¿ESCOGÍ MI SEUDÓNIMO, OTRAMOTRO?
¿O ESTE (EL PORQUÉ LO IGNORO) SE ME IMPUSO?
Mi maestro preferido, fray Ejemplo, leyó tanto y tan bien al polímata y poliédrico intelectual que fue Miguel de Unamuno y Jugo (por cierto, ¡cuánta enjundia, miga o zumo acarrean en su interior las obras del bilbaíno!, basta leerlas, aunque servidor suele recomendar lo que conviene más, releerlas, para comprobarlo, de forma fehaciente; además, como a los dos, a mi faro o guía y a mí, nos encanta ese poema suyo que inicia este verso endecasílabo, “Leer, leer, leer, vivir la vida”, lo colocaré al final de esta urdidura o “urdiblanda”, pues no habrá mejor colofón o remate para la misma, ni un homenaje más original a don Miguel, “el Búho”) que, a veces, no siempre, solo a veces, tengo la sensación refractaria de que no fui verdaderamente libre, cuando elegí mi seudónimo literario por excelencia o antonomasia, Otramotro, sino que este, por solo Dios conoce las ocultas razones del busilis o intríngulis, se me impuso.
Ignoro cómo se las ingenió, de veras, pero me consta (aunque desconozca, insisto e itero, el porqué) que fray Ejemplo plantó en mi mente, queriendo o sin querer, la semilla de la duda, y por eso tengo por norte, en lugar de la estrella polar, la hesitación. Esta y no otra es la razón por la que le busco, como hace él, la vuelta a todo. Y del agua mineral, que mana de la misma fuente natural que él bebió, me nace idéntica afición a mezclarlo todo, esto, eso y aquello, como corona él y, asimismo, culminó Unamuno.
Leo esto, firmado por el proverbial rector salmantino, en su “Del sentimiento trágico de la vida en los hombres y en los pueblos” (1913), libro que, junto con “La agonía del cristianismo” (1925), al final del papado de Pío XII, se les prohibió leer a los católicos por la Santa Sede: “Hegel hizo célebre su aforismo de que todo lo racional es real y todo lo real racional, pero somos muchos los que, no convencidos por Hegel, seguimos creyendo que lo real, lo realmente real, es irracional; que la razón construye sobre irracionalidades”. Parece que estoy leyendo cuanto acabo de trenzar con mi BIC azul y de mi puño y letra sobre las medias cuartillas gualdas; y que siente el pensamiento y que piensa el sentimiento, como eso osó dejar escrito en letras de molde quien sufrió destierro en la isla canaria de Fuerteventura (y luego en Francia, durante la dictadura de su tocayo, Miguel Primo de Rivera).
Sigo leyendo el título mencionado y me detengo en estas concretas palabras: “Y el que me siga leyendo verá también cómo de este abismo de desesperación puede surgir la esperanza, y cómo puede ser fuente de acción y de labor humana, hondamente humana, y de solidaridad y hasta de progreso, esta posición crítica”. No me cabe la menor duda de que vienen a confirmar mis asertos de los párrafos anteriores, nuestros concordantes pareceres. ¡Cuántas veces habré recordado aquello que solía tener siempre en la punta de su mui o sinhueso mi señera y señora madre, Iluminada!: “Por donde está más oscuro amanece”.
Aunque en otro lugar de la mentada obra habla Unamuno de Dios (“¡Ser, ser siempre, ser sin término, sed de ser, sed de ser más!, ¡hambre de Dios!, ¡sed de amor eternizante y eterno!, ¡ser siempre!, ¡ser Dios!”), a mí esas palabras me sirven para dar cuenta de cuanto hago al escribir, devenir en semidiós, pues todo literato o letraherido, mejor o peor, lo es.
Me temo que, aunque no faltará el atento y desocupado lector (ora sea o se sienta ella, él o no binario) de estos renglones torcidos que establezca una lógica y normal gradación (sol, faro, tea) entre los tres, tanto uno, Unamuno, como los otros dos, fray Ejemplo y el abajo firmante, aspiramos a hollar el mismo ochomil, ser luces que alumbremos y demos calor. Los tres abundamos en el mismo criterio: la mejor manera de peregrinar, mientras dure nuestra romería o existencia en este valle de lágrimas y risas, que es el inmundo mundo, es que nos adentremos en nosotros mismos, nos exploremos y explotemos, indaguemos, investiguemos y devengamos en soles o fuentes de luz, para que irradiemos haces de luz vivificante y transformadora que lleguen hasta el último confín de la faz del planeta azul, la Tierra.
Y, como lo prometido es deuda, ahí va el poema titulado “Leer, leer, leer”, de Unamuno, que tanto nos peta recordar de memoria a los dos y volver a pasar nuestras vistas por él:
Leer, leer, leer, vivir la vida
que otros soñaron.
Leer, leer, leer, el alma olvida
las cosas que pasaron.
Se quedan las que quedan, las ficciones,
las flores de la pluma,
las solas, las humanas creaciones,
el poso de la espuma.
Leer, leer, leer; ¿seré lectura
mañana también yo?
¿Seré mi creador, mi criatura,
seré lo que pasó?
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
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