Periodistadigital América Home
3 segundos 3 segundos
Coronavirus Coronavirus La segunda dosis La segunda dosis Noticias Blogs Videos Temas Personajes Organismos Lugares Autores hemeroteca Enlaces Medios Más servicios Aviso legal Política de Privacidad Política de cookies
-

Pasé de la lectura a la escritura

Ángel Sáez García 02 Ene 2025 - 14:00 CET
Archivado en:

PASÉ DE LA LECTURA A LA ESCRITURA

Y DE ESTAR LIBRE A ESTAR ENTRE BARROTES

Desconozco si algún día empezaré a escribir una novela. En el supuesto de que eso acaezca, ignoro si llegará la jornada en la que este menda logre ponerle el punto final. Acaso no sea un suceso tan inverosímil (como hoy así me lo parece). Tal vez no sea necesario hacerlo para que el grueso de los lectores, tras pasar sus ojos por tus escritos, Ángel, te consideren un escritor, amén de distinto, excelente. Ahí tienes, sin ir más lejos, a quien reputas uno de tus maestros, el caso de un clásico inobjetable, Jorge Luis Borges, que no escribió una novela (y pongo un montón de objeciones a las dos razones que declaró para no coronar tal reto: que era un incorregible gandul y que carecía de la necesaria confianza en sus posibilidades), pero ningún lector con dos dedos de frente, que no esté aún más ciego de lo que lo estuvo él, se atreverá a restarle mérito creativo y prestigio literario al citado autor argentino.

A escribir he aprendido como todos, usando ese cuarteto de gerundios: con pasión y atención a otros leyendo, pensando y un bolígrafo empuñando, y luego a ordenador eso pasando.

Hace muchos años, tras haber completado otras tareas que consideraba prioritarias, me concedía un rato de asueto, que solía ocupar escribiendo cuentos, a los que daba una y mil vueltas (he exagerado, por supuesto). Los complicaba tanto que, cuando volvía a disponer de un nuevo rato de vacación, a veces, tras releerlos, me costaba Dios y ayuda entenderlos hasta a mí, su autor. Hoy, al menos, tal cosa no me ocurre. Ahora me limito a hacer tres versiones y, cuando releo la tercera (que suele ser, asimismo, su anagrama, la certera), acostumbro a decirme: pues no está tan mal, Ángel, porque esta, verbigracia, me parece bien escrita. ¡Qué va a aducir su autor! Y, entonces, acaso me da por rememorar las palabras cabales que puso Cervantes en boca de don Quijote en el capítulo III de la Segunda parte de su inmortal obra y goce aún más que cuando las leí por primera vez: “—Una de las cosas —dijo a esta sazón don Quijote— que más debe de dar contento a un hombre virtuoso y eminente es verse, viviendo, andar con buen nombre por las lenguas de las gentes, impreso y en estampa. Dije con buen nombre, porque, siendo al contrario, ninguna muerte se le igualara (sin tilde, por favor, que dicha forma verbal no es futuro, sino imperfecto de subjuntivo, según mi prisma; ahora bien, como no soy dogmático, acepto otros)”.

Hace veinte años, yo me imponía la labor de trenzar una décima espinela al día, y no era, al principio, coser y cantar (por la misma razón que se adujo siempre, porque los inicios, todos, sin excepción, resultan complicados). Cuando mi cerebro se hizo un experto en dicho menester, me puse el reto de hacer compatible la urdidura de una décima con la de un soneto. Hoy es raro que escriba una espinela, porque lo que me pide el cuerpo y sale, tras haber acostumbrado a mi cacumen a que me saque de ese arduo y asiduo compromiso creativo, es escribir un soneto y más tarde otro. Para quien ha escrito trescientos, urdir uno más no es tarea difícil, siempre que tenga claro la perspectiva del asunto o tema sobre el que va a versar y versear el mismo.

Veo cristalino que no todo lo que lleva mi firma es excelso. Puede que del total solo un 10 % sea óptimo. No me parece mal porcentaje. No obstante, aunque lo que haya salido de mi BIC azul no sea bueno, a mí me lo pareció otrora, cuando lo trencé y, por eso, lo rubriqué.

Para empezar a escribir solo se necesita tener algo que contar y/o cantar y ponerse a dicha labor, si dispone del teclado de un ordenador o de un bolígrafo y de un folio o unas medias cuartillas gualdas.

El verdadero escritor es un marino avezado. Para empezar a escribir un viaje ficticio o mental, como hace el marinero para hacerse a la mar en un velero, se necesita haber entrenado y fraguado su carácter en otras navegaciones previas, enfrentándose con peligrosas olas y, sobre todo, saber dónde está el puerto de destino.

Entiendo perfectamente a Jane Austen, que, en el capítulo 11 de su “Orgullo y prejuicio”, dejó escrito, negro sobre blanco, esto: “Bien mirado, creo que no hay nada tan divertido como leer. Cualquier otra cosa enseguida te cansa, pero un libro, nunca. Cuando tenga una casa propia seré desgraciadísima si no tengo una gran biblioteca”; pero, tras deslizar, un día sí y otro también, el estilo o la punta de la pluma o del boli sobre el papel y ver su resultado, tanto ella como yo mudamos nuestro inicial parecer o lo enriquecimos con la escritura.

Truman Capote dio de lleno en el blanco o centro de la diana cuando, en el prólogo a su “Música para camaleones”, escribió: “Entonces, un día comencé a escribir, sin saber que me había encadenado de por vida a un noble, pero implacable amo. Cuando Dios le entrega a uno un don, también le da un látigo; y el látigo es únicamente para autoflagelarse”.

   Ángel Sáez García

   angelsaez.otramotro@gmail.com

Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza. Casado (con la literatura —en traducción libre, literaria, “si la literatura no lo es todo, no vale la pena perder una hora con ella”, Jean-Paul Sartre dixit—, solo con […]

Más en El blog de Otramotro

Mobile Version Powered by