LECTOR/A, ¿ABUNDARÁS CONMIGO EN ESTO?
LE CABE A UNA/O SOÑAR ESTANDO EN VELA
“—Yo creo que la gente está equivocada conmigo. En cualquier momento pueden darse cuenta de su error y pensar que soy un impostor”
Jorge Luis Borges afirmó lo susodicho, tras recibir el doctorado honoris causa de la Universidad de la Sorbona.
Barrunto, atento y desocupado lector, ora seas o te sientas ella, ora seas o te sientas él, que hoy, en el día de la fecha (ya sea esta en la que redacto estas líneas, ya en la que los renglones torcidos que contiene este escrito vean la luz en mi bitácora de Periodista Digital, el blog de Otramotro), al menos, coincidirás conmigo en lo que sigue, en que se puede soñar estando despierto y/o dormido. Cuando uno está despierto y sueña fantasea, imagina, casi siempre, sucesos verosímiles, posibles, creíbles; regularmente, sin los aprietos o bretes, dificultades o inconvenientes, que se encarga de abastecer o suministrar, gratis et amore, el propio devenir (por su cuenta).
En el supuesto de que servidor, el abajo firmante, fuera creyente, que dejó hace muchos años de serlo, está claro, cristalino, que se confesaría con el sacerdote (siempre ha habido, hay y habrá alguno con dicho cargo o ministerio al que habría que restarle la sílaba inicial de dicho vocablo y dejarlo, por ende, así en la ocupación o el oficio que más que el tal ejerce o funge, sin duda, el de cerdote) solo los que soñara estando despierto, porque esos sí los controla mi consciente; no los otros, los soñados estando dormido, porque esos escapan al control de mi conciencia y de mi consciencia.
Acepto, de buena gana, quiero decir, de buen grado, que otros varones consideren que no hay féminas comparables (por varias razones de peso) con las que catalogan que pueden llegar a ser sus compañeras o parejas definitivas, para toda la vida en común. ¿Que por qué lo juzgo así? Porque tengo para mí por verdad radical, innegable, que, aun hoy, que no sé nada (de nada) de Iris, ni dónde está ni qué hace, si me preguntaran al respecto, respondería, sin ambages, la fetén, que no ha habido, ni hay, ni habrá en el ancho mundo una fémina que pueda aspirar a estar un día a la altura de Iris Gili Gómez, la que, a pesar de los innumerables intentos que he hecho de que dejara de ser mi estro poético, reconozco que no lo he logrado, que he fracasado estrepitosa y morrocotudamente, porque, por hache o por be, sigue siendo, sin rodeos, mi deseada y jadeante diosa y musa.
Habrá quien me refute que, sabiendo que nunca he estado a solas con ella, en la intimidad de una habitación cerrada, y que jamás la he visto en bolas, en cueros, cómo puedo tener la cara dura de manifestar que es bella como ella sola, venusta. Siempre la he visto vestida, pero, a través de las ropas que ambos llevábamos puestas, cuando tuve las pocas y raras dichas de abrazarla, pude elaborar e imaginar, con la información inestimable que me habían brindado las células táctiles de mi piel, que sus atributos femeninos eran de una calidad suprema y, por tanto, cabía calificarlos como la caraba, la repanocha, la repera.
Puede que mi capacidad para fantasear, acaso innata, sea la responsable de que llegue a esas certezas, irrefutables, sin duda, a esas conclusiones que nadie, por ahora, ha podido abatir, derribar, echar por tierra.
En esta vida son escasas, muy pocas, las certidumbres a las que los seres humanos solemos llegar (las acostumbramos a cazar al vuelo). La primera vez que me eché a los ojos a Iris mi vista quedó embelesada, obnubilada, y pensé: “¡Qué mujer, Dios mío! Volveré a creer en Ti, y hasta a pies juntillas, si me concedes el don que te impetro con insistente encarecimiento de que sea mi compañera de viaje durante la década y media, que quizá sean los años que me queden por vivir”. Pero Dios no tuvo a bien otorgarme dicha gracia. ¡Qué desgracia!
He dejado para el final, como inmejorable colofón, media selecta docena, los seis escogidos versos, seis, de ese himno que es “Si me das a elegir”, la famosa canción que compusieron, al alimón, el malogrado (murió de hepatitis a los 25 años) Enrique Salazar Salazar, el menor de “Los Chunguitos”, y Crescencio Ramos Prada, y arregló el maestro Alfredo Doménech (que el tema fuera elegido para formar parte de la banda sonora de “Deprisa, deprisa”, 1982, la famosa película dirigida por Carlos Saura, supuso el aldabonazo definitivo, pues le abrió, de par en par, las puertas de la eternidad): “Si me das a elegir / entre tú y mis ideas / que yo sin ellas / soy un hombre perdido, / ay, amor… / me quedo contigo”.
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
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