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¡Qué asco me da leerte, viejo verde!

Ángel Sáez García 22 May 2024 - 14:00 CET
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¡QUÉ ASCO ME DA LEERTE, VIEJO VERDE!

Ayer una espontánea en el arte del troleo (si consultamos dicha voz donde conviene y es oportuno hacerlo, sabremos que se trata de la acción y el efecto de “trolear”, y, si proseguimos por la misma senda, nos encontraremos con las dos acepciones que nos brinda y recoge el Diccionario de la lengua española del vocablo entrecomillado, o sea, una, “en los foros de internet y redes sociales, publicar mensajes provocativos, ofensivos o fuera de lugar con el fin de boicotear algo o a alguien, o entorpecer la conversación”, y dos, “burlarse de alguien gastándole una broma, generalmente pesada”; bueno, pues, a las que quedan consignadas o estipuladas arriba, este menda añadiría una tercera, “decir engaños, trolas, a sabiendas de que lo son”; confío, deseo y espero que no se moleste conmigo por haberle llamado así; acaso pudiera tener motivo, si la hubiera denominado de otra guisa peor, por ejemplo, esta, maestra o perita en el arte del toreo, pues la pulla y aun su homónima, la puya, hubieran acarreado más pernicioso sarcasmo), ignoro si fue más osada que temeraria, o viceversa, según su opinión o parecer; me escribió a la dirección de correo que más uso y me mandó, amén de un párrafo inicial y otro final, estos dos parágrafos centrales, donde cabe hallar y obra el intríngulis:

“He leído dos veces la urdidura que titulaste ‘En el consciente influye el inconsciente’ y en las líneas que copiaré a continuación con tu permiso abajo he advertido que eres, además de un morboso, un viejo verde. Reléete y lo comprobarás y me comprenderás: ‘Como los sollozos no le permitían articular palabra, hablar normalmente, le he recomendado que llorase todo lo que le pidiese el cuerpo y luego, calmada, que se explayara en la explicación. Tras hacerme caso, más sosegada, me ha relatado el infierno que había padecido y le he recomendado que debía ir primero al hospital, para que le hicieran un exhaustivo reconocimiento médico, y más tarde a la comisaría de policía a interponer la pertinente y preceptiva denuncia (…).

“En seis palabras, en concreto, ‘que se explayara en la explicación’, advierto, desconozco qué pensará el resto de los lectores que ha tenido tu urdidura, que eres un morboso, pues lo que deduzco de tus palabras es que demuestras atracción y/o sientes gusto o placer al conocer los detalles o pormenores crueles, desagradables o prohibidos (pero a los lectores nos los hurtas). No has visto ‘El caso Asunta’, pero cuando lo veas y oigas, lo disfrutarás, como eso han hecho muchos de los españoles, ellas y ellos, que lo han visto y oído”.

Puede que Clara (aunque no conviene descartar que, tras tan cristalino y femenino nombre de pila, se esconda un varón barbudo; cuanto ha ocurrido puede volver a suceder; no me cogería de improviso), que así dice llamarse la espontánea, tenga razón en su diagnóstico, y yo no escape a esta apreciación personal (sea generalizada o no), con rango de ley o norma, de que hoy en día todo quisque es adicto a alguna cosa o a varias, un montón de ellas, hasta la propia Clara, en la que uno puede constatar cierto disgusto por haberle robado servidor los pelos y las señales escabrosas en un paréntesis clarificador: ‘pero a los lectores nos los hurtas’.

Desde que estudié Psicología del aprendizaje y tuve, más que conocimiento exhaustivo, meras nociones básicas sobre dicha materia, y oí mencionar la ventana de Johari en Dinámica de grupos, me extrañan pocas actitudes o procederes de mis congéneres y míos. Así que itero e insisto en que Clara, o quien esté detrás de ese nombre, real o ficticio, puede que no vaya desencaminada/o y haya dado en el blanco o centro de la diana conmigo; y, por ende, no haré el mínimo esfuerzo intelectual en elaborar un argumento que eche por tierra o contradiga su tesis de manera inapelable.

Aunque parezca mentira, creo que sé dónde está la clave, en algo que he escrito recientemente y pronto verá la luz (ignoro, de veras, ahora mismo, si antes o después de estas líneas, que trenzo, azul sobre gualdo, antes de pasarlas mañana, negro sobre blanco, en una computadora de la biblioteca “Yanguas y Miranda”, de Tudela; por la sencilla razón de que no tengo acceso a internet en casa ni dispongo de un teléfono inteligente o smartphone, aunque haya quien no me crea; ¡qué le voy a hacer!). Se reduce a una expresión de cuatro palabras, “¡qué asco más rico!”, que suele tener en la punta de la mui o sinhueso un amigo mío de (no desde, como había escrito al principio) la tierna infancia (pues eso significaría que había dado un salto ciclópeo, colosal, al pasar de la niñez a la adultez sin haber disfrutado ni padecido la pubertad o adolescencia); locución íntimamente relacionada con una palabra que servidor usaba en la intimidad, dentro de frases de este tipo: ¿Hacemos “cochinadas”? Ergo, Clara, puede que sea una expareja mía. Demos tiempo al tiempo, ese juez que da y quita razones, y veremos qué nos depara, si decide quitarse la máscara o prefiere seguir con el disfraz entero puesto.

   Ángel Sáez García

   angelsaez.otramotro@gmail.com

Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza. Casado (con la literatura —en traducción libre, literaria, “si la literatura no lo es todo, no vale la pena perder una hora con ella”, Jean-Paul Sartre dixit—, solo con […]

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