TENER BUENA MEMORIA ES BUENO Y MALO
Está claro, cristalino, que la memoria, junto con la inteligencia y la voluntad, desde in illo tempore, son las tres potencias del alma, fueran lo que fueran las potencias para el primer ser humano que discurrió sobre el asunto de marras, y signifique lo que signifique el acrónimo “alma” para el último que reflexionó sobre ello, adminículo ligero, manejable y activo, verbigracia, sin tener que dar más razones ni desplazarse más lejos.
Velis nolis, sobre el concepto de memoria, no puedo olvidar cuanto antaño se me quedó grabado a fuego en mi mente, se lo escuché proferir varias veces y lo aprendí de mi guía y maestro, fray Ejemplo, que es, según su modo de ver el asunto en cuestión y su metáfora preferida, uno más de los músculos del cuerpo humano; así que, si no lo ejercitas, como lo propio les ocurre a los restantes, se anquilosa o atrofia.
Otro día, jugando con una falsa etimología de dicho vocablo, sostuvo que la memoria (puede reírse el atento y desocupado lector, si está a solas, a mandíbula batiente) es un río, más o menos caudaloso, que, si bebemos regularmente agua de él, nos impide devenir en memos. Si no tuviéramos memoria, nos acaecería otro tanto que les acontece a los enfermos de alzhéimer, que les entontece e incluso no saben ni siquiera quiénes son, pues no tienen conciencia de existir, de ser, hayan sido unos genios o unos zotes. Es la misma enfermedad la que se encarga de igualarlos, pues, de hecho, los tales pueden haber sido unos sabios o unos necios, pero ahora ignoran qué fueron y qué son, personas que no saben que son personas, porque, si algún día supieron qué era la dignidad, hoy no saben lo que es, como lo propio les ocurrió cuando eran bebés.
Tengo para mí que la memoria es una facultad fundamental del ser humano; y, si uno abriga el raro don de tener buena y mala memoria al mismo tiempo, para casos distintos y cosas diversas, por supuesto, acarrea un valioso tesoro consigo. Eso, por ejemplo, me pasa a mí, que tengo una memoria excelente para rememorar cuanto me acaeció antaño o me pasó ayer, y una pésima memoria que me permite olvidar cuanto trencé ayer, porque vuelvo a disponer de un encerado nuevo, o pizarra limpia, o tabula rasa, donde poder escribir de nuevo.
Un día durante uno de los últimos claustros de profesores, el penúltimo, si no marro, antes de jubilarme, me dio por formular el adagio que había escrito, negro sobre blanco (en realidad, azul sobre gualdo), esa misma mañana en mi “joyero”, mi liberta, el que encabeza estos renglones torcidos y sirve para rotular este texto. Y dos de mis jóvenes compañeros, al alimón, que no eran marido y mujer todavía, pero, al acabar ese curso escolar lo fueron, pues matrimoniaron y me invitaron a la ceremonia religiosa de las nupcias y al banquete, me adujeron: ponnos, por favor, un ejemplo. Y, como servidor siempre fue bien mandado, gustosamente, se lo puso a ambos, porque esa píldora intelectual era, precisamente, la consecuencia de un sucedido, este, cuyo relato coloco en el parágrafo que sigue.
Muchas noches, tras despertarme de madrugada, a las dos, las tres o las cuatro (en la variedad está el gusto, dicen, y también, pero olvidan nombrarlo, el disgusto), por tener la vejiga de la orina a punto de estallar o explotar e ir al baño, como el mismo rayo, a vaciarla, al regresar a la cama o a los mullidos brazos de Hipnos o Morfeo, no hallo la manera de encontrar el cabo roto, suelto, del hilo a fin de volver a conciliar el sueño, y entonces me da por seguir la misma estrategia que usaba uno de nuestros colegas, Fermín, que él llamaba su capotillo. Se ponía a pasar lista a los diversos grupos de alumnos a los que había impartido clase a lo largo de su experiencia docente, hasta que se dormía. Yo esta noche no lo he conseguido, porque tengo tan buena memoria que he hecho lo que me recomendó llevar a cabo Fermín (a él, es evidente le servía y era como mano de santo o una panacea), pero a mí me han dado las siete de la mañana y aún estaba en vela, pasando lista al grupo del año pasado, el vigésimo no(ve)no.
Nota bene
Por si algún atento y desocupado lector, ora sea o se sienta ella, él o no binario, no termina de entender mis palabras sobre la falta de memoria, le dejo para su propia reflexión y valoración las palabras finales de la columna “No huyan”, de Íñigo Domínguez, que apareció publicada en la página 8 del suplemento IDEAS de El PAÍS del domingo 17 de noviembre de 2024: “Lo peor para él (Luciano D’Adamo, que fue atropellado en Roma en 2019 y, de resultas de dicho accidente, olvidó los últimos 39 años de su vida) es no saber quién es, la sensación de haber perdido tu (mejor, su, ese es mi criterio, al menos) tiempo, haber vivido sin tener prueba de ello. Salió en la tele y lloraba, porque sin memoria no era nada, y eran imágenes muy conmovedoras, y al verlo, sin poder evitarlo, uno se sentía feliz de su propia pequeña vida, con todos sus ratos buenos y malos, y hasta afrontaba el nuevo día con lo que tenga que ser, sin querer estar en ninguna otra parte”.
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
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