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¿La estadística es ciencia mentirosa?

Ángel Sáez García 24 Jun 2024 - 20:00 CET
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¿LA ESTADÍSTICA ES CIENCIA MENTIROSA?

Como el atento y desocupado lector (ora sea o se sienta ella, ora sea o se sienta él, ora sea o se sienta no binario) de estos renglones torcidos sabe (si no lo sabe, lo debería saber), a ciencia cierta, la estadística es la ciencia que se ocupa de recoger y ordenar datos con el propósito de obtener a partir de ellos conclusiones basadas en el cálculo de probabilidades. Puede, no lo discuto, que las citadas conclusiones a las que llegue sean ciertas, pero reconozco que a mí me queda la sensación refractaria, hija de la realidad que constato un día sí y otro también, de que miente como una bellaca.

Acaso a la estadística le ocurra, mutatis mutandis, tres cuartos de lo propio que le acaece a la literatura, que cuenta un montón de verdades a partir de y/o mediante un intrincado entramado de mentiras. Por ejemplo, quien guste echarles un ojo (en realidad, los dos, si quien corona ese hecho no es un tuerto) a las estadísticas recientes, publicadas en los diarios, revistas y resto de mass media, habrá tenido la oportunidad de comprobar cuanto se ha llevado a la vista, asimismo, servidor, que soy dueño de un utilitario desde hace quince años y poseedor de un smartphone desde hace diez. Bueno, pues, lo cierto y verdad es que carezco de coche (siempre lo he hecho, pues ni siquiera tengo carné de conducir) y de teléfono inteligente. A mí me basta y me sobra con serlo yo (confío, deseo y espero que la inconcusa inteligencia que acarrea el lector le ayude a entender la graciosa ironía que porta y portea mi boutade; ya me perdonará que haya echado mano de ella, pero es que no he podido contenerme ante tamaña tentación; ya sabe qué sostuvo al respecto el escritor irlandés Oscar Wilde en su novela “El retrato de Dorian Gray”: “La única manera de librarse de la tentación es ceder ante ella. Si se resiste, el alma enferma, anhelando lo que ella misma se ha prohibido, deseando lo que sus leyes monstruosas han hecho monstruoso e ilegal”.

Las estadísticas dicen que los seres humanos solemos recordar uno o dos sueños de cuantos hemos tenido, mientras nos hallábamos descansando en los mullidos brazos de Hipnos o Morfeo. Como hay semejantes que aseguran no rememorar ninguno de sus episodios oníricos (y no hay razón para poner en duda o tela de juicio dicho parecer), aunque les consta que soñaron, debe haber individuos que recuerden tres o cuatro, para que salga esa media.

Yo, esta misma tarde, durante la siesta, que ha sido un poco más larga de lo habitual, pues ha durado media hora justa, no sé cuántos han sido los sueños que ha promovido mi inconsciente, pero recuerdo con fidelidad dos. Durante el primero, mi futura esposa ha subido al escenario de la Plaza de la Constitución, donde iba a comenzar su actuación la orquesta “Maravillas”, que había sido contratada por Jesús Roberto Cornago Moreno, concejal de Festejos del muy ilustre y muy leal Ayuntamiento de la villa norteña de Algaso, para amenizar la fiesta de la noche más corta del año, la de San Juan. Le ha pedido permiso al batería, que era el que llevaba la voz cantante del grupo, y, una vez este le ha dado el plácet, ha cogido el micrófono con su diestra y ha dicho cuanto habíamos pactado, de mancomún, que saldría por su mui: que ella y yo (he notado cómo un foco, dirigido al lugar que ocupaba servidor en la plaza, junto al único e inmenso seto que hay en la misma, me cegaba los ojos) nos habíamos prometido y, por ende, revelábamos que el varón adulto y adúltero (pues eso indicaba que estaba casado o emparejado) que le propusiera mantener una relación deshonesta a mi prometida, se las tendría que ver con su mujer o, en el caso de que aún estuviera soltero, con su madre o su hermana, si las tenía, porque nos chivaríamos sin dilación ante ella/s. Que hubiera ejercido de puta hasta seis meses antes, cuando, por una serendipia, la conoció servidor, no significaba que ella deseara seguir fungiendo de tal. Que la advertencia estaba hecha y que quienes avisábamos no éramos traidores.

Del segundo sueño solo recuerdo el final; que llegaba servidor por un atajo a la casa de mi novia, y en el cuarto que ella utilizaba para culminar labores de corte y confección, un negro, desnudo, con su alargado miembro enhiesto, semejando el ciprés del silente claustro monástico de Silos, en posición horizontal, no vertical, le daba golpes, como si se tratara de una regla, en las nalgas por haberse negado a retomar su antigua y desarraigada tarea.

Nota bene

A mí la estadística unas veces me perjudica y otras me beneficia; supongo que otro tanto les ocurre a los demás; lo propio me sucede con los sueños.

   Ángel Sáez García

   angelsaez.otramotro@gmail.com

Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza. Casado (con la literatura —en traducción libre, literaria, “si la literatura no lo es todo, no vale la pena perder una hora con ella”, Jean-Paul Sartre dixit—, solo con […]

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