¡CUÁNTO GOCÉ LAS HORAS DE LOS JUEVES!
(EN UN TALLER DE MENTES SOÑADORAS)
Todavía hoy me pregunto, habiendo transcurrido la friolera de treinta y tantos años, cómo, dada mi arraigada y proverbial timidez, pude decir que sí a la propuesta, que antaño me hizo quien había sido una aventajada alumna mía de latín (y entonces ella también era ya docente), de impartir un taller de creación literaria.
Esta noche, cuando servidor ha conseguido conciliar el sueño, dadas las escasas condiciones propicias para lograr dicho propósito, por el calor sofocante que reinaba en el ambiente, pues no corría ni siquiera un ápice o pizca del cierzo que había soplado, diurno y nocturno, durante los días pasados, y se hallaba descansando en los mullidos brazos de Hipnos o Morfeo, y dormía a pierna suelta, mi inconsciente que, como el de cada quien o hijo de vecino, va por libre, a su bola, sin atender a impedimento, obstáculo u óbice alguno, me ha suministrado un episodio onírico que no ha resultado tan absurdo como acostumbra a ser el grueso de los tales, ya que era, básicamente, un epítome o resumen del susodicho taller.
En el sueño, he rememorado varias imágenes fieles del primer día de clase. A fin de conocer cuál era el nivel medio del grupo, compuesto por personas mayores de edad, entre los treinta y cincuenta años, aunque había dos féminas con más de las primaveras expresadas, les entregué un cuestionario (seguramente, más largo de lo debido) para que lo respondieran, única manera de que me constaran, grosso modo, cuáles eran sus inquietudes, ilusiones o expectativas.
El nivel del colectivo de quince, salvo tres o cuatro excepciones, era bajo, bajísimo. Para poder escribir con cierta soltura, como regla general, una persona, previamente, ha tenido que leer bastante. La noche de marras, tras cenar, leyendo sus respuestas, se me cayó el alma a los pies, porque ¿a qué aspiraban? ¿A que lo que les enseñara les ayudara y facultara para trenzar una novela de prestigio al finalizar el curso? ¡Qué ilusos/as!
En la segunda clase, comenté sus respuestas brevemente y les propuse que conocieran varias técnicas narrativas por si les servían para aquello que quisieran hacer. Les animé a que estudiaran por su propia cuenta y riesgo, porque el autodidactismo siempre, les aduje, estuvo de moda y estará en boga, y que no es necesario pasar por las aulas de una facultad de Letras para escribir bella y correctamente. Y, asimismo, que conviene leer a todos los autores posibles para, de esa guisa, poder distinguir a los óptimos de los menos buenos. De los malos también se puede aprender; y que no hay un solo libro que sea tan pésimo que no aproveche en la página más inesperada, como eso dejó escrito Plinio el Joven en su “Epístola a Baebio Macro”, recordando lo que acostumbraba a aseverar su tío Plinio el Viejo así: “dicere etiam solebat nullum librum esse tam malum ut non aliqua parte prodesset”, o sea, incluso solía decir que no hay libro tan malo que no aproveche en alguna parte. A quien no había escrito nada (había dejado el cuestionario en su blanco impoluto, sin firmar), le agradecí que no lo hubiera garabateado.
Intenté persuadirles de que lo importante, sensu stricto, no era acudir al taller, sino que socializaran entre sí, que pudieran comentar con los otros asistentes sobre sus intenciones literarias, sus ideas, sus esperanzas. Eso lo asimilaron muy bien, sobre todo, Pilar y Teresa, que terminaron el curso habiendo sacado el máximo partido o provecho a cada sesión.
Recuerdo que, a fin de que este menda tuviera constancia de la firmeza y fortaleza intelectual de cada uno de ellas/os, gozaba poniéndoles objeciones o refutaciones a sus planteamientos. Constaté que tenían excesivo miedo a la autoridad, a mí. Les ponía en aprietos o bretes y les exigía que fueran tan críticas/os conmigo como con ellas/os, para que todos pudiéramos mejorar, optimizarnos, pero preferían callar a seguir debatiendo conmigo. Generalmente, de todo coloquio de ideas acostumbra a salir airosa, victoriosa, la verdad, que suele ser contemplada como una tarta o pastel del que todos participamos o tenemos una porción o parte alícuota.
Rememoro la última sesión; a la que solo acudieron las dos mencionadas féminas, Pilar y Teresa. Debían ponerme nota. Y la responsable me comunicó el fallo. Me habían calificado con sendos notables, un 7 y un 8, respectivamente.
Ese día no me preguntaron qué nota les hubiera puesto yo a ellas y a mí. Les hubiera calificado a ambas con sendos 9 y me hubiera puesto un 6. Y que nadie piense mal, porque no hubo, salvo en la mente calenturienta de algún depravado o salido, ni un 96 ni un 69.
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
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