EL MAYOR GALARDÓN QUE HAN OTORGADO
Hasta que apareció en mi vida y, tras tratarlo regular y semanalmente, fui conociendo a fray Ejemplo, confieso que yo era un autor nietzscheano. Uso ese adjetivo aquí en el siguiente sentido, que me gustaba volver, una y otra vez, sobre mis urdiduras o “urdiblandas”, como el filósofo alemán otro tanto argumentaba que sucedía sobre la faz de la Tierra con el devenir histórico, que se repetía, de manera circular, cual eterno retorno, como acaece con una espiral o escalera de caracol interminable, llegando a pensar, mutatis mutandis, que todo es manifiestamente mejorable, perfectible. No niego cuanto es una obviedad o perogrullada, que algunos, muchos o incluso una inmensa mayoría de los escritos mejoran con las sucesivas revisiones. Yo, verbigracia, tengo dieciocho versiones de un mismo cuento o relato, y solo eran cuatro las personas que asistieron a cuanto aconteció y esos ocho ojos vieron, pues fueron los de los cuatro testigos presenciales del evento, y desde cuyas personales perspectivas o puntos de vista narré lo ocurrido. Pero tampoco puedo negar cuanto me consta, de manera fehaciente, que una mejora formal del texto puede acarrear o ir acompañada de un empeoramiento conceptual, al dificultar sobremanera su intelección.
He llegado al convencimiento pleno, subjetivo, de que cuanto me razonó Eusebio Arteaga Piérola, en la que hacía el vigésimo lugar de nuestras conversaciones o charlas hebdomadarias, hace la tira de años, era tan atinado que lo tomé al momento por verdad provisional, interina (según la percepción de Karl Raimund Popper), pero con clara vocación de convertirse en incontrovertible, apodíctica: si son varias las vueltas y revueltas que hacemos, la obra original, la prístina muestra o versión de una narración o poema, si no nada, pues acaso sería exagerado opinar así, qué poco tiene que ver con la enésima y final; tanto que cabe aseverar que son dos obras distintas. Fray Ejemplo aquel día de marras, arguyó algo parecido a esto: Prueba a no leer las dos obras seguidas, una detrás de la otra, sino hoy una y la otra dentro de una semana, por ejemplo. Comprobarás lo lógico y normal, que tienen que ver, por supuesto, pero, más que iguales, son complementarias, suplementarias; se completan mutuamente; una a la otra y la otra a la una.
Y ese argumento irrebatible, irrefutable, fue concluyente, definitivo, porque me hizo recordar a un personaje al que el vulgo solía llamar “el pintor raro” de Algaso, y sus amigos denominaban cariñosamente “eterno retorno”, dada su notoria y manifiesta afición y adicción al tal, ya que volvía una y otra vez sobre sus lienzos, más que para mejorarlos, para transformarlos.
Entre sus fieles epígonos y amistades se habían conformado dos grandes grupos o colectivos irreconciliables entre sí, quienes entendían ese proceso creativo suyo, sus metamorfosis, y quienes no. De hecho, llegó a mis oídos una anécdota llamativa, un episodio fidedigno, significativo, que explicaba bien, a las claras, su peculiar y ordinario proceder: un marchante de arte acudió a su estudio, porque alguien le había recomendado encarecidamente hacerlo, que se pasara por allí, si quería sorprenderse, admirarse. Le pidió al artista precio por una tela que le había conmovido, nada más llevársela a los ojos, pero el genio, que aquel día estaba reacio a vender, le soltó una cifra imposible, desorbitada, exagerada, y él, que también era galerista, en lugar de aseverarle, le preguntó si esa mañana había escalado algún ochomil, porque se había subido a la parra. Lo llamó por teléfono al cabo de un mes y medio largo, para decirle que aceptaba comprarle la pieza por el precio que el pintor había puesto. Le preguntó cuándo le venía bien que se pasara por su estudio para llevársela y entregarle el cheque con la cantidad dineraria solicitada, exorbitante. Cuando el marchante regresó a aquel espacio no halló la pintura que tanto le había agradado contemplar la primera vez que la vio. El artista no había vendido ninguna de sus obras desde hacía seis meses, por lo menos, y estaba completamente seguro de que nadie se la había hurtado. ¿Qué había sucedido, entonces? Sencillamente, la tela que le había petado ahora era otra. Así que se llevó una hermana, pero no de la que él se había encaprichado, y, qué cosas tiene el arte, por menos de la mitad del dinero. Casos como el contado, el del marchante/galerista, hubo varios con el mismo protagonista, “el pintor raro” de Algaso.
A mí mi primera esposa, cuando entraba en mi despacho para limpiar y quitar el polvo, solía hacer fotocopias de los poemas que había escrito durante la semana. Habló con un editor de Barcelona, y le fue mandando sonetos, que era lo que el editor quería, y así aparecieron publicados mis primeros cien sonetos. Le tuve que dar las gracias varias veces. La primera vez fue en la intimidad, por haberme falsificado la firma. La segunda vez fue porque la venta de las dos ediciones consecutivas, algo inaudito para una obra de poesía, de los cien sonetos nos permitió irnos de vacaciones a las islas Canarias, en concreto, al Puerto de la Cruz, donde en ese viaje, precisamente, en la calle Cupido, me enamoré de la que (el destino tiene estas extrañas peripecias), hoy es mi segunda esposa, menos interesada que la primera. La tercera vez fue porque, debido a dicho centenar de sonetos, media docena o decena salvables, recibí el mayor premio literario que me han otorgado en mi vida, por el momento.
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
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