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¡Cuántas concomitancias son posibles!

Ángel Sáez García 22 Abr 2025 - 14:00 CET
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¡CUÁNTAS CONCOMITANCIAS SON POSIBLES!

HALLA MÁS EL LECTOR QUE ES AVEZADO

En el capítulo XLIII de la Segunda parte de “El Quijote” cervantino, el rotulado así, “De los consejos segundos que dio don Quijote a Sancho Panza”, se leen recomendaciones prudentes, tan sensatas como las que una madre (o padre) actual le daría a su hijo, o una abuela (o abuelo) a su nieto. Verbigracia:

“Come poco y cena más poco; que la salud de todo el cuerpo se fragua en la oficina del estómago.

“Sé templado en el beber, considerando que el vino demasiado ni guarda secreto, ni cumple palabra”.

A mí me gustaría que todos los días me brotaran un montón de ideas a la vez (reconozco que algunas veces eso me ha ocurrido, pero me apetecería que eso me sucediera más a menudo) sobre las que escribir, y que pugnaran entre sí por hacerse un sitio privilegiado en mi cacumen, sin tener que empujarse ni pisar a las restantes, ya que todas tienen el mismo derecho de nacer o surgir sin recibir ningún daño, y que las susodichas pudieran salir lozanas, sanas y salvas, y yo estar alerta, atento, para darles el curso apetecido. Bueno, pues acabo de comprobar, de manera fehaciente, que la idea larvada, original, prístina, de cuanto acabo de escribir acaso se halle donde no pensaba que encontraría su raíz, en este comentario que hace Sancho Panza en dicho capítulo:

“—Eso Dios lo puede remediar —respondió Sancho—; porque sé más refranes que un libro, y viénenseme tantos juntos a la boca cuando hablo, que riñen, por salir, unos con otros; pero la lengua va arrojando los primeros que encuentra, aunque no vengan a pelo; más yo tendré cuenta de aquí adelante de decir los que convengan a la gravedad de mi cargo; que en casa llena, presto se guisa la cena; y quien destaja, no baraja; y a buen salvo está el que repica; y el dar y el tener, seso ha menester.

“—¡Eso sí, Sancho! —dijo don Quijote—. ¡Encaja, ensarta, enhila refranes; que nadie te va a la mano! ¡Castígame mi madre, y yo trómpogelas! Estóite diciendo que excuses refranes, y en un instante has echado aquí una letanía dellos, que así cuadran con lo que vamos tratando como por los cerros de Úbeda. Mira, Sancho, no te digo yo que parece mal un refrán traído a propósito; pero cargar y ensartar refranes a troche moche hace la plática desmayada y baja”.

Si seguimos leyendo los consejos de don Quijote, llegamos al postrero (aunque, en realidad, no lo es, pues luego le alecciona sobre la vestimenta) el siguiente, expresado por el autor alcalaíno así:

“Este último consejo que ahora darte quiero, puesto que no sirva para adorno del cuerpo, quiero que le lleves muy en la memoria, que creo que no te será de menos provecho que los que hasta aquí te he dado; y es que jamás te pongas a disputar de linajes, a lo menos, comparándolos entre sí, pues, por fuerza, en los que se comparan uno ha de ser el mejor, y del que abatieres serás aborrecido, y del que levantares, en ninguna manera premiado”.

El susodicho viene a coincidir con ese refrán español que dice que las comparaciones son odiosas. Ahora bien, quizá habría que alargar el aserto, arguyendo, por ejemplo, esto: sobre todo, para que el que sale perdiendo en el símil, porque para quien sale ganando en la comparación se parece mucho a una bendición.

Bueno, pues esas palabras cervantinas, en concreto, me han hecho recordar (y es que en literatura las concomitancias o paralelismos son tantos como las lecturas que uno ha hecho) otras de su tocayo, el proverbial rector de la Universidad de Salamanca, con las que, mutatis mutandis, hallo ciertas afinidades.

Miguel de Unamuno, al principio del capítulo XXII de su novela “Abel Sánchez” (1917), escribió:

“Y volvió al Casino. Era inútil resistirlo. Cada día se inventaba a sí mismo un pretexto para ir allá. Y el molino de la peña seguía moliendo.

“Allí estaba Federico Cuadrado, implacable, que en cuanto oía que uno elogiaba a otro preguntaba: ‘¿Contra quién va ese elogio?’.

“—Porque a mí —decía con su vocecita fría y cortante— no me la dan con queso; cuando se elogia mucho a uno se tiene presente a otro al que se trata de rebajar con ese elogio, a un rival del elogiado. Eso cuando no se le elogia con mala intención, por ensañarse en él… Nadie elogia con buena intención”.

Otro día disertaré de mi tesis de que “El Quijote” es una acumulación interminable de apariencias o fingimientos, pero aquí, en el XLIII, el capítulo que precede al que me servirá para demostrar mi juicio, advierto un botón de ello en estas palabras que profiere Sancho:

“—Bien sé firmar mi nombre —respondió Sancho—; que cuando fui prioste en mi lugar, aprendí a hacer unas letras como de marca de fardo, que decían que decía mi nombre; cuanto más que fingiré que tengo tullida la mano derecha, y haré que firme otro por mí; que para todo hay remedio, si no es para la muerte (…)”.

Nota bene

   No me resisto a dejar constancia en esta nota bene que he dudado en cómo rotular y subtitular este texto. Si hubiera seguido mi primera intención, lo hubiera rotulado así: “Mientras se duerme, todos son iguales (frase que profiere Sancho al final de dicho capítulo), y subtitulado de esta guisa: La muerte no distingue entre los hombres.

   Ángel Sáez García

   angelsaez.otramotro@gmail.com

Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza. Casado (con la literatura —en traducción libre, literaria, “si la literatura no lo es todo, no vale la pena perder una hora con ella”, Jean-Paul Sartre dixit—, solo con […]

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