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Exégesis escueta de lo onírico

Ángel Sáez García 16 Ago 2023 - 14:00 CET
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EXÉGESIS ESCUETA DE LO ONÍRICO

“(…) nunca mejora su estado quien muda solamente de lugar, y no de vida y costumbres”.

Palabras finales de “El Buscón”, de Francisco de Quevedo.

Hace tres semanas largas, serie de cuatro palabras y/u ocho sílabas que vale tanto como esta otra de tres y siete, respectivamente, hace veintitrés días, soñé, por primera vez en mi vida, que hacía el amor con quien otrora fue una alumna mía, mientras yo impartía clases en el nocturno del Instituto de Enseñanza Secundaria Obligatoria, IESO, “Juan de Mairena”, de Algaso. Me deparó tal estupor, me marcó tanto el contenido de ese sueño, por ilógico e irracional (siempre respeté con cariño inconcuso e inconcluso y exquisitez notoria a mis alumnas, menores de edad y adultas, y jamás de los jamases, estando en mis cabales y en estado de vigilia, se me pasó por la testa esa indignidad, semejante villanía), que recuerdo que, al viernes siguiente, mientras cerveceaba en la grata compañía de mis amigos Diana, Pío y Pacho, con quienes suelo quedar dicho día en el sitio de costumbre, en el café tudelano “Sweet Sisters Coffee”, sito en la calle Díaz Bravo, 17, a las proverbiales siete y media de la tarde, les comenté el hecho, que me llevaba a maltraer. Supongo que lo hice para indagar y comprobar si a ellos, mutatis mutandis, les había acaecido alguna vez lo propio, pues, en el caso de responder de manera afirmativa, eso sería benéfico para mí, ya que así dejaría de verme como, a la sazón, me veía, un bicho raro. Seguramente, “sin querer queriendo”, como solía proferir el Chavo del Ocho, puse en práctica ese adagio sueco que airea que “una alegría compartida es una alegría doble; una pena compartida es la mitad de una pena”. Y quien dice una pena puede mudar dicho vocablo por agobio, desazón u otro. Me ayudó poco lo que me alegaron, pero me alegraron, como otras veces, por acompañarme o dejarme que les acompañara aquella y otras muchas tardes de viernes, anteriores y posteriores. No fueron ni son expertos en la interpretación de sueños ajenos y no habían tenido, hasta ese momento, experiencias oníricas similares a la que tuve.

Desconozco si el atento y desocupado lector (bien sea o se sienta ella, bien sea o se sienta él, bien sea o se sienta no binario) de estos renglones torcidos es creyente y, además, practicante (aquí, por supuesto, uso la voz, según las dos primeras acepciones que brinda el Diccionario de la lengua española, DLE, Edición del Tricentenario; ergo, no me estoy refiriendo a las dos últimas). Ignoro si confiesa las faltas o pecados cometidos a un sacerdote. Si lo hace, me gustaría preguntarle si le da cuenta pormenorizada de los sueños eróticos que tiene (si es que los tiene), en los que su apetito sexual no tiene las barreras que, con seguridad, pone cuando no está dormido o sueña despierto, por las consecuencias que podrían acarrear o derivarse de esos presuntos y/o probables comportamientos deshonestos. Yo, verbigracia, nunca le he hecho partícipe a un cura de mis sueños, porque no es mi consciente el que dirige esa película u obra de teatro, sino mi inconsciente el que gobierna ese espacio y ese tiempo. Y de mis actitudes en dicho “cronotopo” yo no me hago responsable ni corresponsable, porque no lo soy.

Esta tarde, durante la siesta, he vuelto a soñar que hacía el amor, pero no con la exalumna referida, sino con otra. Nada más despertar, se me ha abierto el cielo, pues he logrado interpretar completa y correctamente (así lo creo, a pies juntillas) el sueño, en puridad, los dos. Al acabar el coito, la segunda alumna ha abandonado el lecho y la habitación, y se ha encargado de pregonar por doquier lo sucedido, el affaire. A pesar de que yo le rogaba encarecidamente que guardase silencio, ella seguía, erre que erre, a lo suyo, sin reparar en lo obvio, en que lo que largaba me perjudicaba, sin ninguna duda, a mí, pero también la desacreditaba a ella; y no ha parado hasta que, por fin, se lo ha contado a su marido. Aquí ha acabado el sueño hodierno.

Brevemente, daré, a continuación, mi exégesis escueta de lo onírico. Hace meses, habiendo acudido al funeral de una exalumna, estando, en concreto, en el camposanto o cementerio, otra exalumna, excolega de la finada, me refirió que, en un sueño que tuvo conmigo, yo era un balarrasa, un pederasta, un pervertido; y para demostrar ella su tesis (quien fue es y seguirá siendo quien era), que a “El Buscón”, de Quevedo, debe una buena porción o cacho, curse o no con empacho, había diseñado aquella añagaza o subterfugio onírico. La prueba fehaciente ella tenía y de su parte la razón estaba… pues, para conseguir sus objetivos, había sido capaz de hacer cualquier locura; incluso seducir y desprestigiar a quien antaño fue el docente inocente que le puso un sobresaliente.

   Ángel Sáez García

   angelsaez.otramotro@gmail.com

Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza. Casado (con la literatura —en traducción libre, literaria, “si la literatura no lo es todo, no vale la pena perder una hora con ella”, Jean-Paul Sartre dixit—, solo con […]

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