Periodistadigital América Home
3 segundos 3 segundos
Coronavirus Coronavirus La segunda dosis La segunda dosis Noticias Blogs Videos Temas Personajes Organismos Lugares Autores hemeroteca Enlaces Medios Más servicios Aviso legal Política de Privacidad Política de cookies
-

Un homenaje a «La Regenta», de Alas

Ángel Sáez García 10 Jul 2025 - 14:00 CET
Archivado en:

UN HOMENAJE A “LA REGENTA”, DE ALAS,

ES LA DISTÓPICA NOVELA DE ORWELL,

SI COMPARAMOS LOS INICIOS DE AMBAS

Reconozco que, cuando sobre mi mesa de trabajo hay un folio en blanco y empuño un bolígrafo azul con los dedos pulgar, índice y corazón de mi diestra, unas veces, lo hago con el propósito de ser totalmente fiel a cuando recuerdo de lo que he vivido; y, otras, de embelecar, sin reparo ni miramiento, o sea, de lleno, en el texto que me dispongo a trenzar, una vez he logrado cazar al vuelo o pescado sin anzuelo una Costanza, que así, de esa guisa, acostumbro a llamar a la idea atrapada, desde que releí, a conciencia, una de las novelas ejemplares de Cervantes, “La ilustre fregona”.

Admito que a mí me pasa, si no lo idéntico, el calco o la copia de un original, tres cuartos de lo propio que a otros congéneres, que no soy supersticioso por la sencilla y lacónica razón de peso de que serlo (lo he comprobado en numerosas ocasiones) da mala suerte. Así que, sabedor de que George Orwell, seudónimo literario del escritor británico Eric Arthur Blair, se desplazó a España, en concreto, a Barcelona, a Cataluña, para defender al Gobierno legítimo de la República, durante la Guerra (in)Civil española, tras el golpe militar del 18 de julio de 1936, la primera vez que me llevé a los ojos la novela “1984”, después de leer su frase inicial, en la traducción que realizó Rafael Vázquez Zamora en 1970 para Salvat Editores (“Era un día luminoso y frío de abril y los relojes daban las trece”), ese número trece, expresado en letras, que la corona, me dio mala espina, que fue corregida o enmendada rápidamente por el homenaje que advertí nada más leer sus primeros parágrafos.

En la novela del visionario (el instrumento que llama “telepantalla” puede identificarse con un móvil inteligente, un smartphone) leemos: “Calle abajo se formaban pequeños torbellinos de viento y polvo; los papeles rotos subían en espirales y, aunque el sol lucía y el cielo estaba intensamente azul, nada parecía tener color a no ser los carteles pegados por todas partes”. Cito a continuación las palabras que juntó Leopoldo Alas, “Clarín, en el párrafo inicial de su inmortal narración para constatar las evidentes concomitancias que cabe hallar entre los comienzos de ambas novelas: “(…) En las calles no había más ruido que el rumor estridente de los remolinos de polvo, trapos, pajas y papeles que iban de arroyo en arroyo, de acera en acera, de esquina en esquina revolando y persiguiéndose, como mariposas que se buscan y huyen y que el aire envuelve en sus pliegues invisibles. Cual turbas de pilluelos, aquellas migajas de la basura, aquellas sobras de todo se juntaban en un montón, parábanse como dormidas un momento y brincaban de nuevo sobresaltadas, dispersándose, trepando unas por las paredes hasta los cristales temblorosos de los faroles, otras hasta los carteles de papel mal pegado a las esquinas, y había pluma que llegaba a un tercer piso, y arenilla que se incrustaba para días, o para años, en la vidriera de un escaparate, agarrada a un plomo”.

El arranque del segundo parágrafo de la novela de Orwell dice así: “El vestíbulo olía a legumbres cocidas y a esteras viejas”. El comienzo del segundo párrafo de la de Alas de este modo similar: “Vetusta, la muy noble y leal ciudad, corte en lejano siglo, hacía la digestión del cocido y de la olla podrida…”.

Nota bene

No me extrañaría nada (de nada) que en sus pocos momentos de ocio, Orwell se percatara de cuanto sucedía a su alrededor (bueno y malo, ética y estéticamente hablando), por ejemplo, de que alguien del POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista, fundado en 1935 por Andrés Nin y Joaquín Maurín) aprovechara sus ratos libres para evadirse del conflicto armado, leyendo las páginas de “La Regenta”, de Clarín; y, cuando la acabó de leer, se la regaló a George Orwell, que le había preguntado varias veces si tan interesante era cuanto leía, porque se le veía concentrado en dicho menester, para que pasara sus ojos por sus páginas y les extrajera, como había hecho él, el máximo partido o provecho y jugo.

   Ángel Sáez García

   angelsaez.otramotro@gmail.com

Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza. Casado (con la literatura —en traducción libre, literaria, “si la literatura no lo es todo, no vale la pena perder una hora con ella”, Jean-Paul Sartre dixit—, solo con […]

Más en El blog de Otramotro

Mobile Version Powered by