DONDEQUIERA QUE ME HALLE, DEL CIELO HABLO/URDO
DEL SEMINARIO IMPAR NAVARRETANO
Dondequiera que me halle, esté con quien/es esté, no me canso de decir ni de escribir que el cielo y el infierno existen, pero están u ocurren aquí, mientras dura nuestra existencia terrenal, no en otras hipotéticas vivencias de ultratumba, que no son más que una filfa, entelequia o ensoñación. Ahora bien, como no soy un dogmático, acepto discrepancias. Tampoco me canso de repetir (siempre que eso no me harte o sacie, porque, en mi caso, dicho estado suele cursar con enfado e irritación), en lo concerniente a este tema, lo obvio, por lo menos para mí, que todas las religiones fueron, son y (auguro y conjeturo, pero puedo equivocarme) serán ficciones y, por ende, sendas mentiras; así que en la única escatología (véanse en el Diccionario de la lengua española, DLE, las dos entradas de dicha voz) en la que creo es la que atañe o tiene que ver con el estudio científico de los excrementos, de las heces, sí, no de los sacramentos, esos siete supuestos, cristianos y sagrados momentos.
En mil y una conversaciones y en mil y un textos (fueran escritos por este menda en prosa o verso) he dejado constancia fehaciente de mi parecer, antes de perecer, siempre el mismo, que mi cielo en el planeta azul, la Tierra, aconteció durante los tres últimos años de la extinta Educación General Básica, EGB, de Sexto a Octavo, de 1974 a 1977, que cursé en el seminario menor de Navarrete (La Rioja), hoy hotel “San Camilo” (y, a renglón seguido, va mi olé para los empáticos y respetuosos dueños, por habérselo ganado a pulso), donde los devotos seguidores del santo nacido en Bucchianico, Buquiánico (provincia de Chieti, en la región de los Abruzos), que fungieron otrora de inmejorables profesores, motivadores y educadores, además de mis colegas y émulos, de los que también aprendí un montón de cosas (desde entonces, acostumbro a ser una esponja), me desasnaron.
Aunque pudiera colegirse de lo urdido (y leído) en el parágrafo anterior que mi cielo acabó, que se consumió, durante los tres años indicados arriba, a lo largo de mi estancia navarretana, lo cierto y verdad es que, como lo propio ocurre con (y se predica de) la gran explosión del big bang, según varias teorías físicas, aún cabe hallar, en muchos gestos y hechos de la vida cotidiana, ecos indudables de aquel espacio y tiempo celestial o cronotopo indeleble.
Y, como en el convento sigue sin haber un maestro que supere en inteligencia o inteligencias a fray Ejemplo, pondré uno, bicéfalo, que él, si existiera, si fuera de carne y hueso, y no una mera creación o personaje literario ideado por el magín de Otramotro, tras juntar y fundir a dos formadores que tuve allí, Jesús Arteaga Romero y Pedro María Piérola García, en uno solo, él, sin ninguna duda, usaría como botón de muestra.
Hace apenas media hora, he merendado una manzana. Bueno, pues he procedido a llevar a cabo la misma manera de mondarla que allí aprendí, tras vérsela coronar cientos de veces a José Luis Álvarez Santaolalla, mi mejor amigo en Navarrete, excolega que, temprana y tristemente, finó sus días en el planeta azul (oscuro, casi negro). Mientras viva, lo recordaré, sobre todo, sonriendo, riéndose a mandíbula batiente. Troceó con la ayuda de un cuchillo la fruta en dos y estas dos mitades, a su vez, en otras dos, y se puso a pelar los cuatro cuartos resultantes, uno tras otro. Pues eso, tres cuartas partes de lo mismo, acabo de culminar hace treinta y tantos minutos. Y he rememorado, asimismo, confirmando o ratificando el hecho susodicho, algo que nos adujo y enseñó nuestro profesor de matemáticas, física y química allí, el “divide y vencerás” (en latín, “divide et impera” o “divide et vinces”), que otrora pronunciaron los labios de Julio César; o sea, trocea el problema matemático en cuantas partes veas posibles o puedas y procede a resolverlas, una detrás de otra, y así, con dicho método, conseguirás hallar la solución completa del problema.
Nota bene
Aunque sea una clara y cristalina ironía, una evidente contradicción, me temo que a mí me sucede con el seminario de Navarrete y todo lo que tiene que ver con el paisaje y el paisanaje de aquel cielo, donde fui tan feliz, lo mismo, pero más veces iterado, que se cuenta del asesino, que siempre suele volver al lugar en el que cometió el crimen.
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
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