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Un arcano, encerrado en un enigma,…

Ángel Sáez García 29 May 2025 - 14:00 CET
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UN ARCANO, ENCERRADO EN UN ENIGMA,

METIDO EN UN MISTERIO, ES LA EXISTENCIA

Dedico este texto en prosa a Luis Lucas, corresponsable de la biblioteca pública “Yanguas y Miranda”, de Tudela, porque el próximo martes 4 de junio de 2025 se jubila; como muestra de agradecimiento por su buena disposición de ánimo y labor y el excelente trato recibido por él.

Hace diecinueve años, por estas mismas fechas, el papa Benedicto XVI que, durante su adolescencia, estuvo enrolado en la Juventudes Hitlerianas y, durante la Segunda Guerra Mundial, logró desertar como soldado del Ejército alemán, visitó el antiguo campo de concentración y exterminio nazi de Auschwitz-Birkenau, en la última jornada de su viaje a Polonia. A su llegada, el pontífice se detuvo para rezar ante el “muro de la muerte”, uno de los paredones donde, durante la Segunda Guerra Mundial, los nazis fusilaron a miles de personas.

El santo padre traspasó la desdichadamente célebre puerta con la consigna alemana “Arbeit Macht Frei” (“El trabajo te hace libre”) para acceder al complejo que sirvió para la “Solución Final” de Adolf Hitler, exterminar a los judíos de Europa, donde más de un millón de personas, la inmensa mayoría hebreos, murieron en el interior de las cámaras de gas de sus instalaciones.

En dicho lugar “de horror” (y “de ciclópeo o colosal error”), contradiciendo con sus palabras el discurso en italiano que esas voces acarreaban, el papa Ratzinger dijo: “que las palabras fracasan”. Y agregó: “Al final, puede haber un silencio de temor, un silencio que es en sí mismo un grito hacia Dios: ¿Por qué, Señor, permaneciste callado? ¿Cómo pudiste tolerar todo esto?”. Luego añadió: “Nuestro silencio se convierte, en cambio, en una petición de perdón y de reconciliación, una solicitud para que Dios no permita que esto vuelva a ocurrir”.

Supongo que el papa, ni en el momento en el que escribió ese discurso, ni cuando lo leyó, entendía los designios divinos, que cursaron, por dejación de las funciones que los hombres creyentes en él le habían otorgado en exclusividad, con lo que en Auschwitz aconteció, el holocausto.

Ahora, casi dos décadas después de esa visita y más de ocho del holocausto, tras los más de cincuenta mil muertos en Gaza, entiendo que haya congéneres míos que vean en lo que acaece, un día sí y otro también, en la franja palestina la venganza israelí, el desquite, otro genocidio en toda la regla.

Los creyentes (entre los que me conté otrora) tienden a conceder a Dios dos atributos o virtudes excepcionales, singulares: la omnipotencia y la omnisciencia. Está claro, cristalino, que, en el supuesto de que exista (mi intuición o sexto sentido me recomienda que no crea; y, como Jonas Edward Salk sentenció que “la intuición le dirá a la mente pensante dónde buscar lo siguiente”, pues he decidido hacerle caso y, por ende, no creer) ninguno/a tiene dicho Dios, porque podría evitar (debido a que todo lo sabe y todo lo puede) todas las catástrofes que ocurren en el mundo. Como las desgracias siguen acaeciendo, eso demuestra bien, a las claras, que ni es omnipotente ni omnisciente. Si lo es, de nada sirve que los/as tenga, porque poseerlos/as no tiene ninguna consecuencia, al carecer de recorrido.

Hay quien ve en Dios a un abuelo antropomorfo, barbudo y canoso. Es lógico hacerlo de ese modo, si ha leído la biblia, el libro sagrado, en concreto, el Pentateuco. En el Génesis, se lee que Dios creó al hombre a su imagen y semejanza. Y yo me pregunto: ¿Nadie lee el texto como si fuera literatura, que es, sobre todo, mentira?  Me consta que, en el ámbito o territorio de las ficciones, una sola gota de tinta mendaz tiene capacidad bastante para convertir en embeleco todo, al lograr entintar todo el texto. He probado a hacerlo con el cristal de una ventana, como decía que debía ser la literatura para George Orwell; una gota de tinta azul sobre dicho cristal lo vuelve todo azulado, si empieza a llover sobre él un sirimiri, calabobos u orvallo.

Que cada quien crea lo que estime conveniente, si eso le es útil o sirve para ser una buena persona, pero la existencia es un misterio, encerrado en un enigma, metido en un arcano. O, como aparece en el rótulo de esta urdidura o “urdiblanda”, al revés. Si alguien encuentra una explicación a lo inexplicable en ciertos relatos, que siga leyéndolos, pero, por favor, que no intente convencerme de que yo me crea, como hace él, sea o se sienta ella, él o no binario, ese puñado de patrañas.

Estoy convencido, como eso mismo afirmó Jean-Paul Sartre en “El ser y la nada”, que “el hombre es una pasión inútil”. Y vivir, salvo que le encuentres un sentido, es un absurdo. Y entiendo la conclusión a la que llegó Severo Ochoa, premio Nobel de Medicina en 1959 (que compartió con el estadounidense Arthur Kornberg, nacionalidad que había adquirido el luarqués tres años antes): “Me he dedicado a investigar la vida y no sé por qué ni para qué existe”. Acaso venga de perlas reconocer que es poco lo que se sabe y mucho lo que se ignora. “Saber que se sabe lo que se sabe y que no se sabe lo que no se sabe, he aquí el verdadero saber”, dijo acertadamente Confucio. Si lo dijo él.

   Ángel Sáez García

   angelsaez.otramotro@gmail.com

Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza. Casado (con la literatura —en traducción libre, literaria, “si la literatura no lo es todo, no vale la pena perder una hora con ella”, Jean-Paul Sartre dixit—, solo con […]

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