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A veces, lo importante al final se halla

Ángel Sáez García 28 May 2024 - 14:00 CET
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A VECES, LO IMPORTANTE AL FINAL SE HALLA

En cada época histórica ha habido, hay y habrá personas dotadas de una sensibilidad a flor de piel, especial, artística, o ética y estética, que elaboran tropos, símiles o metáforas, o aprovechan los existentes, resignificándolos, para dar cuenta de la realidad que les ha tocado en suerte vivir, y que son un epítome o radiografía fidedigna del espíritu de ese tiempo (en) concreto.

El tropo por antonomasia o excelencia de nuestro cronotopo, un mero apéndice o tentáculo de nuestro ser, es esa herramienta contradictoria que te permite, de una parte, estar conectado con todo quisque y, de otra, te sume en una soledad indeseada (que también la hay anhelada, por supuesto; a mí, verbigracia, la tal, formando pareja de baile o tándem con el silencio, me facilita la escritura, al aprovechar a tope o sacarle el máximo partido al tiempo creativo). El teléfono inteligente o smartphone se pensó, seguramente, para otros fines, entre ellos, para dar libertad, pero lo que provoca a muchos de sus usuarios, las personas que los usan sin control, es una adicción (que puede devenir en enfermiza y/o perniciosa) insólita, una esclavitud inesperada y, por ende, lo contrario de lo pergeñado o proyectado, pues les resta y hasta hurta el grueso de su atención, libertad y voluntad.

A mí me gusta estar conectado con Pacho, Armando y Ricardo los viernes, durante la hora y media de pinchopote, y por eso acudo al “Sweet sisters coffee”, sito en la tudelana calle Díaz Bravo, como otro tanto hacen ellos, donde Maite, Andrea y Miguel Ángel nos atienden y tratan de maravilla. Lo propio ocurre los sábados con Diana y Pío, ya que, mientras zuriteamos por los bares cercanos a la plaza de San Jaime, nos soltamos la mui o sinhueso, poniendo en práctica ese adagio sueco que dice así: “Una alegría compartida es una alegría doble; una pena compartida, la mitad de una pena”.

Me agrada leer, que es una forma de escuchar a los muertos; unos, ciertamente, porque ya llevan varios años enterrados o ennichados, y otros, porque, aunque vivan, no te van a contestar, porque están a lo suyo, como tú estás a lo tuyo.

El finde aprovecho para leer un periódico de papel, EL PAÍS. Me peta pasar mi vista por las crónicas y los artículos de opinión e información que contiene. Esas lecturas las hago de cabo a rabo, de principio a fin, por la sencilla razón de peso de que, a veces, la enjundia de las colaboraciones, sean columnas o tribunas, se halla al final.

Si el atento y desocupado lector de estos renglones torcidos, ora sea o se sienta ella, él o no binario, es un asiduo de las urdiduras o “urdiblandas” de Otramotro, le consta que es una frase proverbial de este menda esa que asevera que “no hay mejor maestro que fray Ejemplo” y, por tanto, no por tonto, le place poner, por lo menos, un ejemplo aleccionado, clarificador, de cuanto defiende o sostiene en sus textos. Hoy, de manera excepcional, pondrá dos.

El sábado 25 de mayo de 2024, en la página 13 de EL PAÍS, en la tribuna que firmaba su hacedor, Antonio Muñoz Molina (AMM), titulada “En lucha contra la apisonadora”, este, el autor jienense, la concluía así: “Quiero que la tecnología me facilite ciertas cosas en la vida pero no quiero vivir sometido a ella, a las maquinaciones codiciosas de unos plutócratas disfrazados de gurús. No es nostalgia. Es resistencia y rebeldía contra la apisonadora”.

El domingo 26, en la página 7 del suplemento IDEAS, de EL PAÍS, en la columna rotulada “Elegir una carrera sin salida, la mejor opción”, su autora, Nuria Labari, guarda para el colofón o postre su mejor alhaja o joya: “Por increíble que pueda parecernos hoy, el futuro nunca está donde el pasado lo espera”.

Nota bene

   La experiencia, madre y maestra de la ciencia, me ha enseñado que la condición de gurú no es buena ni mala en sí misma. Aquí pasa como en el resto de los ámbitos u órdenes de la vida, que “por sus obras los conoceréis”, como se lee en el versículo 16 del capítulo 7 del Evangelio de Mateo (la variante “cada árbol por su fruto se conoce”, aparece en el versículo 44 del capítulo 6 del Evangelio de Lucas). A mí Jaron Lanier, un gurú, filósofo de la era de la informática se le ha llamado también, me abrió los ojos hace muchos años. Tantos que la quintaesencia (“evito las redes por la misma razón que evité las drogas: me hacen mal”) que me llevé a los mismos hizo su oportuno efecto, y sigo sin comprarme un teléfono inteligente. Y es que, cuando debo contactar con un deudo o amigo por el motivo o la razón que sea, lo llamo por teléfono, y santas pascuas.

   Ángel Sáez García

   angelsaez.otramotro@gmail.com

Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza. Casado (con la literatura —en traducción libre, literaria, “si la literatura no lo es todo, no vale la pena perder una hora con ella”, Jean-Paul Sartre dixit—, solo con […]

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