DE UN DIABLO CON MÁS PESTES QUE EL DEMONIO
En sus últimos años de vida, varios ratos de las tardes que pasé en su grata compañía, dándole alternativamente a nuestras respectivas muis o sinhuesos, se me pasaron en otros tantos santiamenes o pispases. Si yo hubiera ejercido de periodista, seguramente, ahora podría referirle al atento y desocupado lector, ora sea o se sienta ella, ora sea o se sienta él, de estos renglones torcidos un sinfín de anécdotas o historias increíbles con conocimiento de causa y base científica, gracias a las grabaciones hechas, pero de ese montón de asuntos variopintos con evidente enjundia, sobre el que discurrimos o tratamos, no cabe hallar hoy más que un mínimo rastro de recuerdos que dejaron nuestros parlamentos en mí y guardo, como oro en paño, en mi memoria.
Esos mentados ratos, que pasamos medio confesándonos, vinieron a demostrar, de manera fehaciente, que diversos miembros de mi familia paterna (ella era María, hermana de mi padre, Eusebio) gozaban de un don incontrovertible, de excelente memoria. Ella, mi querida tía María, verbigracia, la tenía, sin duda, y hasta mejor que la mía, tanto para lo bueno como para lo malo.
Me refirió hechos de una mezquindad humana, de una ruindad tal, que, si ahora procediera a airearlos, a contarlos con los pelos y las señales que logré acopiar otrora, sé que harían mucho daño a varias personas. Como de los comentarios cicateros que me reveló solo una persona era la culpable, no así el resto de la familia, y estos miembros innominados devendrían en cabezas de turco, en chivos expiatorios, en víctimas propiciatorias, sin porqué, me los callo y/o me los trago sin apenas masticar.
Uno, siendo justo, narraría con pormenores ese cúmulo de perrerías con gusto, pero uno (bienvenida sea la consideración y la convicción de incapacidad a la que se llega para culminar esto, eso o aquello) reconoce que es incapaz de controlar el daño que va a infligir, si trascendiera lo que conoce. Así que todo queda quieto en la mata. Si fuera morboso, que no lo soy, lo propio hubiera hecho ya con la persona a la que culpo de que el material que debería hallarse en mi poder todavía no esté. Me he dedicado a darle pellizcos de monja a quien otrora aprendió a poner cara de santito, pero tiene (confío, deseo y espero que, a sus solas, no se engañe a sí mismo) su alma tantos o más agujeros que un colador (y, como dejó escrito en letras de molde Christopher Hitchens, “quienes no pueden olvidar el pasado están condenados a recrearlo”, mera variante complementaria de un pensamiento de George Santayana, este, “los que no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo”). En el párrafo final de este texto transcribiré unas líneas que me aprendí de memoria la primera vez que me eché a los ojos un cuento largo o novela corta de Julio Cortázar, “El perseguidor”.
Mi tía María y mi madre han sido las dos mujeres más generosas que he conocido. Si echaran hoy o mañana un pulso en el Cielo, donde ambas merecen estar, por supuesto, si es verdad que existe el tal, claro, me apostaría doble contra sencillo a que este resultará nulo.
Y, como lo prometido es deuda, a fin de rematar, del modo mejor y previsto, el parágrafo que culmine este texto, procedo a satisfacer dicha deuda al instante. Ahí van, por tanto, las líneas de “El perseguidor”, de Cortázar, que son tan afines a mi criterio y/o perspectiva: “Algunos eran modestos y no se creían infalibles. Pero hasta el más modesto se sentía seguro. Eso era lo que me crispaba, Bruno, que se sintieran seguros. Seguros de qué, dime un poco, cuando yo, un pobre diablo con más pestes que el demonio debajo de la piel, tenía bastante conciencia para sentir que todo era como una jalea, que todo temblaba alrededor, que no había más que fijarse un poco, sentirse un poco, callarse un poco para descubrir los agujeros. En la puerta, en la cama: agujeros. En la mano, en el diario, en el tiempo, en el aire: todo lleno de agujeros, todo esponja, todo como un colador colándose a sí mismo…”.
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
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