál de los dos hizo la voluntad del padre?”.
Evangelio de Mateo, capítulo 21, versículos 28-31.
Un acto de desobediencia y/o rebeldía es aquel en el que uno, verbigracia, servidor, se sale del asiduo carril o riel de su lógico y normal proceder, de su comportamiento esperado, el que está cantado y contado para los demás y para sí mismo. Es aseverar, por ejemplo, un sí, cuando lo que debería salir por nuestra boca es un no rotundo, y viceversa. Ese ápodo y acéfalo acto de rebeldía, por sus consecuencias, puede ser catalogado por la crítica y/o el público como una heroicidad, la gesta de un prohombre, o como su ominoso contrario, un gesto indigesto.
En el día a día de nuestra anodina y monótona existencia, si estamos atentos a cuanto acaece a nuestro alrededor, si observamos y escuchamos con detenimiento o esmero, podemos ser testigos y hasta protagonistas de un acto de desobediencia o rebeldía tras otro. Basta con que no nos tapemos los ojos y los oídos para que la realidad descrita someramente arriba se canalice, cuele o encauce por uno o varios de nuestros sentidos, y devenga y tenga la consideración de un hecho fehaciente, irrefutable.
¿Acaso no fue un acto de desobediencia evidente y rebeldía manifiesta, aunque eso sí, sin pies ni cabeza, aquel en el que viste a quien tanto quisiste, quieres y querrás mientras vivas, al religioso camilo Pedro María Piérola García, en la Plaza de los Fueros o Nueva, de Tudela, un día festivo de finales del mes de julio (poco importa de qué año), puede que fuera el día 26, festividad de Santa Ana, la Abuela y Patrona tudelana, y pasaste olímpicamente de él, me pregunto, retóricamente, aquí y ahora? Si no fue un acto de desobediencia/rebeldía, además de incoherencia, incompetencia e ingratitud públicas y notorias, que venga Dios y lo juzgue, porque, si es omnisciente, ya lo previó, vio, ve y verá mientras el mundo siga siendo como es, mayoritariamente inmundo.
Para mí está claro, como el agua cristalina, que el acto de desobediencia y rebeldía que protagonicé otrora, del que salimos perjudicados tanto Piérola como yo, por distintas y tal vez complementarias razones, fue un acto de libertad pura y dura, pues pude hacer lo que hice (nadie me lo impidió) y pude coronar lo opuesto, que no llevé a cabo, a buen puerto; ahora bien, lo que nadie puede negar, porque no existe el modo, es que opté, aunque mi elección fuese aciaga, calamitosa, y a nadie le extraña que esta llevara a sentirme sucio, enmerdado, y que me autoflagelara y continúe flagelándome por ello.
Sé que me autoengaño cuando intento colar de rondón en la cúspide intelectual del razonamiento humano mi argumento cojo, manco y tuerto, de que un hecho rebelde, pero evidentemente inicuo, hizo que recuerde más fácil, fiel y habitualmente a quien me hizo tanto bien en mi adolescencia y me sigue haciendo tanto bien (nadie sabe dónde termina o tiene remate definitivo la benéfica influencia de un maestro memorable, ejemplar, modélico) en el otoño/invierno de mi vida, pero dicho subterfugio potente a mí me sirve, aunque constato lo incontrovertible, indisputable e indudable, que es una añagaza patente.
Acabo de releer cuanto llevo hasta aquí escrito, y para el párrafo final, para el epílogo o colofón he guardado lo que había reservado y sigue, que he llegado a la conclusión de que lo más conmovedor de haber acarreado (mitad en el cerebro, mitad en el corazón), durante tanto tiempo, mi reprensible comportamiento con Piérola se debe a un puñado de razones de peso, no tan infundadas como poco fundamentadas por mí, que el atento y desocupado lector (ya sea o se sienta ella, ya sea o se sienta él), seguramente, ya habrá barruntado o intuido, y que, por archisabidas o perogrullescas, acaso sea una necedad mayúscula que proceda a explicitarlas servidor.
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
Home