POR TODO LO ENSEÑADO/APRENDIDO, PADRES, GRACIAS
Si el atento y desocupado lector de estos renglones torcidos es madre o padre, acaso le parezca mal, una salida de pie de banco o de tono, que alguien le pregunte a sus hijos (no importa que estos sean gemelos o mellizos), aunque sea su profesor o entrenador de este, ese o aquel deporte, ¿a quién quieren más, a quien les regaña por hacer una trastada o decir una inconveniencia, sea, sensu stricto, o no, una barbaridad, a cualquier hora, porque es la persona que los supervisa y está siempre con ellos en casa, en las canchas de juego o en el parque, y ejerce de rector, director y corrector, de la mejor manera que sabe, o quien les suele acariciar el pelo de la cabeza y una mejilla del rostro, en el momento en que les acompaña al cuarto para que estos se metan dentro del sobre, y les da un beso de buenas noches en la frente, antes de que apague la luz de la habitación, cierre la puerta y se marche?
Tengo parejas de amigos (sean o se sientan ellas, ellos o no binarios) que dicen querer a sus hijos por igual (si tienen el dúo o más); y quienes sostienen que, si se les permite ser sinceros, que tienen preferencias entre ellos o la prole, como eso mismo, aseguran, también sucedía en el pasado, en las casas de sus respectivos padres, verbigracia. Entre todas las familias con tres o más hijos, siempre hay uno, poco importa el sexo, que es más desprendido con sus padres, que, a menudo, llama la atención, por esta razón de peso, porque no coincide con quienes ellos fueron más generosos. La verdadera igualdad de los progenitores con sus retoños, los que sean, se da o demuestra en el testamento; e, incluso, mientras este lo lee el notario, cabe advertir que alguno sale beneficiado por los motivos que fueran y tuvieron en cuenta los padres; que acaso se los adujeron y dieron a conocer a todos los hijos, estando todos ellos juntos, o por separado.
Tengo la impresión refractaria de que, hasta que, en el verano de 1974, contando doce años, fui a realizar el cursillo propedéutico al seminario menor navarretano, que regentaron durante muchos años los religiosos camilos, quienes me amansaron el carácter y el temperamento (si distinguimos entre los rasgos heredados, transmitidos con los genes, y los adquiridos; pero no del todo) y me desasnaron, yo era un muchacho (mocete o “muete”, decíamos entonces más en Tudela) asilvestrado, criado en la calle, donde pasaba muchas horas. Las lectivas, de clase, en el colegio Nuestra Señora de Lourdes, junto con las de casa, adonde acudíamos mis hermanos y yo, tras ser convocados oportunamente por nuestra madre, que salía al balcón de la cocina de nuestra casa y, a voz en grito, nos llamaba para comer, merendar o cenar, no eran bastantes para domeñar y pulir al salvaje que acarreábamos con nosotros.
Si alguien me preguntara hoy a quién quise más, ¿a mi madre o a mi padre?, respondería lo auténtico, cabal, sensato y verdadero (y acaso inesperado para alguien), que a ambos los quise mucho (a una, por unas razones, y a otro, por otras, si no iguales, parecidas o distintas), lo mejor que pude y supe. Pero hoy los quiero por cuanto aprendí de ellos. Eso me lleva, por tanto, a complementar o completar mi respuesta, pues tengo la sensación inequívoca de que ha quedado corta y coja. Quiero, por ende, a quienes ejercieron conmigo de padres, cuando estos no estaban a mi vera: a Daniel Puerto, Jesús Arteaga Romero, Pedro María Piérola García, Salvador Pellicer, Juan María López, Ezequiel Julio Sánchez; y a cuantos autores, que leí y releí, dejaron un poso con peso específico en mi memoria y, como corolario, en mi persona: a Unamuno, Borges, Cortázar, Rulfo, “Gabo”, Cela, Dostoievski, Tolstoi,…; y a fray Ejemplo, que es el personaje literario ideado por mi propio magín con retazos de mil y una personas reales y otras tantas ficticias, que es un extraño puzle de más de tres mil piezas.
Nota bene
He olvidado mencionar en las líneas precedentes a otras personas que también fueron mis padres, pues fungieron, asimismo, de tales en algunos momentos, mis émulos, mis colegas y compañeros de estudios en mis tres años navarretanos; y, durante el resto de mi vida, mis amigos. De todos ellos aprendí algo, pues puede asimilarse lo inopinado de cualquier persona o congénere, hasta del que consideras que sabe menos que tú, siempre que hayas llevado a cabo antes el requisito imprescindible de cepillarte el prejuicio correspondiente, que era, precisamente, el que te impedía catar la obviedad y aceptar esa verdad apodíctica.
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
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