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¿Somos idiotas por haber errado?

Ángel Sáez García 30 May 2024 - 14:00 CET
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¿SOMOS IDIOTAS POR HABER ERRADO?

Ocho décadas después de su alumbramiento (puede que en otros apuntes lo haga, pero en este dato, en concreto, no miento, hágame caso, atento y desocupado lector, ora sea o se sienta ella, él o no binario, de estos renglones torcidos), tras llevar más de cuatro lustros sin fumar un pitillo (cuánto le costó vencer la adicción que tenía a la nicotina y demás sustancias nocivas, a la costumbre de encender más de treinta cigarrillos al día, aunque muchos se consumieran en el cenicero, tras darles la primera calada; qué orgulloso se sentía de haberle doblado el brazo al tabaquismo o vicio, él que había sido un empedernido consumidor de humo), fray Ejemplo se sigue sintiendo hoy el chaval (eso sí, de provecta edad) que otrora fue, con las mismas ganas de aprender, desde de que estas le brotaron en la tierna infancia, sí, in illo tempore, cuando empezó a leer, de manera comprensiva, cuanto papel caía en sus manos y se lo llevaba luego a los ojos. Es consciente de que cada día que pasa el mundo es más complejo y enrevesado y, por ende, más difícil de desentrañar y entender, y, por eso, debe dedicar más horas de estudio a fin de tratar de averiguar de dónde viene y a dónde va con el hombre montado, a horcajadas, sobre sus lomos, como si el susodicho se tratara de un corcel o purasangre (a veces, claramente, desbocado).

Hoy he acudido a la casa que comparte, al cenobio de Algaso, donde la docena o decena habitual de frailes que conviven con él lo cuidan y quieren como si fuera su padre o su hermano, que, en lo concerniente a la orden, lo es, sin duda, por la sencilla razón, que no me guardo, de que no puedo estar más de una semana sin abrazarlo, sin verlo, sin disfrutar viendo y oyendo cómo se sonríe y ríe, a carcajada tendida o a mandíbula batiente, tanto que, a mí, al menos, lo reconozco sin ambages, logra contagiarme, alegrándome el día y hasta un buen tramo o trecho de mi existencia.

Durante la hora y media larga que ha durado la charla, hemos vuelto a hablar de un asunto recurrente en nuestras conversaciones, de los mil y un beneficios que reporta la amistad. La familia acaso fuera el primer gran invento del hombre; ahora bien, el segundo, crucial, de la humanidad, sin hesitación ni posibilidad de formular una objeción en toda la regla, fue la amistad. Y es que, como dejó dicho Demetrio de Falero (a quien, antaño, buscándole a su patria chica un anagrama que le viniera como la alianza al dedo anular, dimos en llamar, por lo acertado de sus axiomas, “el Faro”), “puede que un hermano no sea un amigo, pero un amigo siempre será un hermano”. Han salido a relucir los autores tantas veces citados (Aristóteles, Ralph Waldo Emerson, Santiago Ramón y Cajal…) y sus indelebles frases proverbiales.

Hemos vuelto a diseccionar el vocablo “democracia” y a concluir lo obvio, que con ella debemos hacer lo mismo que con el amor y la amistad, regarla a diario, para que siga dando buenos, mejores y óptimos frutos. Porque empiezan a cundir como setas, a abundar por doquier, aspirantes a mandatarios y gobernantes con solera que echan mano de la palabra susodicha, “democracia”, para justificar actitudes o procederes que despiden un tufo nauseabundo, claramente corruptos, antidemocráticos, autocráticos.

Hemos hablado del abierto abanico de la libertad y de sus diferentes variantes o varillas: académica, creativa, ética, de opinión y de prensa. Y hasta de que es aleccionador y provechoso el error, siempre que le logremos extraer el jugo o zumo apetecido, el mejor partido a dicho yerro. Y de que nadie debe sentirse un idiota redomado por haber metido la pata hasta el mismo corvejón. Pues todos los seres humanos, sin excepción, hemos marrado (unos más que otros, por supuesto), todos. Y de que dos palabras, dos, del griego clásico, dos vocativos, forman parte de nuestro acervo lingüístico en español: idiota (quien no se ocupa de la ciudad-estado, de la política) e hipócrita (quien aparenta o finge ser quien no es; quien actúa cual comediante o trágico).

Cuando nos hemos despedido con el abrazo de rigor, me ha hecho su asidua recomendación de que siga cultivando mis ilusiones y sueños, las mejores verduras de mi hortal.

   Ángel Sáez García

   angelsaez.otramotro@gmail.com

Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza. Casado (con la literatura —en traducción libre, literaria, “si la literatura no lo es todo, no vale la pena perder una hora con ella”, Jean-Paul Sartre dixit—, solo con […]

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