LEYENDA, NO UN SUCESO FEHACIENTE
En torno al cuadro “El origen del mundo” (1866), de Gustave Courbet, se cuenta lo que tiene aspecto, cariz, traza o viso de ser más una leyenda que un hecho apodíctico, fehaciente, irrefutable. Pero, como sabe quien haya visto y oído la película (mejor, si la ha vuelto a ver y oír recientemente) “El hombre que mató a Liberty Valance”, dirigida por John Ford en 1962, seguramente, no habrá olvidado ni echado en saco roto cuanto, según el guion de dicha película, que lleva las firmas de James Warner y Willis Goldberg (que se fundamenta en una historia ambientada en el lejano oeste, escrita por Dorothy Marie Johnson), dice “el borracho del pueblo” (mote que le pone Tom Doniphon, John Wayne) Dutton Peabody (Edmond O’Brien), fundador, editor, director y reportero del Shinbone Star (…“y también encargado de barrer el local”), mientras hace trizas las notas que ha tomado el reportero para componer el sólido artículo que ya bulle en su testa: “Esto es el oeste, señor. Y, en el oeste, cuando los hechos se convierten en leyenda, hay que imprimir la leyenda”.
Tras darle Courbet el último retoque al lienzo, recién terminada la obra, acudió, inopinadamente, al estudio del pintor y vio el cuadro, del que se quedó embelesado, prendado, cierto marchante, que le propuso comprárselo en aquel preciso momento a su autor. Este le adujo que no podía ser, porque era un encargo y al día siguiente venía a recogerlo su legítimo dueño.
Pasaron los años, pero el marchante jamás olvidó aquel primer plano de una vulva femenina tan real(ista). Unos días antes de que diera sus últimas boqueadas, hizo con su nieto lo mismo que este, siendo abuelo, haría, muchos años después, lo propio con el suyo, quien en conversación sincera con el susodicho, que heredó de su tatarabuelo y de su abuelo el oficio y la sensibilidad para captar en un santiamén el arte, le habló del cuadro mencionado y le encargó lo mismo que a él le había encargado, a su vez, el suyo, que, si algún día disponía del dinero suficiente para comprarlo, se diese el gustazo de adquirirlo, lo que él no pudo.
Dicen que ese marchante se llamó Ángel, como su nieto y como su tataranieto, y que el mentado en último lugar, aunque no el original, logró regalar una copia de ese cuadro a su esposa, Isabel, a quien él empezó a llamar como su amada literaria, Amanda, cuando esta, por fin, se avino a darle el “sí, quiero”, como eso mismo habían pensado hacer su abuelo y su tatarabuelo, pero las circunstancias entonces no se dieron; ni esa alineación o conjunción astral acaeció ni esa solución se les ocurrió.
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
Home