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¿Qué le pasó al mozo de campo y plaza?

Ángel Sáez García 10 Jul 2024 - 14:00 CET
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¿QUÉ LE PASÓ AL MOZO DE CAMPO Y PLAZA?

“En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor. Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lantejas los viernes, algún palomino de añadidura los domingos, consumían las tres partes de su hacienda. El resto della concluían sayo de velarte, calzas de velludo para las fiestas, con sus pantuflos de lo mesmo, y los días de entresemana se honraba con su vellorí de lo más fino. Tenía en su casa una ama que pasaba de los cuarenta, y una sobrina que no llegaba a los veinte, y un mozo de campo y plaza, que así ensillaba el rocín como tomaba la podadera (…)”.

Hace muchos años, me aprendí de memoria, porque me petaba (agradaba) un montón, el comienzo de la obra inmortal de Cervantes. Entonces, ante la pregunta recurrente de un doble compañero de facultad y de piso, que me interrogaba, un día sí y otro también, lo mismo al respecto, por qué lo había hecho, no sabía qué contestarle, pues carecía de una razón de peso que aducirle. Durante la carrera, me sirvió para superar con nota un examen de Literatura del Siglo XIX, en cuarto curso de la carrera de Filología Hispánica. Y hoy, verbigracia, para escribir un texto misceláneo, o sea, en prosa y en verso (mentalmente, ya he urdido los catorce versos endecasílabos que compondrán el soneto que lo coronará), sobre qué le pasó al mozo de campo y plaza, que no volvió a salir a relucir nunca más en toda la novela de 1605, incluida la segunda parte, su continuación, de 1615.

Sobre el asunto de marras, solo podemos especular, porque no está Cervantes vivo, y no le podemos preguntar sobre el tema en cuestión o particular, aunque sí lo esté, y muy viva, su imperecedera obra. Incluso, si viviera, podría ocurrir que, tras preguntarle, este nos saliera por peteneras o responder tres cuartos de lo propio que alegó el general Antonio Ros de Olano (al que se le debe el nombre del gorro, esa prenda militar, que salía tantas veces en los crucigramas, ros), amigo íntimo de José Espronceda, al que, tras publicarse su novela “El doctor Lañuela” (1863), obra de carácter esotérico, con ese, no con equis, o sea, enigmático, impenetrable, incomprensible, al ser preguntado por la tesis que quería defender o sostener en ella, contestó, poco más o menos, estas palabras: Cuando la escribí, Dios y yo lo sabíamos; hoy solo lo sabe Dios.

A continuación, aparecerán, bajo el rótulo que los encabeza, los catorce versos que componen el soneto, dando cuenta de una posible explicación:

 

¿QUÉ LE SUCEDIÓ AL MOZO CERVANTINO

QUE SALE EN EL ARRANQUE DE “EL QUIJOTE”?

 

¿Qué le acaeció al mozo cervantino

Que sale en el inicio de “El Quijote”?

Cualquier personaje es un monigote.

¿Don Miguel se olvidó de su destino?

 

Seguramente, le sobró Justino,

Al que pensó llamar “Cabal”, de mote,

Cuando la mina halló; y que no se agote,

Sentenció, es lo crucial; huelga el del tino.

 

Como Alonso Quijano era sesudo

Cuando no imaginaba disparates,

Justino no encajaba en ese nudo;

 

Sancho restaba los mil y un dislates

De su amo. Para ahorrarse el alboroto,

Justino fue lanzado al saco roto.

 

   Ángel Sáez García

   angelsaez.otramotro@gmail.com

Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza. Casado (con la literatura —en traducción libre, literaria, “si la literatura no lo es todo, no vale la pena perder una hora con ella”, Jean-Paul Sartre dixit—, solo con […]

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