ATRAPADO EN EL CÍRCULO VICIOSO
CUAL NIETZSCHE EN EL ETERNO, SÍ, RETORNO
“No corro para saber cuánto corro y especular acerca de cuánto más podría correr. No corro para llegar más lejos ni para hacerlo más rápido. Corro, de hecho, para dejarme llevar, para perderme”.
Leila Guerriero, en “La contabilidad”, columna publicada el pasado 9 de noviembre de 2024 en la contraportada de EL PAÍS.
Esta mañana, mientras me hallaba en la biblioteca pública “Yanguas y Miranda”, de Tudela, pasando a ordenador en una de sus computadoras cuanto había escrito ayer, con la inestimable ayuda de un bolígrafo BIC azul sobre dos medias cuartillas gualdas en casa, los renglones torcidos que compondrán, seguramente, en principio, mi próxima urdidura o “urdiblanda”, pues me he visto en la obligación de posponerla para urdir la presente, un usuario de la misma (no diré si era o se sentía ella, él o no binario), tras dejar atrás la puerta de la sala de adultos, se me ha acercado y me ha preguntado si estaba dándole a las teclas del ordenador. Como la respuesta holgaba, sobraba, por obvia, he echado mano del habitual recurso retórico de la ironía y le he contestado que no, que estaba componiendo mi primera sinfonía, pulsando algunas de las 52 teclas blancas y 36 negras, no todas, de mi piano imaginario. Creo, a pies juntillas, que no le ha gustado al metete que este menda haya usado su asiduo humor cáustico, mordaz, que ha gastado con él, y, sin despedirse, se ha dirigido al mostrador, para que lo atendiera Pilar Jiménez, que era la bibliotecaria que había abierto aquella mañana el citado recinto del saber y trabajaba durante aquel turno, para entregar libros prestados y llevarse otros, ha supuesto.
Una vez ha acabado el trámite que lo ha llevado a desplazarse desde su casa, o desde donde fuera, hasta el número 14 de la calle Herrerías, donde tiene su sede la biblioteca municipal susodicha, se ha aproximado y me ha preguntado, en voz baja, cuánto me cuesta trenzar, poco más o menos, uno de mis textos en prosa, y le he contestado esta vez la verdad pura y dura, a fin de no incomodarlo más, con una palabra, “Depende”, el título de una canción del grupo musical liderado por Pau Donés, hasta que este falleció, Jarabe de Palo. O sea, que eso depende de diversos motivos o razones. ¿Cuáles?, ha insistido en continuar preguntándome. Y le he respondido, por abreviar la respuesta, así: Las horas que había dormido del tirón, cuántos besos y abrazos había compartido con mi esposa, antes de salir servidor de casa, y de un amplio abanico abierto de otras causas, que suelo ocultar, de ordinario, tras un luengo etcéteraaaaaa, agregando cinco aes más a la última a. Y el preguntón, inasequible al desaliento, ha vuelto a indagar, esta vez de manera indirecta: No sabía, Ángel, que estuvieras casado. Y le he tenido que añadir que se notaba a la legua que no me leía regularmente, pues, si fuera un lector asiduo de mi bitácora de Periodista Digital, el blog de Otramotro, sabría que, hace más de cinco lustros, me casé con poderes con Literatura, y, desde aquel dichoso día de marras, inolvidable, formamos un matrimonio envidiable, estable, irrompible, a prueba de bombas. Él me ha contradicho, aseverando que uno de ese jaez no lo hay, que él no ha conocido ninguno que lo fuera al cien(to) por cien(to), ni siquiera, ha asegurado, el suyo. Como acaso estuviera en lo cierto, no le he refutado. Esta vez sí se ha despedido, diciéndome hasta la próxima, y yo, con la mirada, primero, en su espalda, y luego, en su perfil o silueta, he visto cómo salía por las dos puertas de la primera planta, la de la sala de adultos y la que da paso a la escalera.
A los veinte minutos, segundo arriba, segundo abajo, de habérselas pirado el primer preguntón, ha cruzado la puerta más cercana a los ordenadores otro, de la misma calaña o especie que el primero, sí, otro pesado, más que yo con mi madre, cuando me la comía a besos, porque Literatura no dejaba de darme calabazas, y ella, Iluminada, me llamaba las mismas palabras, canso y cargante, que solía usar también mi querida tía María (para referirse a otros sujetos, no a servidor), una mujer tan generosa y laboriosa como mi progenitora, y a quienes, mientras viva, aunque ellas estén muertas, por esta razón irrebatible, haberse portado ambas conmigo, en todo momento y lugar, como lo que eran, dos señoras, de pies a cabeza, las seguiré queriendo sobremanera.
No sé si se habían encontrado por el camino, y el primero le había contado al segundo lo ocurrido entre nosotros en la biblioteca, pero este ha vuelto a preguntarme, veinte minutos después, tres cuartos de lo propio, y yo me he visto en la coyuntura o tesitura de responderle otro tanto, como un nuevo Phil Connors, personaje que interpreta Bill Murray en la película “El día de la marmota” (1993), que aquí, en España, se estrenó con el título de “Atrapado en el tiempo”, el 2 de febrero en Punxsutawney.
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
Home