TABLAS PARA SALVARME DEL NAUFRAGIO
Soy adicto a las tres potencias del alma, según el aserto que se adjudica, desde in illo tempore, a San Agustín, obispo de Hipona (antaño tuve un compañero de facultad y piso tan guasón como yo —pero no faltó ni falta quien afirmó y asevera que incluso fue y aún sigue siendo más zumbón que este menda—, que solía aducir que, si tienes hipo y te encomiendas a él, a San Agustín, como protector, eso es mano de santo, pues el hipo se te quita en un pispás, quedando en nada, desapareciendo en un santiamén; en definitiva, que te quedas a gusto; bueno, él decía “a gustín, qué gustirrinín”), a ese trío prodigioso que conforman la inteligencia, la memoria y la voluntad. Bueno, en sentido estricto, a los congéneres o semejantes (ellas, ellos y no binarios) que han dado muestras de sobra de que, tras escudriñarlas a conciencia, han encontrado sus enterrados o escondidos tesoros respectivos y han extraído el jugo o el provecho adecuado a cada una de ellas, los pertinentes. Y han llevado a cabo o buen puerto eso con una, dos o las tres facultades o habilidades, por separado y/o conjuntamente.
Los gozos inteligentes, memorables y voluntariosos, a veces, son indescriptibles, difíciles de detallar o representar con palabras, inefables. Si, además, son diuturnos, tienen la voluntad de rayar con la repanocha, el sumun, el colmo de los colmos.
Hay quien a esas trébedes o trípode no le importa serrar un trozo o porción de una pata (suele hacerlo con la memoria, la más fácil de desdorar, deshonrar o menospreciar), sin reparar en lo obvio, que entonces el utensilio ya no asienta bien en el firme, suelo o terreno, pues cojea y, por ende, hay que calzarlo (mi colega solía decir “encuñarlo”) para que se afiance de nuevo, al menos, momentáneamente, y, así las cosas, poder lograr salir airoso del fin buscado.
Yo tengo tres canes fieles, fidelísimos, tanto como lo es Dante, el perro de mi amigo Luis de Pablo. No sé si le puso al guardián de su casa ese nombre por el del autor de “La (Divina) Comedia”, Alighieri, pero sí sé que yo les puse esos tres nombres a los míos por las tres potencias mencionadas arriba.
Fui tentado por el demonio (llamado así, según el compañero aludido en el primer parágrafo de este texto, pero no nombrado —no desea que su nombre aparezca aquí y he respetado escrupulosamente dicho criterio, tras preguntarle sobre el particular— arriba, porque solía recoger su luenga cabellera rubia en un moño gracioso; se trataba, por tanto, de un súcubo) a cambiar Memoria por Alzhéimer, pero vencí ese diabólico estímulo sin llegar a lo asiduo, caer en ella, como recomendaba hacer el escritor irlandés Oscar Wilde (“La única manera de librarse de la tentación es ceder ante ella. Si se resiste, el alma enferma, anhelando lo que ella misma se ha prohibido, deseando lo que sus leyes monstruosas han hecho monstruoso e ilegal. Se ha dicho que los grandes acontecimientos del mundo suceden en el cerebro. Es también en el cerebro, y solo en el cerebro, donde se cometen los grandes pecados” dejó escrito en el inicio de su única novela, “El retrato de Dorian Gray”). Más tarde, lo propio acaeció, asimismo, con la nueva opción, Ernesto, que concluyó con idéntico resultado.
En unas ocasiones tiendo a creer que Inteligencia (o Entendimiento), Memoria y Voluntad son como las ilusiones o sueños que acarreo, desde ni se sabe cuánto tiempo, que aún no las/os he cumplido o coronado, y siguen inalterables, inmarchitables, lozanos; y en otras conjeturo que envejecen como lo hago yo.
Ya no veo ni tengo tan claro lo que consideraba hasta ayer una certeza incontrovertible, apodíctica, que eran tres tablas a las que podía agarrarme y salvarme de morir, tras sufrir la embarcación o nao que semeja mi cuerpo el enésimo naufragio, fracaso o fiasco. Y es que, con el lento y paulatino paso del tiempo, uno ha incrementado sus dudas sobre aspectos que antes advertía cristalinos, diáfanos, deviniendo en un escéptico redomado.
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
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