QUÉ MAYÚSCULO ERROR HUBIERA SIDO
FUNGIR DE SACERDOTE Y SER CERDOTE
Ignoro si el atento y desocupado lector (ora sea o se sienta ella, ora sea o se sienta él, ora sea o se sienta no binario) de estos renglones torcidos ha llegado alguna vez a una conclusión o puerto parecido al que otrora arribó servidor (si fue así, acaso eso le sirva para entenderme mejor y, si no lo hace enteramente, tal vez lo haga en la mayor parte), que es meramente imposible y, por ende, denuedo baldío luchar contra el sino, el destino (lo que para un cristiano no debería, según mi criterio al respecto, estar tan claro como, aparentemente, deja entrever que lo está, pues, si uno no es libre a la hora de hacer, tampoco se le puede achacar al tal de marrar; si uno se ha habituado a mostrarse compasivo, empático, y, por tanto, a dar el sentido y sincero pésame a los familiares y amigos del difunto en los tanatorios, seguramente ha tenido oportunidad de escuchar lo que he oído yo, y que suelen aducir o alegar quienes acuden allí con la mejor intención o voluntad: que Dios nos trazó nuestro itinerario o ruta y no es posible salirse de él/ella, velis nolis). Esta idea presupone otra, que el fatum existe, claro.
El abajo firmante, habiendo superado la mayoridad, decidió que no seguiría el camino o la senda que había previsto, continuar estudios eclesiásticos en la orden religiosa de los Camilos, porque había advertido, cursando el COU en las Teresianas, en el colegio “Enrique de Ossó”, de Zaragoza, que las jóvenes féminas que veía a diario en dicho recinto educativo le gustaban; que, mediada la primavera, se le iban los ojos tras sus carnes, aligeradas de ropa. Así que, a fin de no incurrir en los mismos yerros, de no caer en las tentaciones en las que había caído y recaído, en el supuesto de que hubiera sido ordenado sacerdote, abortó, se apartó o desistió de esa pretensión o proyecto, porque, en dicho caso, evidente e inevitablemente, hubiera tenido que acortar dicho vocablo, sacerdote, y quedarse con el grueso de esa voz, cerdote. Sin embargo, ese empeño de ser útil a los demás (enfermos crónicos o terminales, sobre todo) le empujó a estudiar Medicina, año que invirtió más que perdió, o viceversa.
Si el 15 de junio de 1767, en un acto de rebeldía, el adolescente (de 12 años) Cosimo Piovasco di Rondò, el barón rampante, el imaginado personaje literario que se sacó de la manga o de su chistera ese mago de las Letras que fue su fantasioso autor, Italo Calvino, se negó en redondo, según nos cuenta Biaggio, su hermano menor, a comer los caracoles que habían preparado sus progenitores para el almuerzo, salió por la ventana y se subió a un árbol del jardín, una encina, y entre las ramas y los troncos de los árboles vivió, porque nunca bajó, ni volvió a pisar el suelo, a mí me sucedieron cosas distintas. Me explico a continuación. Decidí dejar la orden de San Camilo de Lelis, del santo de Buquiánico, patrón de los enfermeros, por coherencia, porque constaté que los cuerpos de las féminas, que encajaban a la perfección dentro de los estuches de esos chelos melodiosos, me atraían, como p(a-o)tentes imanes. Y, además, deseaba hacer el amor, de mutuo acuerdo, con unas cuantas congéneres antes de hacerlo de continuo con la que hubiera sido elegida por mí (y, en recíproca selección, ella se hubiera decantado por servidor). Pues, que si quieres arroz, Catalina. Por unas razones o por otras, me he quedado casi casi a dos velas. De hecho, llevo más de dos décadas sin conocer mujer. Así que tomé el cauto atajo de casarme con la más fiel que he hallado, la Literatura. Y, desde entonces, solo hago el amor con ella.
Un día se lo comenté a mi amigo del alma y heterónimo Emilio González, “Metomentodo”, y me dijo: “Sabia decisión. Así te ahorrarás los disgustos o malos ratos o rollos que se llevan quienes son de hacer el amor, no de fornicar, follar, encamarse o copular con quien sea, donde sea, cuando sea y como sea. No tengo nada en contra de quienes, siendo mayores de edad ambos, optan por estos deleitables derroteros, pero los tales no están hechos para mí, y, conociéndote, como te conozco, tampoco para ti; me temo que nos quedan esos mocasines a ambos demasiado grandes. Otro tanto les pasará (colijo) a quienes hayan hecho menos de treinta veces el amor en esta vida, como es nuestro caso”.
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
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