UNA OPORTUNIDAD PINTIPARADA
Si hago memoria fiel de los asertos que aprendí antaño, porque, una de dos, o los leí o se los escuché proferir sobre la experiencia a quienes me enseñaron un montón de casos y cosas otrora, o culmino un mero ejercicio de ciencia ficción y les pudiera preguntar directamente a ellos (porque la mayoría de los tales están criando malvas), unos se decantarían por esta opción como respuesta (con leves variantes): “la experiencia es madre y maestra de la ciencia y la conciencia”, y otros por esta otra: “la experiencia es un grado o licenciatura, y hasta un doctorado”. Pocos o ninguno repetiría lo que adujo el escritor irlandés George Bernard Shaw (uno de los dos creadores, junto con el cantante y poeta Bob Dylan, en ganar los prestigiosos premios Nobel y Oscar), que “aprendemos de la experiencia que los hombres nunca aprenden nada de la experiencia”.
De mis recientes y cortas (cuatro jornadas) pero intensas vacaciones por Cantabria (en las que conseguimos pisar, si no con las suelas de nuestro calzado, sí con las ruedas del coche de Luis, terreno vizcaíno, vasco), que disfruté en la grata compañía de mi mentado amigo del alma, cuyo primer apellido es De Pablo, más culturales o educativas que playeras (aunque Luis tuvo la oportunidad de zambullirse y nadar entre las olas del mar de la playa casi —por su difícil acceso— virgen —que he visto en una foto atestada de público— de San Julián, en Liendo, nuestro segundo día, por la mañana —bajar y subir el camino que nos condujo a la fina arena de la susodicha costa fue toda una experiencia para recordar y contar, como, grosso modo, aprovecho la ocasión para rememorar y narrar aquí, donde pudimos comprobar, de manera fehaciente, que todo lo que se prohibía y habíamos leído en un cartel se contravenía sin que los infractores, ellas, ellos o no binarios, apenas mostraran el mínimo temor a ser sancionados—), no puedo olvidarme de una historia de cuernos.
Después de echarle un vistazo rápido a la cueva del Valle (una de las cavidades más largas del orbe, con plurales galerías y más de sesenta kilómetros, explorados por expertos espeleólogos), en Rasines, y constatar la altura, propia de una mole, del mamut de pega, que cabe contemplar a escasos cincuenta metros de su entrada, de cinco toneladas de peso, al que le tocamos sus colmillos y no dijo ni mu, decidimos llevar a cabo el recorrido o la marcha verde, la más corta (de las tres propuestas), de cuatro kilómetros, que alguien había calculado que podía hacerse en una hora, pero a nosotros nos costó el doble, dos (estaba dispuesto a escribir y colocar ese texto con mi objeción en dicha señal, a fin de avisar a otros posibles incautos, pero comenzó a diluviar y esta circunstancia inopinada me obligó a descartar dicho propósito). Como yo no estoy acostumbrado a fungir de cabra (aunque reconozco que, a veces, solo a veces, esté como una tal, orate perdido), sino a caminar por piso llano o levemente en cuesta, para mí resultó un potro de tortura subir y subir y subir (y, durante dos tercios del tramo de descenso, asimismo, bajar) por una senda estrecha, con tramos peñascosos (yo calzaba unos zapatos que había estrenado el día que contrajeron nupcias mis sobrinos Rocío y “Chema”, el 17 de mayo del presente año, en la catedral de Santa María la Mayor, de Tudela; era la segunda vez que me los ponía —¡menos mal que tenían la suela rugosa; ahora más desgastada, claro!—).
Iba detrás de Luis, por si salía una alimaña; para que, si tenía hambre, empezara a dar zarpazos por mi amigo del alma; a ver si así yo me libraba de sus fauces y podía salir airoso, sano y salvo, sin recibir rasguño, del aprieto.
No sé si me cansaba más subir el camino de los demonios (que llamo así por haber sido hollado, seguramente, por ellos) o quejarme de quien ideó aquella maldita ruta (que, al final, devino en triunfante, pero que se me hizo, mientras duró, calamitosa). Gracias a Dios, en quien no creo, la primera vaca que hallamos en medio de la angosta senda tuvo más miedo de nosotros que nosotros de ella, y encontró pronto un hueco entre la maleza, por donde se escabulló. Más pánico me dio la que nos encontramos más adelante, que portaba cuernos de un metro ondulado, acompañada de otras dos, sin sus defensas, que optaron por seguir el mismo comportamiento que había tenido su hermana o prima. Menos mal que no tuve que poner en práctica el plan que había ideado en un pispás, en el supuesto de que hubiera acometido con ímpetu y furia contra nosotros.
Si no hubiera ocurrido ese suceso, en blanco seguiría estando el folio.
Nota bene
Las vacaciones son una oportunidad pintiparada para descansar, seguir cultivando la curiosidad y conocer paisanajes y paisajes nuevos; en definitiva, para explorar, como eso hacíamos cuando éramos unos críos.
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
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