NO HAY PRESO QUE NO ANSÍE QUEDAR LIBRE
Eva era la asistenta del vecino
De arriba, don Eulogio, el boticario.
Pasaba las mañanas, de ordinario,
Haciendo mil tareas con gran tino.
Cocinaba unas pochas con tocino
Que no cursaban, no, con el mal fario
Que sí, las que, siguiendo un recetario,
Hacía mi mamá con desatino,
Tal cantidad de gases, que abrumaba
A la mitad de mi pupitre, Rosa,
Que exhibía una cara de asquerosa.
A mí aquel recital me abochornaba.
“A mí no”, me objetaba ella, juiciosa,
Por la ronquera hedionda que causaba.
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
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