QUE ATENCIÓN PRESTE EL QUE EN LA HIGUERA SE HALLA
Está claro, cristalino, que el hombre es un animal de costumbres; y que, en el caso concreto de este menda, teniendo en cuenta sus hábitos más arraigados, el susodicho acostumbra a dar un paseo (no dos; cuando los da, uno precede y otro sigue a la cena) vespertino tras la mentada y postrera comida del día (para echar los aires, ese es el argumento que suele esgrimir, por venirle en primer lugar, velis nolis, a su mui o sinhueso), necesidad que lleva a cabo pronto, pues muchos días, aún no han dado las ocho de la tarde en el reloj de la iglesia parroquial de Lourdes, ora sea invierno, ora estío, y ya se halla servidor fregando los cacharros que ha usado para satisfacer la última ingesta de la jornada. Bueno, pues, después de culminar dicho callejeo, que suele durar entre media hora y cincuenta minutos, depende de la climatología reinante, vigente, antes de subir a mi piso, salvo que haya sudado en el itinerario como cuando se segaba a mano (con la ayuda de una hoz), pulso un par de veces el timbre de la casa de mis primos Manuela y Jesús Manuel (yo, cuando hago referencia a ellos, emparejo al dúo cariñosamente en el sintagma nominal de “los Manolos”), y acostumbro a estar con ellos unos cuarenta minutos. Veo el rosco de Pasapalabra y luego las Noticias de Antena 3, llamadas así porque nos gusta a los tres cómo las da o nos las sirve la doble uve mayúscula, de victoria, de su presentador, Vicente Vallés.
Está claro, cristalino, que algunas variedades de higueras pueden producir dos cosechas, una de higos y otra de brevas. Lo que a nadie le consta, por ser meramente imposible, es que alguna haya dado jamás de los jamases plátanos.
Está claro, cristalino, que a los niños de corta edad les llaman poderosamente la atención las excepciones de las reglas conocidas, consabidas, salvo que estos se hallen en Babia, en la higuera.
Bueno, pues tantas claridades y transparencias están interrelacionadas y vienen aquí a cuento, por supuesto. Supe ayer que a mi primo Manolo (a quien todo quisque llama en Cabretón Manolete, no por torero, sino por trolero, de marca mayor), porque la anécdota salió de su propia boca, ya que él me la confesó (mi prima Manoli ya estaba al corriente, al tanto, al cabo de la calle del hecho) un día le colocaron en la parte superior del cristal delantero de su automóvil, del parabrisas, una cinta con la siguiente leyenda en letras versales: EL TROLAS. Al parecer, al espontáneo no le faltaba razón, porque, desde que bajó de Aguilar del Río Alhama a Cabretón, municipios ambos riojanos, a Manolete le gustó tomar el pelo a todo hijo de vecino.
En cierta ocasión, estando trabajando (era albañil, y de los buenos) en una ikastola navarra, veía todos los días su coche una niña que estudiaba allí y era amiga de una sobrina nieta de Manolete, Diana, si no interpreté mal su relato. Bueno, pues esa circunstancia le bastó para idear una añagaza, que él era profesor de euskera en dicha ikastola; y, como cada vez que Diana le volvía a preguntar a su amiga, que cursaba estudios allí y solía pasar muchos fines de semana en Cabretón, donde vivía su abuela, sobre el suceso de marras, la respuesta de esta era que había visto, durante toda la semana, el coche de Manolete, porque conocía su modelo y la matrícula, en el parking, pues que debía ser profesor allí, sin duda. Así que Diana, como todas las piezas del puzle cuadraban, encajaban a la perfección, se creyó que era profe de euskera a pies juntillas.
Un día se las ingenió para (ignoro cómo lo hizo; acaso usó hilo para coser zapatos, recurso que le permitió sortear, seguramente, más de una dificultad, y que las bayas aguantaran) colocar, de manera inverosímil, diseminados, en la higuera de su corral dos racimos de plátanos que había comprado a bajo precio; buscó a un infante crédulo que le sirvió para pregonar el prodigio por el pueblo, que la higuera de Manolete, entre la cosecha de higos y la de brevas, daba otra de plátanos; y claro, la noticia corrió como la pólvora entre la chiquillería; y la media docena primera que se acercó a la higuera y vio los plátanos y se los comió, pues comentó la buena nueva en sus respectivas casas a la hora de la cena; y…
Nota bene
A mi primo Manolete, un zumbón empedernido, le cuadra la frase que leí y había sido pergeñada oportunamente por el autor israelí Amos Oz: “Nunca vi en mi vida a un fanático con sentido del humor ni a una persona con sentido del humor que se hubiera vuelto fanática”.
No he pretendido definir aquí el humorismo; no hubiera conseguido mejorar ni yo ni, en el caso de que siguiera vivo Ramón Gómez de la Serna, el inventor de la greguería, la que le salió o se sacó de la manga el escritor Enrique Jardiel Poncela, inverosímil, lindante con el absurdo, pues hubiera resultado una intentona baldía: “es como pretender atravesar una mariposa, usando a manera de alfiler un poste telegráfico”.
Y termino con una genialidad de Julius, “Groucho”, Marx: “Claro que lo entiendo. Incluso un niño de cinco años podría entenderlo. ¡Que me traigan un niño de cinco años!”.
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
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