MANO DE SANTO ES SER PERIPATÉTICO
¿¡CUÁNTO TE CUESTA HACER TODO, HIJA MÍA!?
He de dejar escrito (primero, azul sobre gualdo; luego, negro sobre blanco) que el pasado domingo 12 de mayo de 2024, en la página 8 del suplemento IDEAS de EL PAÍS, leí “Sobre la crisis de la empanadilla”. Así rotuló, bajo el marbete asiduo de TRABAJAR CANSA, Íñigo Domínguez su dominical pieza literaria. Confieso sin requilorios que, mientras la leía, no me reí a carcajada tendida o a mandíbula batiente, como eso sí ocurrió otrora, hace la tira de años, con el gag o situación cómica, desopilante, que idearon Josema Yuste y Millán Salcedo (Martes y Trece) con el fingido caso de una señora que llamaba por teléfono a un programa de radio en directo y hablaba con su directora y presentadora, Encarna Sánchez, mientras la supuesta ama de casa se hallaba friendo unas empanadillas y decía tener un hijo haciendo la mili en Móstoles. El sketch susodicho, escuches y veas cuantas veces escuches y veas el gag, es hilarante; ahora bien, leer el texto de Domínguez me relajó. E, ipso facto, tomé la decisión de nominarlo como candidato para escribir un artículo de opinión sobre la ignorada (por servidor) crisis de la empanadilla española. Si no marro morrocotudamente, con gusto trenzo que fue Albert Einstein quien sentenció que “en los momentos de crisis, solo la imaginación es más importante que el conocimiento”.
Lo cierto y verdad es que la lectura de la pieza “iñiguera” (confío, deseo y espero que Domínguez no se moleste conmigo por haber pergeñado dicho adjetivo, pues tengo un sobrino adolescente, tocayo suyo, con el que ya lo he usado, cuando he hecho referencia a alguna peculiaridad suya, una finta genial, marca de la casa, verbigracia, ya que es un estupendo jugador de baloncesto en ciernes) me retrotrajo a mis años universitarios, cuando, compartiendo piso de estudiantes, con otros seis, sí, en un bloque de la zaragozana Avenida de Valencia, a mí, los miércoles, me correspondía (tras realizar el previo y reglamentado sorteo) hacer la compra del día, cocinar la comida y la cena para cinco (dos eran ovolactovegetarianos) y fregar (libraba el resto de la semana; la cosa tenía sus pros y sus contras). Bueno, pues, de segundo plato, para comer solía hacer empanadillas de atún, a las que agregaba olivas rellenas bien troceadas y tomate Orlando (que, por cierto, ya no veo por ahí publicitado) y algún ingrediente más (sí, huevo duro, que casi paso por alto, aun siendo bajo y rechoncho, tanto el huevo como servidor). Luis Quirico Calvo Iriarte me enseñó un truco, cómo sellarlas bien, con la ayuda de un tenedor. Había que tener mucho cuidado, a la hora de freírlas en la sartén, pues el aceite protestaba, y de muy malos modos; sacaba a relucir, velis nolis, su humor atrabiliario, hosco, tosco, si alguna se abría por la panza. Había que echar mano de una égida o escudo improvisado, de una tapa protectora, para librarse de la gorgona. Más de un quemazo me di y alguna ampolla me salió, aun conociendo el percal y poniendo sumo esmero en el desempeño de la fritura.
Abundo en la tesis “iñiguera” de que: “No se pueden plantear debates que abren un boquete en nuestra vida diaria, un vértigo existencial repentino (he de reconocer sin ambages que no había leído dos metáforas tan bien traídas o ajustadas sobre el apetito), y que caigan en el vacío, dejando aún más huérfanos y desorientados a los ciudadanos sobre su futuro”. Hay quienes la ironía, llamémosla como la llamemos, retintín, socarronería o sorna, no la pillaron ni la pillan ni la pillarán mientras vivan.
Había decidido adelantar mi andamiaje (así llamo a mi primer paseo vespertino; vocablo que prefiero a andadura, por supuesto, porque, mientras deambulo, cual peripatético, voy hablando con mis heterónimos, estructurando mi caletre, levantando un andamio mental), para ver si me inspiraba, mientras durara el mismo, y, de esa guisa, poder rematar, de la mejor forma posible (ojalá resultara plausible), mi artículo sobre el tema, el melón que había abierto Domínguez. Bueno, pues, dicho y hecho. De regreso a casa, aun sin haber cazado al vuelo ni pescado sin anzuelo una idea con la que darle oportuno colofón, he escuchado cómo la hija, de corta edad, habiendo dejado la puerta trasera del coche abierta, sentada correctamente en su asiento o silleta, bien atado el cinturón, le decía a su madre, que en ese momento procedía a cerrar la puerta del garaje: “¿¡Cuánto te cuesta hacer todo, hija mía!?”.
Y yo, nada más escuchar la pregunta y admiración de marras, he elaborado esta interrogación: ¿Boca abajo está el mundo, sí, al revés? Es lógico y normal que una cría repita, como una cotorra, cuanto le ha escuchado decir a su madre tantas veces. Este transeúnte dedujo que la hija le achacaba o echaba en cara a su progenitora que hubiera estado tanto tiempo acicalándose, pero lo que tanto su criatura como este viandante desconocían es lo que acabo de barruntar, que la madre había invertido ese tiempo en hacer las empanadillas para la cena, pero no al buen tuntún, sino como mandaban los cánones.
Nota bene
Es obvio, y está claro, cristalino, que una persona es cuanto realiza. Es buena estratagema, amén de excusa, y un as la crisis de la empanadilla para que saque de un sombrero negro un mago una paloma o un gazapo blanco, que devendrá en el mono o simio gramático que pinte sobre el lienzo cuanto vea en estampas variopintas. Eso ya lo probó y airoso e indemne salió de dicho aprieto o brete Borges, en el cuento final de “El hacedor” (1960):
“Un hombre se propone la tarea de dibujar el mundo. A lo largo de los años puebla un espacio con imágenes de provincias, de reinos, de montañas, de bahías, de naves, de islas, de peces, de habitaciones, de instrumentos, de astros, de caballos y de personas. Poco antes de morir, descubre que ese paciente laberinto de líneas traza la imagen de su cara”.
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
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