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La ayuda mutua alienta el desarrollo

Ángel Sáez García 17 Ene 2025 - 06:00 CET
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LA AYUDA MUTUA ALIENTA EL DESARROLLO

Hay que tener sumo cuidado con las confidencias que hacemos a nuestros amigos. Y, si hoy he optado por dejar ese pensamiento escrito en letras de molde, negro sobre blanco, es por esta razón de peso, porque un día cometí la torpeza (que devino bofetada, tortazo) de narrarles el episodio onírico que tuve en un sueño, esto, en concreto, que yo era, a ratos, salado, como una aceituna anchoada, y, a ratos, picante, como una guindilla (“como no pico, al menos, que me pique la lengua” acostumbraba a aducir y todavía suelo referir; está claro que el hombre es un animal de hábitos), y, desde entonces, tengo que soportar, dentro del cohesionado grupo de amigos, esta coña, que me llamen con sutil guasa “Gilda”. Y no solo porque sea un fan irredento de Margarita Carmen Cansino, Rita Haywoorth, y me guste ver, de vez en cuando, o de cuando en vez, la película homónima, protagonizada por ella y Glenn Ford, dirigida por Charles Vidor en 1946, que también.

Bueno, pues, habiendo dado por sentado lo obvio, que cuanto nos rodea también nos atraviesa o ensarta, como la amistad hizo, a modo de palillo o varilla metálica, conmigo, quiero decir, con las aceitunas, anchoas y guindillas que me identificaban, cabe hacer otro tanto con el entorno social, económico y cultural, que, asimismo, tienden a dejar una impresión relevante sobre la salud física y mental de la comunidad y de los ciudadanos que la componemos, y todos somos susceptibles de padecer los rigores de cuanto acaece en dicho contexto.

Los desastres naturales (la pasada dana en Valencia y los actuales incendios forestales en Los Ángeles, California, verbigracia) han tenido consecuencias, pero aún tendrán más coletazos, repercusiones o secuelas (¿llamadas así porque se cuelan hasta por las grietas o ranuras más estrechas?; tal vez). Unos ciudadanos (ellas, ellos y/o no binarios) los superarán antes que otros; algunos no se recuperarán jamás, no levantarán cabeza nunca. Unos han hecho frente a la desgracia sobrevenida con entereza, y otros quedarán a merced de cualquier zarpazo de desaprensivo, opten por llamarlo azar o destino.

Si al malestar climático hodierno (las rachas de viento y la falta de lluvias hacen que el fuego se vuelva más virulento —en realidad, más virurrápido—, que se propague más célere y se quemen más casas y hectáreas de terreno) le añadimos el malestar político de la ciudadanía, por la incompetencia manifiesta de las autoridades, incapaces de poner remedio a la crítica situación, y le sumamos otros malestares, el mal rollo que circula por las redes sociales, la polarización incorregible, con sus barricadas y trincheras, la siembra de cizaña u odio en ambos bandos, la insatisfacción, la ansiedad, el estrés…, ese totum revolutum puede devenir en un cóctel molotov de proporciones colosales, que, si alguien consigue lanzarlo contra una muchedumbre, manifestándose contra tantos malestares como la aquejan, puede provocar una hecatombe, una masacre.

La sociedad española está cada día más dividida en dos mitades, y el dualismo exige duelismo (así llamo al duelo, aflicción, que sigue al duelo, combate), defenderse, a machamartillo y a rajatabla, de los otros. Los (h)unos son los buenos y los (h)otros, los malos, sin preventivas ni recelosas medias tintas.

¿Qué cabe hacer para evitar caer en el precipicio de los errores y de los horrores? Quizá la respuesta esté en hacer caso a los clásicos. Y, así, dice Cervantes, por boca de don Quijote de la Mancha, en el capítulo XXV de la Segunda parte de su inmortal obra, que “el que lee mucho y anda mucho vee mucho y sabe mucho”. Tal vez debamos pasar la vista por los autores y textos que aún no son clásicos, pero acaso lo sean pronto. Por ejemplo, “La ley de la selva”, la tribuna que Irene Vallejo publicó el domingo 12 de enero de 2025 en la página 17 de EL PAÍS. Conviene leer dicha pieza literaria entera, pero, para quien no pueda acceder a ella, acaso le sirvan y sean suficientes estas líneas: “(…) Entre 1862 y 1867, Piotr Kropotkin, con El origen de las especies en su mochila, participó en varias expediciones científicas para investigar las condiciones extremas de la tundra y la taiga siberiana. Concluyó que allí la colaboración es la estrategia vencedora de los grupos más capaces de superar las penalidades. Sin negar la realidad de la competencia, observó que los más aptos no son los más fuertes ni los más individualistas, sino quienes mejor se adaptan al entorno. En su libro El apoyo mutuo. Un factor de evolución, escribe: ‘Las especies animales en las que la lucha entre los individuos ha sido reducida al mínimo y la práctica de la ayuda mutua ha alcanzado el máximo desarrollo son, invariablemente, las más numerosas, florecientes y aptas para el progreso’. Para el investigador anarquista, la solidaridad es también una forma de supervivencia”.

He escuchado y leído muchas veces que el pueblo o la nación que no aprende de los errores cometidos, que no les saca partido y provecho a las lecciones que imparte la historia, está condenado/a a repetirlos. En el escudo de la bandera de Haití se lee “L’ union fait la force” (la unión hace la fuerza). Algún día su ciudadanía asimilará que esa máxima es cierta y empezará a prosperar, dejando tal vez de ser así el país más pobre del continente americano.

   Ángel Sáez García

   angelsaez.otramotro@gmail.com

Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza. Casado (con la literatura —en traducción libre, literaria, “si la literatura no lo es todo, no vale la pena perder una hora con ella”, Jean-Paul Sartre dixit—, solo con […]

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