QUE NINGÚN COMENSAL TUYO SE EMPACHE
—Dudo, Otramotro, entre escribir una novela breve, normal o extensa. ¿Por cuál te decantarías tú? Razona, por favor, tu respuesta.
—Clara y concisamente, Eladio, no lo sé. Puede que por una acción diuturna, pero depende de la sustancia o el meollo que quiera narrar, y donde los personajes evolucionen, por supuesto. Como quien está habituado a leer desea seguir leyendo, acaso le interese saber cuanto más mejor de los protagonistas de la historia, sobre todo, por estos dos motivos o razones, que hace dos mil años señalara Horacio en su “Epístola a los Pisones” (o “Arte poética”), por lo que pueda aprender, mientras pasa su vista por lo que quedó escrito, y por cuanto pueda disfrutar haciendo lo que le gusta, leer. Prefiero un argumento complejo a uno simple, aunque la navaja de Ockham no me desagrada; y es que prefiero a un lector (ella o él) interesado e intrigado, pendiente de cómo se va desmadejando el ovillo, que a otro que no lo esté. Prefiero a un lector (hembra o varón) admirado, asombrado, deslumbrado, impactado, maravillado, a otro al que, por lo que sea, no haya logrado epatar (“épater le bourgeois”, decían otrora los franceses) su autor (el o la que sea).
—¿Tú crees que aglutinar o agrupar en una trama muchos hilos o acciones propiciará que el grueso de los hipotéticos o posibles lectores (poco importa su sexo) de una novela se metan de lleno en ella o se vayan interesando paulatinamente, cada vez un poco más, en sus páginas?
—Puede, pero no es seguro cien(to) por cien(to). Mejor, a todas luces, sin embargo, es el posible interesar que el imposible complacer. Ese amplio abanico de acciones o líneas argumentales puede favorecer que la mayor parte de los lectores se inclinen por una, varias o todas las varillas del abanico. En una novela puede acaecer tres cuartos de lo mismo que ocurre en la vida; que, así como unas mujeres y unos hombres se deciden, de entre los/as que hay, por uno/a (ahora, con el poliamor, con cada día que pasa más adeptos, el paradigma ha cambiado), como futuro marido o esposa, así acontece con una trama principal y las tramas secundarias de una novela. Tengo para mí que, donde hay variedad para elegir suele haber ejercicio del gusto. Y puede que muchas personas acaben la novela satisfechas de haberla leído, porque lo que les subyugó, mucho o poco, de ella fue bien resuelto por el hacedor de la misma, ya que el resultado es verosímil.
—Había pensado, Otramotro, escribir la novela que me lleva bullendo varios años en la cabeza en dos partes, como hizo Cervantes con su “Don Quijote”.
—¿Y por qué no en tres? Ten cuidado, porque la circunstancia que tuvo que salvar Cervantes no fue la tuya y no hizo la reflexión que acabas de hacer. Se vio empujado a escribir la Segunda Parte de su inmortal obra, porque había visto la luz el “Quijote” apócrifo de Alonso Fernández de Avellaneda (no tan malo como suelen pontificar quienes no lo han leído nunca o bien), al que, por cierto, el genial autor alcalaíno supo sacarle el máximo jugo o provecho.
—Si el menú de una comida consta de aperitivo, primer plato, segundo y postre, ¿por qué no puedo escribir una novela en cuatro partes, y que se titule, por ejemplo, “Minuta”?
—Conviene que prepares con mimo, a conciencia, dicho menú, minuta o plan; y que de tu pesquis o magín brote una pléyade de camareros que sirvan esos platos con estilo y maestría. Confío, deseo y espero, de veras, que todo te salga a pedir de boca y que ninguno de tus comensales tenga que beber sal de frutas ni se empache.
Eladio Golosinas, “Metaplasmo”.
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
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