¿LA SUERTE? ¡CUÁNTAS VECES FUE CRUCIAL!
De la lucha por la vida, por sobrevivir, por salir airoso de mil y un aprietos o bretes, nadie sale indemne, ni limpio de polvo y paja, ni, a la postre, vivo. Solo logra alargar su existencia quien tiene una estupenda herencia genética, o consigue hacerse con la espada de la esperanza, empuñarla y blandirla, o, como colofón, en definitiva, mucha suerte, que es un factor precipuo o ingrediente principal, que no conviene tomar a la ligera ni descartar, porque, ¡cuántas veces el tal ha sido decisivo!
En esta perra vida no he conocido a nadie que estuviera libre de culpa (para asir y arrojar contra la mujer adúltera una piedra y, junto con las lanzadas por otras personas pecadoras, lapidarla, matarla a pedradas, caso que se narra en el capítulo 8 del evangelio de Juan). Ni siquiera aquellos congéneres o semejantes a los que tanto quise, quiero y querré, porque no lo estuvieron, ni lo están, ni lo estarán. Ni Álvarez, ni fray Ejemplo, ni “los Luises”, ni ese largo etcétera que uso para agrupar o reunir a tantos, ora fueran o se sintieran ellas, ellos o no binarios; ni, por supuesto, servidor, que tanto se ha castigado a sí mismo con razón, aunque algunas veces con más saña de la debida o que al resto (acaso con motivo, por haber incurrido en el nefando pecado de la soberbia, al creerse que era mejor, ya actitudinal, ya intelectualmente, que ellos, los demás).
Todos hemos escuchado decir alguna vez a alguien esa verdad apodíctica de que entre el blanco y el negro hay una inmensa gama de grises (en este caso concreto, no me refiero a los miembros de la policía armada de antaño, llamados de esa guisa, precisamente, porque vestían un atuendo o traje de dicho color, el gris, que se ocupaban de la seguridad, aunque, seguramente, muchos de los así uniformados eran seguros a la hora de repartir porrazos, a diestro y siniestro, en las espaldas y las piernas de los manifestantes, incluso dentro de los recintos universitarios; al abajo firmante, ¡menos mal!, no le tocó sufrir las caricias seguras de ellos, si así se lo habían ordenado sus superiores jerárquicos).
Bueno, pues, el escritor italiano Primo Levi, autor de “Si esto es un hombre”, que subtituló “Entre historia y literatura” usó la expresión “la zona gris” para referirse a los judíos que ostentaron algún cargo menor en el campo de concentración y exterminio de Auschwitz, o colaboraron con los nazis a cambio de algún privilegio o prebenda, la que fuera; por ser la intersección o punto donde se entrecruzaban el bien y el mal, las víctimas y los victimarios, hubieran embutido sus cabezas en un verdugo o no.
Sobrevivir a Auschwitz, donde tantos seres humanos murieron injustamente, bien pudo valer disfrutar de una prórroga vital o segunda existencia, como muchos felizmente hicieron, el propio Levi entre ellos, que dio testimonio veraz de cuando vio, sintió y pensó, mientras permaneció allí encerrado, aunque echó mano de técnicas narrativas, propias de la ficción literaria, para esconder identidades, ocultar nombres y apellidos. Ahora bien, con el lento paso de los años, se dio cuenta de que, para sobrevivir dentro del infierno, de una manera más evidente o menos notoria, todos los que se salvaron se comportaron con alguna mancha o tacha.
A Primo Levi, por ejemplo, le empezó a avergonzar haber sido generoso con Alberto, su amigo del alma en Auschwitz, porque esa muestra dadivosa fue acompañada de otra cicatera hacia otro preso, Daniel, ya que con el colega compartió el agua que caía, gota a gota, de un grifo, pero se negó en redondo a hacer otro tanto con quien no era de su cuerda o cordada, evidenciando que, allí donde la inhumanidad se ejerce a diario, hasta los más humanos se contagian de dicho inicuo proceder y devienen en faltos de empatía, escrúpulos y humanidad.
Aunque te parezca mentira, atento y desocupado lector, ora seas o te sientas ella, él o binario, de estos renglones torcidos, tú, además de tu franja resplandeciente, también tienes tu zona oscura. Basta con hacer el esfuerzo decente de buscarla para hallarla. Date con un canto en los dientes si no la encuentras abarrotada, atestada.
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
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