DERROCHÓ SU PRESTIGIO EN UN MOMENTO;
SE FUE EN UN SANTIAMÉN POR EL DESAGÜE
En mis sesenta y dos cabales años de existencia han sido pocas las veces en las que me he emborrachado como una cuba. No obstante, gracias a mis amigos y/o deudos (hembras o varones), testigos presenciales, fieles relatores de lo sucedido, tuve los arrestos y redaños (qué vergüenza pasé al día siguiente) de pedir perdón a quienes la víspera había molestado con mis idas y venidas, con mis comentarios, ora absurdos, ora impertinentes (aunque sea proverbial adjudicar al beodo la expresión de la verdad, no cabe descartar que los arriba mencionados no fueran, asimismo, proferidos por este menda), si es que, ora mi pastosa, ora mi trabada lengua, consiguieron hacerlos medio inteligibles, tras escuchar, previamente, con suma atención, cuanto los allegados (ellas y ellos) me refirieron, en lo concerniente o tocante a mi actitud pretérita o comportamiento pesado, porque yo no fui plenamente consciente de ello, ya que solo habían quedado grabadas en mi memoria algunas instantáneas, pinceladas o retazos borrosos, corolarios de la bruma o de la espesa niebla reinante, debidos a mi inconcuso ofuscamiento.
Ahora (aunque doy fe de que estoy sobrio) no recuerdo ni el nombre ni el sexo de a quién le oí formular un argumento irrefutable, pero, al menos, rememoro la razón que adujo quien fuera, que, por lo que a mí me había acontecido, tomando como ejemplo o modelo conductual mi caso, cuadraba o encajaba a la perfección: quien discute con quien lleva sobre sus hombros una melopea de campeonato lo hace con un ausente, porque su cordura o sensatez no la puede controlar ni gobernar quien ha cogido un pedal o pedo extraordinario. A quien ha pillado una turca acaso le venga bien, y aun estupendamente, dormir la mona encima de una cama así llamada, turca.
Así que haré todo lo posible para escarmentar en cabeza ajena, o sea, para no beber más de la cuenta (esto es, de lo que pueda orinar dentro de la taza de un váter, no en la vía pública y menos aún en una cuneta, de camino a casa) el día que acuda a que me hagan una entrevista donde sea, en una biblioteca, televisión, radio o un centro cívico, sobre el libro que haya publicado, si es que algún día edito (o me editan) alguno, claro.
¿Que por qué habré accedido o dicho amén a dicha servidumbre? Porque hoy en día se publican tantos libros (que pretenden hacer más libres a sus lectores) que la única manera de que el título del tuyo empiece a sonar y quede mínima o provisionalmente prendido de los oídos de quienes leen a menudo, casi todos los días, que tal vez lean algún día el que tú has escrito, es publicitándolo, al menos, somera o superficialmente, de un modo que sea, amén de cabal, legal. No me importará que sea un náufrago en medio del océano, siempre que tenga la suerte de ser rescatado con vida y la pueda rehacer, tras llegar sano y salvo a buen puerto. Y es que, hace muchos años, jugando con su etimología latina (la literatura tiene sus momentos lúdicos, de creativo y/o puro juego), classis –is, flota (de barcos), escribí que un clásico es el libro que, una vez lanzado al ancho mar de las pupilas o de las yemas (de los dedos de las manos, en el caso de quienes leen braille, los invidentes) siempre flota.
Que a uno de los mejores articulistas o columnistas españoles de los siglos pasado y presente (acabo de acudir a Wikipedia para confirmar unos datos sobre él y he comprobado qué poco le ayuda a recobrar la dignidad o el predicamento perdido que aparezca en la foto elegida para que obre en dicho “templo” con un vaso, aunque sea de agua, en su mano izquierda; así que he juzgado que lo oportuno era silenciar su nombre, para no maltratarlo aún más, aunque el lector avisado y avispado, independientemente de cuál sea su sexo, colegirá al instante de quién se trata, sin duda) no se le recuerde por algunas de sus muchas y magníficas piezas literarias, que vieron la luz en los mejores diarios de tirada nacional del país, ni por algunos de los varios estupendos libros que dio a la imprenta, sino por acudir a un programa televisivo de entrevistas y, viendo que el programa iba muy avanzado y no se hablaba del último libro que había publicado, motivo por el que él había aceptado la invitación de dicho programa y se desplazó y se presentó en la sede del medio, reclamó sus quince minutos de gloria, como así había aseverado Andy Warhol (a él se le adjudicaba, al menos, la paternidad de la frase, pero el fotógrafo Nat Finkelstein reclamó luego ser el autor de los “quince minutos” de la misma: “En el futuro todo el mundo será famoso durante quince minutos”) que le correspondían a cada individuo y, como la curda o cogorza que llevaba encima era meridiana, pues quedó, ante la opinión pública y publicada, para el arrastre, sin ser necesario usar el descabello.
Está claro, cristalino, que el crédito o buena fama, que cuesta tanto tiempo y esfuerzo conquistar, ganar, obtener, puede irse por el sumidero en apenas un pispás, si la merluza que has pescado no se muerde la lengua.
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
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