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Amén de desgastar, también inspira

Ángel Sáez García 11 Jul 2023 - 14:00 CET
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AMÉN DE DESGASTAR, TAMBIÉN INSPIRA

El ejercicio de la docencia, como cualquier otro oficio, siempre que prestes suma atención a la excelsa responsabilidad que tienes entre manos, el complejo y enriquecedor proceso de enseñanza/aprendizaje, es una contradictoria profesión, pues mina e ilumina, ya que, si es verdad que desgasta, también lo es que inspira. Te dice, si tomas en consideración la práctica educativa, qué debes mejorar, para sacarle el máximo partido o provecho a tus horas lectivas y a tus alumnos. Está claro, cristalino, que los discentes (ellas y ellos), siempre que estén atentos y/o despiertos, aprenden mucho de su profesor (hembra, varón o no binario), pero no conviene obviar u olvidar la contrapartida, porque no es baladí, cuánto asimila este de ellos, si es capaz de entender o tamizar oportunamente que todos podemos aprender de todos, incluso la víspera de nuestro óbito.

¿Alguien, en sus cabales, con dos dedos de frente, puede poner en tela de juicio que una de nuestras misiones u obligaciones en el planeta azul es aprender y otra, aunque parezca una perfecta paradoja, desaprender, es decir, olvidar aquello que no merece ni vale la pena recordar, al objeto de medrar, o sea, de crecer y/o mejorar? Hoy, por ejemplo, no recuerdo quién dejó escrito en letras de molde cuanto había dicho previamente, pero sí esto último, que el conocimiento podría definirse, sin apenas marrar un ápice o pizca, como aquello que queda tras desaprender lo aprendido.

Entre aprender y desaprender, este menda ha advertido una evidente diferencia. Hay más voluntariedad, más fuerza de voluntad, en aprender que en olvidar. O, si el atento y desocupado lector (ora sea o se sienta ella, ora sea o se sienta él, ora sea o se sienta no binario) de estos renglones torcidos lo prefiere, añadiré una idea más, más consciencia. Uno hace el denuedo de recordar, porque esa tarea mental lleva aparejada una conquista o éxito, tiene premio, superar con nota un examen, verbigracia, pero olvidar escapa a su control intelectual. Para mí, basta con que uno se empeñe en olvidar algo (por las razones que sean, negativas, casi siempre), para que lo recuerde y no haya manera de olvidarlo. O sea, deviene en un reto contraproducente.

¿Alguien ha logrado olvidar a quién dio su primer beso de tornillo, es decir, con quién se estrenó en el arte deleitoso de morrear? Este menda no. Alguien que leyó varias veces, de cabo a rabo, el “Quijote”, de Cervantes, siempre que antaño hiciera el ímprobo esfuerzo de aprenderse, de modo memorístico, los tres o cuatro primeros párrafos de tan inmortal obra, ¿los ha olvidado? Servidor tampoco. Alguien que releyó otrora, de principio a fin, “El hacedor”, de Jorge Luis Borges, y con brío se aprendió, de corrido, el breve relato que corona su Epílogo, esa alhaja o joya inmarchitable, que viene a decir que uno es lo que hace, su trabajo, y que no hay mejor autorretrato de uno que los frutos dados y que los demás pueden saborear, ¿olvidó esas líneas? Insisto y reitero, yo tampoco.

El abajo firmante, habiendo superado la mayoridad, estando estudiando ya en la Universidad la carrera de Filosofía y Letras, se echó o llevó a los ojos el soneto que porta el rótulo de “Desengaño de las mujeres”, de Francisco de Quevedo y Villegas. Desde entonces, se lo ha remitido por carta a varias féminas por diversos motivos (puede que fueran hasta opuestos, con guasa y sin zumba). Los dos primeros cuartetos nunca los ha olvidado y dicen así: “Puto es el hombre que de putas fía, / y puto el que sus gustos apetece; / puto es el estipendio que se ofrece / en pago de su puta compañía. // Puto es el gusto, y puta la alegría / que el rato putaril nos encarece; / y yo diré que es puto a quien parece / que no sois puta vos, señora mía”.

¿Alguien denigró con una ironía más fina y cruel a quien contigo se comportó como una meretriz? Y, ya puestos, de paso, cabe insistir en preguntar: ¿alguien esputó lapos con más gracia y ultrajó, de manera más burlona, al proxeneta que la defendía y exculpaba o exoneraba, porque se aprovechaba de los cuartos que obtenía del oficio que ejercía su tutelada, dentro o fuera de lupanar?

   Ángel Sáez García

   angelsaez.otramotro@gmail.com

Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza. Casado (con la literatura —en traducción libre, literaria, “si la literatura no lo es todo, no vale la pena perder una hora con ella”, Jean-Paul Sartre dixit—, solo con […]

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