OJALÁ NUNCA FIRMES CON “IDIOTA”
TE ACONSEJO QUE NO PLAGIES A “DIOS”
Si no recuerdo mal (que puede; han pasado más de 35 años, desde que acabé la carrera de Filología Hispánica; así que pido disculpas, por si mi memoria me juega hoy una mala pasada y, de resultas de ello, incurro en un error), fue en la facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Zaragoza donde el joven profesor de Lengua Española II (asignatura de Segundo curso; lamento no rememorar ni su nombre ni su primer apellido, a pesar de que me puso un sobresaliente; tal vez inspirado por el lingüista, gramático y glotólogo danés Louis Hjelmslev) se esforzó y esmeró, a partes iguales, en que nos quedaran claras a cuantos acudíamos a sus clases las diferencias existentes que cabía advertir y establecer entre implemento, complemento, suplemento y aditamento. Hoy hay que buscar y aun rebuscar para hallar a un solo político actual (ella, él o no binario) que diga complementar o completar, porque todos, sin excepción, se han aficionado al verbo “implementar” y lo usan para todo, venga a cuento o no.
El párrafo inicial, precedente, de este texto está íntimamente relacionado con lo que sigue y recoge el presente, segundo del tal. Durante la media hora que ha durado hoy mi siesta, he soñado que el abajo firmante había sido compañero de curso y de piso del actual director del Instituto de Enseñanza Secundaria Obligatoria “Juan de Mairena”, de Algaso, cuyo preferido o predilecto latiguillo verbal, oral, es, precisamente, “implementar”. Bueno, pues, entre quien acabo de mencionar y Eladio Golosinas, “Metaplasmo”, profesor de Lengua Castellana y Literatura en dicho centro docente, me habían convencido para que impartiera la lección magistral, solemne, del acto que clausurara y pusiera el broche de oro al curso académico 22-23.
Por supuesto, no tenía ninguna intención de darles la tabarra, de que aquello fuera una conferencia al uso, un tostón, pues no me sentía ni preparado para ello ni con ganas, pero sí que contestaría con gusto, de buen rollo, a algunas de las preguntas que ellos me formularan sobre el acto concreto de crear literatura, de escribir, porque en dicho menester este menda sí que estaba puesto. Así que, antes de que Eladio procediera a hacer mi presentación, le dije al director, a quien todo quisque se refería a él y llamaba con el mote que otrora hizo fortuna de “el Búho”, que persuadiera a los alumnos, que habían acudido al salón de actos, para que escribieran en un papel una pregunta y pusieran al lado su nombre y apellidos y la firmaran.
Durante los 6 o 7 minutos que duraría la presentación de Eladio, me daría tiempo a escoger la docena o decena que me parecieran (¿interesantes, mejores?) y el orden en el que las contestaría. La primera pregunta que respondí fue la de Sofía Solís Álvarez, que rubricó esta cuestión: “¿Qué se siente al escribir?”.
Le pedí, si no tenía inconveniente, que se pusiera de pie, le di las gracias por plantearla, le dije que podía volver a sentarse y le contesté esto:
Mientras me hallo redactando lo ideado, intentando ser lo más fiel posible a lo pergeñado o diseñado (aunque luego, terminado un párrafo o el texto entero, puedo proceder a hacer mudas sin cuento, cambiándolo todo), tengo la impresión refractaria de ser un semidiós. Y no digo “Dios”, con mayúscula inicial, para no ser tachado por vosotros de soberbio, presuntuoso, vanidoso, pero mentiría, como un bellaco, si no reconociera, sin ambages, que, en ocasiones, me siento así, como solían hacer los divinos emperadores romanos, que, en el Coliseo, verbigracia, ora con el dedo pulgar indicando hacia el cielo o arriba, ora con el tal señalando hacia el infierno o abajo, según hemos visto en muchos péplums, gestos que acaso sean apócrifos, fantaseados, inventados, decidían si un gladiador vivía o moría.
La verdad es que, cuando leo en voz alta, en la soledad silente de mi despacho, el texto al que acabo de dar remate oportuno, y compruebo que no he cometido ningún yerro y, a renglón seguido, lo firmo, obtengo un premio impar, una sensación delectable (que propicia más placer intelectual que sensual), de que no existe en este mundo una satisfacción personal que se le pueda comparar ni igualar. El orgasmo sexual, intenso, pero momentáneo, pasajero (a excepción del encadenado, que dicen disfrutar algunas féminas selectas), es otra cosa. Gracias, Sofía; como sabes, tu nombre, en griego clásico, significa “sabiduría”; así que te agradezco sobremanera que me hayas formulado una pregunta sabia.
Tras esta, procedí a contestar otras. Dejé, para la traca final, un breve comentario sobre el folio en el que alguien había escrito la palabra “IDIOTA”, así, en letras versales.
Le aconsejé al anónimo autor, pues no se atrevió a escribir su nombre y apellidos ni a firmarla, pero sí a dejar constancia de su seudónimo, que eligiera mejor otro, menos ofensivo para sí mismo, pero que no incurriera en plagio, ya que el heterónimo de “Dios” solo me cuadraba y encajaba, cual alianza en el dedo anular, a mí, que lo había registrado y, como se le ocurriera copiármelo, que se atuviera a las consecuencias, porque le pediría daños y perjuicios.
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
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