CAMINO JUNTO A TI, PUES SOY TU AMIGO
Basta con que un sujeto, verbigracia, usted, atento y desocupado lector (ora sea o se sienta ella, ora sea o se sienta él, ora sea o se sienta no binario) de estos renglones torcidos, haga el esfuerzo honesto e intelectual de indagar en las actitudes o comportamientos que tuvo a lo largo de su vida para encontrar un proceder suyo que le resulte difícil de entender y explicar. Y basta con que lo estudie a conciencia (se percate de todas las caras del poliedro, de todas sus aristas y de todos sus vértices) para que llegue a la conclusión de que, si este fue traumático en cierto sentido, si supuso un choque emocional, este marcó su personalidad y dejó una impresión fuerte y diuturna, una impronta o huella indeleble, en su subconsciente. Ese shock, por lo que he podido constatar por mi propia experiencia, cuenta y cosecha, a veces, cursa como su opuesto, un suceso feliz, dichoso, dentro de mi currículum.
Y como uno, servidor, no puede dejar de ser quien es, un animal de costumbres, una vez más, volverá por donde solía, por sus fueros, esto es, a echar mano de sus rutinarios argumentos; y, por ende, como en el convento sigue sin haber mejor maestro que fray Ejemplo, optaré por poner uno que sea clarificador.
Recuerdo el episodio como si hubiera ocurrido hace cinco minutos. Me hallo en la tudelana Plaza de los Fueros o Nueva, cerca de los soportales, un día de las fiestas patronales, en honor de Santa Ana, “la Abuela”; y distingo, claramente, a diez metros, al religioso camilo Pedro María Piérola García (no vestía el hábito de San Camilo, con la cruz roja en el pecho, como cuando lo vi por primera vez —me lo eché a los ojos, ataviado de esa guisa, en la cocina de mi casa—, in illo tempore), sino vestido de calle, pero con el alzacuello/s (que debería llamarse y escribirse, más a propósito, “realzacuello”, porque eso es lo que hace esa cinta blanca, o tira de tela endurecida o de plástico rígido, realzarlo).
Mi actitud lógica, mi comportamiento normal, razonable, hubiera sido acercarme, saludarle, presentarme, por si no me hubiera reconocido, pedirle permiso para darle un abrazo amigable, fraternal, e invitarle a comer en mi casa. Bueno, pues, de manera sorprendente e incomprensible (puede que la vida nos dé sorpresas, pero aquí fui yo quien le sorprendió a ella, y de manera negativa, por supuesto), a mí me dio por pasar olímpicamente de él y seguir el camino que llevaba hasta arribar a mi choza. Mientras subía los primeros tramos en cuesta de la calle de don Miguel Eza, tuve pujos de volver sobre mis pasos y proceder como hubiera debido, pues Piérola se lo había ganado a pulso. Yo creo, de veras, que él me vio y reconoció. ¡Qué pensaría de mí! ¡Otro desagradecido! ¡Uno más en el redil! Como era un buenazo, una de las mejores personas que he conocido en esta vida, acaso juzgó que no le había visto, levantándome el castigo ipso facto.
Tuve que escribir el relato fidedigno del hecho sucio que protagonicé, reprensible, sin duda, nada edificante, para poder seguir adelante, esto es, mirarme por las mañanas ante el espejo del baño y no sentir unas ganas enormes, irrefrenables, de escupirme en la cara (sensu stricto, al espejo).
Lo que acaeció aconteció, ocurrió, y no puede deshacerse. Puede que haya enriquecido el suceso de marras con detalles que no son exactos del todo, pero me ayudan a transitar por ese proceder indigno y doloroso de mi pasado, pesado, que nunca terminaba de corregirlo, de enmendarlo del todo. Hasta esta pretérita noche. En un sueño, se me han aparecido Dios y Piérola (acaso Uno fuera el reflejo del otro, o viceversa); y, sin que dijeran nada, he estado paseando con ellos por el cielo (¿no se parecía mucho a la chopera de antaño de Navarrete?, hoy extinta), con la sensación refractaria de haber sido, al fin, perdonado. Y he vuelto a recordar unas líneas imborrables de Albert Camus: “No camines delante de mí, puede que no te siga. No camines detrás de mí, puede que no te guíe. Camina junto a mí y sé mi amigo”.
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
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