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Es la literatura también juego

Ángel Sáez García 31 Dic 2024 - 06:00 CET
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ES LA LITERATURA TAMBIÉN JUEGO

Hace muchos años (puede que lo que me dispongo a narrar a continuación ya lo haya referido servidor en un texto anterior) reparé en el hecho. Desde entonces, ha viajado conmigo. Sucedió mientras este menda, el abajo firmante, estudiaba primer curso de la carrera de Filología Hispánica en la facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Zaragoza. Entre las escaleras y los pasillos que conducían a las aulas había un espacio que se había aprovechado para colocar unos tableros alargados de madera, como cubiertas a dos aguas, donde uno se podía apoyar y estudiar o hacer un sinfín de menesteres, siempre que no hubiera trasiego de gentes y ruidos, que lo impidieran, claro. En la parte de la mesa inclinada, donde decidí colocarme para coronar la tarea que fuera, un universitario (ella o él) zumbón había transcrito en mitad de ella con bolígrafo azul esta cita del filósofo alemán Friedrich Nietzsche, que se lee en su obra “La gaya ciencia”: “Dios ha muerto. Dios sigue muerto. Y nosotros lo hemos matado”. Debajo había colocado la firma del autor mencionado arriba. Como dice una ley no escrita que todo en esta vida tiende a complementarse o completarse, otro o el mismo guasón, pues la letra era muy parecida, armado con un objeto similar, otro bolígrafo del mismo color, sin duda, había escrito inmediatamente debajo esto: “Nietzsche ha muerto. Nietzsche sigue muerto. Hemos matado a Nietzsche”. Y firmaba dicho texto Dios. Reconozco que hoy estaría de acuerdo con el burlón (hembra o varón) si la de Dios la hubiera escrito echando mano de la letra minúscula.

Quien dedica algunas horas (puede que basten tres al día) de su tiempo, oro puro, a escribir, poco importa que sea en prosa o verso, es un dios, si estamos hablando de un varón, o diosa, si nos referimos a una fémina. ¿Qué diferencia a Dios de dios, además de la de inicial? La condición de ser sobrenatural, de la que dios carece, pero, en el resto, en todo lo demás, participa de los mismos dones divinos, en principio. Puede crear personajes y dotarlos de cuerpo y alma. Pruebe a comparar un espécimen o semejante vivo suyo, como usted, atento y desocupado lector, ora sea o se sienta ella, ora sea o se sienta él, de estos renglones torcidos, con un personaje ficticio, creado por un autor. No es necesario que acuda a los prototípicos, como Segismundo, don Juan, Celestina, Fortunata, Jacinta, Ana Ozores; tengo para mí que no hay nada, salvo la carne y los huesos, o sea, que uno es real y los otros apócrifos, falsos, que los diferencie en sentido estricto. Ahora bien, colocados o puestos en medio de una película o serie televisiva u obra de teatro (tras llevar a cabo una adaptación, por ejemplo), ¿no son personajes tan reales como nosotros mismos?

Si yo decidiera escribir mi propia autobiografía, ¿qué título le cuadraría o encajaría mejor a la misma? ¿La rotularía Ángel Sáez u Otramotro? Dada la condición mendaz de todo autor, ¿no sería más oportuno titularla “Baile de disfraces o máscaras” o “Mascarada” o “Farsa”, o sea, engaño con el que se intenta aparentar o disimular la realidad, haciéndola pasar por fetén, verdadera. ¿Qué hizo el autor que hoy escribe mentiras, patrañas? Leer, leer, leer, vivir la vida que otros autores imaginaron o soñaron antes, hubiera contestado, seguramente, don Miguel de Unamuno y Jugo, si siguiera vivo. Cuando, por fin, consigue comprar o que alguien le regale una chistera, de la susodicha, como hace el ilusionista, extrae hechos que realmente sucedieron y otros que acaso ocurrieron, pero no en la realidad, sino dentro de sueños. Bueno, pues juntó hechos fácticos, comprobables, con eventos oníricos, difícilmente constatables, asumibles.

Como, amén de un montón de cosas más, es la literatura también juego, ¿quién firmará la autobiografía? No creo que Ángel Sáez firmara nada donde apareciera en el rótulo su nombre y primer apellido. Lo propio ocurriría con Otramotro, iterado, en ambos papeles, de biografiado y biógrafo. Seguramente, optaría por uno de sus heterónimos, por el que haya firmado menos textos y puede que fuera femenino, para complicar o enredar un poco más el intrincado ovillo.

¿Qué hace un dios (escritor)? Intenta convertir las personas de carne y hueso que ve en la calle o a las que escucha conversar en el velador de la terraza de un bar en personajes de ficción, ya sea una novela, un cuento, un poema. ¿Qué hace otro dios (director de cine)? Metamorfosear esos personajes de ficción (de la novela, en el caso de una adaptación cinematográfica, verbigracia) en personas de carne y hueso. El autor, ella o él, puede suplir a cualquier actor o personaje, siempre que sus perfiles cuadren o encajen, pues él les ha concedido la habilidad de recibir el hálito de vida, para poder seguir respirando y existiendo. El autor es un adicto a los disfraces, a querer fingir quienes no es. Como sentenció Fernando Pessoa, en una cuarteta inolvidable, que compuse con sus propios versos: “¿El poeta? ¡Un fingidor! / Finge tan completamente, / que hasta finge que es dolor / el dolor que en verdad siente”.

   Ángel Sáez García

   angelsaez.otramotro@gmail.com

Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza. Casado (con la literatura —en traducción libre, literaria, “si la literatura no lo es todo, no vale la pena perder una hora con ella”, Jean-Paul Sartre dixit—, solo con […]

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