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Solo logra advertir aquí a un genio otro

Ángel Sáez García 14 May 2024 - 14:00 CET
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SOLO LOGRA ADVERTIR AQUÍ A UN GENIO OTRO

SALTA DE UNA CABEZA A OTRA, CUAL PIOJO

Desde que se lo escuché aducir a Pedro María Piérola García en un aula del seminario menor navarretano, como lo reputé entonces, y lo sigo valorando ahora, una verdad imbatible, inabarcable e inacabable (de las pocas que aún gozan de esa consideración o prestigio, incondicionalmente cierto, necesariamente válido), que salta de una cabeza a otra, cual piojo, vengo repitiendo con cierta frecuencia, siempre que cuadra o encaja con el caso en cuestión, ese axioma: solo logra advertir aquí a un genio otro.

Así que a nadie le debería extrañar que la obviedad se impusiera sin más óbices; tampoco que servidor se inclinara por lo lógico y normal, optar por la alternativa o varilla más sensata del abierto abanico, y proceder a crear la personalidad carismática, atrayente, de fray Ejemplo, ente de ficción, a partir de una mera adición o suma de las personalidades auténticas, reales, de Jesús Arteaga Romero y Pedro María Piérola García, que fueron estupendos profesores míos y de otros muchos estudiantes en donde este menda tiende a situar su cielo en el planeta azul (cada vez más oscuro, sí), la Tierra, el colegio que regentaban entonces los religiosos camilos, en cuyas antiguas instalaciones y solar cabe hallar hoy el hotel “San Camilo”.

Antes de que a media docena de discentes de diversos cursos nos brotara en el caletre la misma idea, convertir a Arteaga y Piérola en fray Ejemplo (aunque servidor pensó en su profesor de latín allí, Daniel Puerto, como primer aspirante, pues no desmerecía como candidato, fue descartado pronto, porque el empuje y la solidez del dúo, la pareja o el tándem de Ázqueta se impuso), este personaje ya tenía una hornacina asignada en la catedral del cielo (si esa expresión no nos disgusta, por ser un evidente pleonasmo; lo acaba de escribir, sí, pero como el abajo firmante sigue poniendo en tela de juicio la validez y vigencia de dicho territorio, del lugar mencionado, se decanta por añadir, para salir airoso del brete, antes de coronar este paréntesis, pero fuera de él, un adjetivo calificativo, inmediatamente después del signo de cierre del mismo) literario.

Porque en sus textos cada uno de esos seis autores mentados presentamos a un fray Ejemplo característico, peculiar, distinto, el antedicho y fetén solo cabe conformarlo tras leer esas seis soluciones, prismas o perspectivas sobre él parciales, que cada hacedor ha logrado llevar al papel.

Como servidor ha tenido la inmensa suerte de poder pasar su vista por las excelentes páginas que otros frustrados postulantes o pretendientes a seguidor del colosal santo de Buquiánico han trenzado, además de por las suyas, sobre fray Ejemplo, puede afirmar lo inconcuso del caso, que, como hizo él, el resto de los adeptos y adictos al fraile de marras han constatado, al aseverar que no tienen claro si, para componer la personalidad del sugerente y susodicho ente de ficción pusieron más humor o seriedad del uno o del otro. Seguramente, descubrieron, atónitos, estupefactos, lo mismo que este menda, por ser el que inauguró la afición o tendencia, y lo comprobó antes que ellos: que fueron los propios Arteaga y Piérola quienes eligieron esos porcentajes; o sea, que no hicimos tal cosa, aunque parezca sorprendente, quienes firmamos las páginas que escribimos sobre el mito (aunque no faltará el lector que vea en dicho personaje literario un anagrama de dicha voz, un timo).

Puede que tampoco brille por su ausencia quien se pregunte si lo que acabo de dejar escrito, negro sobre blanco (aunque antes lo hiciera el abajo firmante azul sobre gualdo), en el parágrafo precedente puede ser posible. Contesto a esa pregunta indirecta rápidamente. Puede. ¿Acaso no se le fue de las manos don Quijote a Miguel de Cervantes? Pues tres cuartos de lo propio, mutatis mutandis, cabe aducir que nos aconteció a nosotros, los tales, con el maestro impar, o polímata más capacitado para inculcar su poliédrico saber a quienes fuimos sus alumnos, que hubo en el seminario menor navarretano (y acaso en el orbe entero), aunque a mí me agrada ubicarlo en otro lugar, el que he imaginado y conjeturo que es el mejor para él, el convento de Algaso.

   Ángel Sáez García

   angelsaez.otramotro@gmail.com

Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza. Casado (con la literatura —en traducción libre, literaria, “si la literatura no lo es todo, no vale la pena perder una hora con ella”, Jean-Paul Sartre dixit—, solo con […]

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