EN EL CONSCIENTE INFLUYE EL INCONSCIENTE
OTRO TANTO ACAECE VICEVERSA
El domingo 12 de mayo de 2024, en la página 7 del suplemento IDEAS de EL PAÍS, en la columna que firmó su autora, Nuria Labari, titulada “Todo por Asunta pero contra Asunta”, que leí, ella decidió iniciarla así: “En este momento hay dos clases de personas en España: las que ya han visto El caso Asunta (Netflix) y las que tienen algún capítulo pendiente para terminarla”.
Como yo no he visto aún ningún capítulo de dicha serie y, según Nuria Labari, no debo existir, así como lo propio debe acontecerles a los sueños que tengo mientras duermo, le narraré a ella y a cuantos atentos y desocupados lectores tengan la amabilidad de leer, de cabo a rabo, este texto el último de ellos, por el momento, para que a ella, sobre todo, le conste que cabe hacer más partes o porciones en el pastel o tarta de la realidad, y ahora, sí, tenga conciencia de ello, de manera fidedigna.
Esta noche, de madrugada, mientras me hallaba descansando en los mullidos brazos de Hipnos o Morfeo, durmiendo plácidamente, a pierna suelta, he tenido un sueño extraño, pues, de manera excepcional, uno de mis guías, gurús o mentores (sin duda, al que le tengo más cariño, devoción y respeto), fray Ejemplo, quedaba, dentro del episodio onírico, a la altura del barro o betún, para el arrastre.
Una lolita, alumna del Instituto de Enseñanza Secundaria Obligatoria y Bachillerato “Juan de Mairena”, de Algaso, donde imparto clases de griego clásico y latín, que, por cierto, no es discente mía, pero sí vecina del mismo bloque de pisos donde resido, ha acudido gimoteando, desconsolada, a mi despacho, a contarme entre sollozos, cuanto me ha dejado, amén de soliviantado, de piedra, lo que hacía menos de media hora había ocurrido en otro despacho de dicho centro docente y público; grosso modo, que otro miembro del claustro de profesores, instructor suyo, al que aquí, en esta urdidura o “urdiblanda”, he juzgado oportuno nombrarlo de esta guisa, Fulano de Tal, la había seducido y, a renglón seguido, la había agredido sexualmente. En román paladino, que la había violado, no vaginal, sino analmente. Como los sollozos no le permitían articular palabra, hablar normalmente, le he recomendado que llorase todo lo que le pidiese el cuerpo y luego, calmada, que se explayara en la explicación. Tras hacerme caso, más sosegada, me ha relatado el infierno que había padecido y le he recomendado que debía ir primero al hospital, para que le hicieran un exhaustivo reconocimiento médico, y más tarde a la comisaría de policía a interponer la pertinente y preceptiva denuncia, pues ese señor (aquí he escrito la palabra que se ha leído, pero puede que a ella le haya dicho otra que le cuadraba más, monstruo, acaso) no podía irse de rositas.
Ella me ha solicitado que la acompañara, si podía; y lo he hecho, tras comentárselo, sin revelarle la causa, por teléfono, a la directora. De camino al hospital, me ha pedido que, dada la amistad que tenía y tengo con fray Ejemplo, con quien más de una vez se había confesado, nos detuviéramos en el convento, porque quería confesarse y comentarle a él también lo sucedido.
He preguntado al fraile portero si estaba libre de tareas fray Ejemplo y, cuando nos ha confirmado que nos atendería en el recibidor, nada más ha entrado él por la puerta, lo he saludado con el abrazo de rigor y he dejado a los dos solos en dicha estancia. Les he referido que esperaría en el claustro, junto al jardín.
Al cuarto de hora, poco más o menos, ha aparecido la nínfula violentada, pero no fray Ejemplo. Le he preguntado a la adolescente cómo había ido la cosa y me ha dicho que mi amigo y preceptor, inconcebiblemente, no había estado a la altura de las circunstancias; le ha dicho que no estaba dispuesto a confesarla, si luego iba a denunciar al profesor; que le había recomendado que se dejara de bobadas o naderías, y no fuera al hospital y menos aún a comisaría, sino que volviera al instituto; que se considerara una elegida; que un profesor de prestigio se había encaprichado de ella, y que, por favor, no se hiciera la estrecha, que él ya conocía el percal, por otras confesiones, y sabía cómo se las gastaba y de qué pie cojeaba. Cuando ha terminado, yo no salía de mi asombro, y el sueño ha acabado aquí.
Por la mañana, a primera hora, le he mandado un correo electrónico, contándole, a grandes rasgos, el sueño. Le preguntaba si él lo entendía y si yo me había vuelto tarumba, porque no sacaba en claro nada del comportamiento que él había tenido en el episodio onírico con ella. Y él me ha respondido, entre otras cosas, por teléfono, esta: “Relee la nota bene del artículo que titulaste ‘¡Qué bien remata a gol la moraleja!’ y lo lograrás interpretar. En el consciente influye el inconsciente. Otro tanto acaece viceversa”. Y he rotulado y subtitulado este texto así, con esos dos endecasílabos suyos, tras recibir su lógica aquiescencia y necesario permiso.
Nota bene
En el arranque de esta urdidura he dejado constancia de que Nuria Labari marraba en el comienzo de su columna. Ahora bien, he de apuntar (sin disparar, por supuesto) que en el cuerpo de su colaboración dominical daba de lleno en el blanco o centro de la diana, al haber dejado escrito, negro sobre blanco, que “la mayoría de los abusos suceden en al ámbito familiar: el abuelo sobre la nieta, el tío sobre la adolescente (¿le ocurrió algo a Nuria Labari, siendo adolescente y sobrina de un tío de apetito salaz?; y es que en lo que no se nombra suele estar la clave, el intríngulis, la madre del cordero), el padre y la madre sobre la hija”.
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
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