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¿Raquel y el tarambana? ¡Qué pareja!

Ángel Sáez García 31 Dic 2025 - 06:00 CET
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¿RAQUEL Y EL TARAMBANA? ¡QUÉ PAREJA!

Tengo para mí (así que no conviene descartar la posibilidad de que servidor esté equivocado) y vengo sosteniendo, desde hace la tira de años (no sabría decir, a ciencia cierta, exactamente cuántos), allí donde pueda dar mi opinión con absoluta libertad, la tesis de que, en lo concerniente al caso concreto de mi persona (no puedo aducir o presentar ninguna evidencia científica que le dé firmeza o fuste; y, por ende, menos aún un estudio concienzudo que la apoye), mi consciente y mi inconsciente, antes o después, tienden a equilibrarse, a complementarse, a compensarse.

Si, en la realidad, el campo de gobierna mi consciente, estimo que llevo a cabo mi tarea creativa de manera competente, satisfactoria (sigo pensando cuanto pensé y acaso piense tres cuartos de lo mismo en el futuro: mientras continúe teniendo parecidas o similares sensaciones, que no hay nada que pueda compararse al acto benefactor y entusiasta de firmar un texto, una vez he llegado a la conclusión de que este está coronado, acabado), en los sueños que tengo mientras permanezco dormido en los mullidos brazos de Hipnos o Morfeo, ámbito que domina mi inconsciente, sucede todo lo contrario, que no doy una a derechas, o pie con bola; que todo lo hago mal, o, peor, pésimamente; que soy un desastre y, además, chapucero; que, como solía decir mi progenitor, Eusebio, de un dotado con escasas luces o cacumen, que no valgo para echar tabas a un corro. Puede que, cuando era más joven, fuera tan criticón como lo soy hoy, o incluso más. Y ahora mi inconsciente se desquita, convirtiéndome en un fulastre de tres al cuarto.

Si no recuerdo mal (he notado que el alzhéimer me ha dado ya algunos avisos o picotazos, pequeños fallos de memoria), hace cinco lustros con lustre, durante los años que compartí piso con Chema en uno de la zaragozana Avenida de Navarra, lo hice también con otro joven de cuyo nombre no me acuerdo, que era un caso perdido (confío, deseo y espero, de veras, que se encontrara y encauzara y ordenara su vida). La verdad es que (hizo bien, lo correcto y oportuno, su novia), si él hubiera venido al piso y hubiera mantenido con él la entrevista, me hubiera visto en la tesitura de tener que mentirle y decirle que la habitación ya estaba ocupada, pues acababa de ser alquilada; pero vino su novia, que me cayó estupendamente (¿cómo podían formar tándem, pareja, quienes no pegaban juntos ni con cola?). Al final, tras pactar las condiciones, me abrió los ojos y me dijo que la habitación no era para ella, sino para su novio, al que, tras las dos primeras semanas de convivencia, ya le había colocado tres baldones o sambenitos: calavera, tarambana y vivalavirgen.

¿Cuántos viernes por la noche vi películas con ella, sentados en el sofá, en la salita de la tele? ¡Muchos! ¿Por qué? Porque el de conducta irresponsable, manifiestamente mejorable (todos los seres humanos gozamos de esa condición; ahora bien, unos, ciertamente, más que otros), se iba, tras dar de mano en el curro, con sus compañeros de trabajo, o con sus amigos, y pasaba de Raquel (ahora he recordado su nombre de pila), con quien había quedado para salir. Lo he rememorado, de chiripa, tal vez, porque un día llamé a mi sobrina, del mismo nombre, para felicitarle por su cumpleaños y era ella, casi con total seguridad, la que respondió al otro lado de la línea. Evidentemente, borré su teléfono de mi lista de direcciones, que procuro que siga gozando de dicha naturaleza, la de lista o, todavía mejor, inteligente.

He de reconocer, sin ambages ni requilorios, que dicha medida no fue eficaz, la panacea, la deseada mano de santo, porque ahora, dándose la vuelta lo que sucede y su anagrama, seduce, como una tortilla de patata, el novio de la susodicha Raquel, en numerosos sueños soy yo. Y todo lo que no hice entonces con ella, que fue comportarme como un señor, de los pies a la cabeza, lo hago ahora, cochinadas y diabluras sin cuento (¡qué asco más rico, sí, le da a ella fungir de súcubo y a mí de íncubo!), cuando ambos coincidimos y compartimos cartel en los episodios oníricos que proyecta sobre la pantalla blanca de la mente mi inconsciente. Y no niego lo obvio, que termino satisfecho, después de todas las guarradas que hacemos; ahora bien, como noto que me he quedado corto, añadiré el superlativo absoluto que le cuadra, satisfechísimo.

   Ángel Sáez García

   angelsaez.otramotro@gmail.com

Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza. Casado (con la literatura —en traducción libre, literaria, “si la literatura no lo es todo, no vale la pena perder una hora con ella”, Jean-Paul Sartre dixit—, solo con […]

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