ASÍ INTERPRETO DICHO SUEÑO AHORA
Reconozco que, estando estudiando los tres últimos cursos de la extinta Educación General Básica, EGB, en el seminario menor de Navarrete (La Rioja), una noche, durante el sueño reparador, resolví un problema que nos había planteado la mañana anterior en clase don Juan Antonio, nuestro profesor de matemáticas allí, que también lo fue de física y química. Y dicho hallazgo se lo comenté, nada más empezar a sonar en el dormitorio común los primeros compases de la pieza musical elegida para despertarnos, a mi compañero de litera (si oculto su identidad, si opto por no dar su filiación, lo hago por la sencilla razón de peso de que no puede corroborar o contradecir mis palabras, de que es incapaz de ratificar o rectificar mi testimonio, porque, desgraciadamente, ya no se halla entre los que aún seguimos peregrinando por este valle de lágrimas), que puso en tela de juicio que lo hubiera logrado, pero, como la vida se encarga de darnos sorpresas sin cuento, luego, dentro del aula, metió su dedo en la llaga y creyó, como santo Tomas, porque en el encerado demostré cómo servidor había conseguido solventarlo.
Desde entonces, los problemas, aun siendo difíciles, no me retraen, no me hacen renunciar a resolverlos; al contrario, me animan y motivan más si cabe. La naturaleza (prefiero echar mano de este término al de la alternativa, Dios) nos ha dotado de una inteligencia, o varias, para culminar dicho fin. Usémosla/s.
Mientras el atento y desocupado lector, ora sea o se sienta ella, él o no binario, de estos renglones torcidos, se hallaba descansando en los mullidos brazos de Hipnos o Morfeo, ¿su inconsciente se ha encargado de elaborar un sueño en que él tuviera unas ganas enormes de ir al baño, pero, al entrar en el váter, para evacuar el vientre, se le han quitado los deseos de hacerlo allí, al constatar que, amén de estar la taza rebosante de heces, el espacio anejo carecía de las mínimas circunstancias saludables para coronar dicho menester y no vomitar, y, por ende, busca la manera de salir de ese antro hediondo e infecto, como alma que lleva el diablo, para ir a otro sitio que reúna unas condiciones higiénicas más favorables? ¿No? A mí ese sueño se me repite de manera recurrente.
Bueno, pues, hoy estoy en disposición de poder defender mi tesis de que he acopiado los argumentos de peso o agavillado las herramientas racionales para brindar mi exégesis, a fin de probar la solidez y validez de mi razonamiento posible y, por tanto, plausible, de dicho episodio onírico. Mi explicación, grosso modo, es la siguiente. Yo pensé, al principio, que la razón estribaba en que yo no tenía colon, porque, debido a dos cánceres incipientes, que me fueron extirpados exitosamente, y a que seguía creando pólipos en el intestino grueso que, si no se retiraban a tiempo, durante las pertinentes colonoscopias, podían encancerar, de mancomún con el jefe de coloproctología del Hospital “Virgen del Camino, de Pamplona, acordamos una colectomía total, para evitar males mayores. Y, como sostengo que realidad y sueño tienden a equilibrarse, pues pensé que la falta de colon se compensaba con mis ganas de ir al baño a defecar, cosa que hago, de manera involuntaria, por la correspondiente abertura o estoma, en una bolsa de ileostomía.
Aunque no descarto la posibilidad de estar equivocado (uno sabe que la verdad es provisional, desde que leyó al padre del falsacionismo, el filósofo austríaco-británico Karl Raimund Popper), estoy plenamente persuadido, casi seguro, de que la razón última de que salga del baño, como el mismo rayo, no es que no me apetezca usar la taza de ese servicio, por resultar nauseabundo y estar lleno de mierda, sino que el quid de la cuestión reside en otro motivo. La razón está en el término “escatología”, que tiene dos acepciones en español tan dispares: “Conjunto de creencias y doctrinas referentes a la vida de ultratumba” y “Coprología”, o sea, “estudio de los excrementos con diversos fines científicos”. En el hermanamiento o jumelage y fusión de los dos sentidos de dicha voz descansa la explicación. Recientemente, en el texto que titulé “Realidad y sueño se compensan” contaba la anécdota que nos narró a mi amigo Chus y a mí María, esposa de mi compañero de habitación hospitalaria, de triste recuerdo para ella, porque en el váter de una cafetería en la que habían entrado, ya que su primer marido tenía ganas de ir al baño a defecar, explotó una bomba que un terrorista había colocado, y él perdió la vida. Bueno, pues, yo veo en el baño cochambroso del sueño a la parca, esgrimiendo su amenazador dalle y, por eso, evito permanecer en él. Así interpreto dicho sueño ahora.
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
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