¿SE PUEDE DIRIGIR CON OCHENTA AÑOS?
Un viernes, hace, poco más o menos, un mes y medio, entre cuarenta y cincuenta días, se me ocurrió preguntarle a fray Ejemplo si se podía dirigir teatro a los ochenta años. Le serviré en bandeja, atento y desocupado lector (ora sea o se sienta ella, él o no binario) de estos renglones torcidos, qué me contestó mi maestro y mentor como el mismo rayo: Por supuesto que sí; y se puede disfrutar de esa tarea como un enano (supongo que se refería a un niño con zapatos nuevos o sandalias recién estrenadas, pero reconozco que no le inquirí al respecto, así que aquí, en este punto concreto, me limito a barruntar y/o especular por mi cuenta y riesgo, porque lo cierto y verdad es que no logré sondear su parecer; lamento, por ende, no poder ser más explícito); y salir satisfecho de ese aprieto o desafío. Recuerdo que, además, agregó esto: Pregúntale, si no me crees, a Clinton “Clint” Eastwood Jr. si se pueden dirigir películas con esos años y aun con más, y gozar tanto como cuando tenía la mitad de esas primaveras y se atrevió con la primera de su carrera cinematográfica, tras las cámaras. Te contestará, seguramente, es cuanto intuyo, cosa parecida a la que te acabo de responder yo.
La cuestión no era baladí, sino que tenía su enjundia o miga, porque dos docenas de alumnos del Instituto de Enseñanza Secundaria Obligatoria y Bachillerato “Juan de Mairena”, de Algaso, inexpertos en evolucionar sobre las tablas, dirigidos por él, o sea, un coro o grupo de veinticinco personas, lograban representar en el salón de actos, al final del curso escolar, una obra de teatro. Evidentemente, no eran actores profesionales, pero algunos ya apuntaban diversas y excelentes maneras, y en estos vio lo propio que advirtieron ellos en sí mismos, que acaso su futuro estaba en la escena o entre bambalinas.
Para que la obra fuera una novedad, aún más, una sorpresa en toda la regla, incluso antes de proceder a coronar la selección de las dos docenas citadas, pues, a veces, se veía en la labor incómoda e ingrata de tener que elegir, dada la cantidad de aspirantes a actores amateurs o diletantes, ya les solicitaba encarecidamente que no sacaran, bajo ningún concepto, el texto en el que se basaba la pieza que iban a escenificar sobre las tablas del salón de actos, donde ensayaban, y, para conseguir dicho fin, uno de ellos se encargaba de recogerlos y guardarlos todos, bajo llave, en una caja (que no era fuerte). Comenzados los ensayos, les exhortaba un día sí y otro también, de manera machacona, a que guardaran ese secreto como oro en paño. No podían decir a nadie, ni a su mejor amiga/o, ni novia/o, ni padres, ni hermanos, cuál era la obra que ensayaban y de qué autor.
Más de uno, más de dos y más de tres candidatos a actor, durante varios cursos o temporadas, a lo largo de los más de cuarenta años que llevaba fungiendo fray Ejemplo de director de la obra teatral, admitieron que debían dejar de seguir acudiendo a los ensayos por haberse ido de la mui. Solo en una ocasión, en un año desastroso, el tercero o cuarto, por la evidente falta de compromiso de los novatos o pipiolos, fray Ejemplo se vio en la triste obligación ineludible de mudar la obra, porque el título de la misma y el nombre y primer apellido de su autor ya eran vox populi.
Hace años, le pregunté por qué seguía ejerciendo la labor de director, y si no se cansaba, teniendo en cuenta el problema añadido que debía suponerle su ortopédica pierna protésica. Me contestó que no estaba dispuesto a renunciar a una tarea que le resultaba tan gratificante y satisfactoria, por diversos motivos, y que, cuando se cansaba, se sentaba y santas pascuas. Ese mismo día le pregunté qué era, según su amplia, por diuturna, experiencia, lo mejor de dirigir y me contestó que formar a alguien en la actuación enriquece tanto al discente como al docente, pues ambos se dan cuenta de las carencias del otro. El director, con la paulatina marcha de los ensayos, advierte cómo se transforma el estudiante en actor, mejora su mirada, su dicción, sus gestos, incluso se atreve a improvisar. Y el director unas veces castra y otras no esa creatividad. Lo propio les ocurre a los actores. Estos también comprueban que la metamorfosis es un hecho inconcuso, y que, tras adquirir insospechadas herramientas, notan que estas les han ayudado a perfeccionar el personaje, cuyo papel ahora, tras un número indeterminado de ensayos, creen que pueden clavar, cuando, al principio, ni por el forro sospechaban que llegarían a representar jamás con la soltura que ahora demuestran sobre las tablas.
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
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