PIÉROLA Y ARTEAGA, QUÉ PAREJA
CON EUSEBIO FORMARON FRAY EJEMPLO
Desde que la lluvia fina (que cada quien opte por llamarla como prefiera, calabobos, orvallo o sirimiri) de Karl Raimund Popper me caló, desde que algunas de las ideas del filósofo y politólogo austríaco-británico, padre del falsacionismo, empaparon las anfractuosidades o circunvoluciones de mi cerebro, vengo alegando lo mismo que él arguyó con la debida antelación, que toda idea tenida por verdad es interina, provisional, pues dura en pie mientras no es contradicha o refutada y, por ende, abatida por otra fetén del pedestal donde se enseñoreaba. Así que, para probar su firmeza, solidez y vigencia, urge exponerla ante el público, colocarla en fila con otras en una balda de caseta de feria, como si fuera un mero muñeco del pimpampum, a fin de constatar si permanece en pie o es derrotada y derrocada, tras recibir los pelotazos de las aspirantes a sustituirla, en el caso de que alguna de ellas le haga morder el polvo.
No sé si el atento y desocupado lector (ora sea o se sienta ella, él o no binario) de estos renglones torcidos, cuando termine de pasar su vista por ellos, abundará conmigo en el parecer que vengo sosteniendo y defendiendo, desde ignoro hace cuánto tiempo, la tesis de que uno suele poner por escrito aquel argumento o razonamiento que antes ha proferido varias veces allí donde ha podido expresarlo con absoluta libertad y ha comprobado que, al no ser rebatido u objetado, tiene visos de ser bueno, auténtico. Así las cosas, si Antoine de Saint-Exupéry dejó escrito en letras de molde, en ese libro para niños (que dice muchas más cosas, algunas insospechadas, sí, a sus lectores adultos), que es “El principito”, que “amar no es mirarse el uno al otro, sino mirar juntos (dos o tres) en la misma dirección”, esa es una verdad indeleble que, con esas mismas u otras palabras, había aducido en ocasiones precedentes sin ser cuestionada.
Cuando leí esa frase, por primera vez, si no recuerdo mal, yo estaba estudiando Octavo, el último curso de la extinta Educación General Básica, EGB, en el seminario menor que los religiosos camilos regentaban en la villa riojana de Navarrete. Ciertamente, no pensé que el autor francés la estuviera acotando al amor heterosexual entre una fémina y un varón, sino a ese sentimiento de cariño, lealtad y respeto que surge entre dos personas del mismo sexo, o sea, dos amigos del alma, dos buenos compañeros (no necesariamente homosexuales), con un proyecto compartido o propósito común, verbigracia, educar y formar al grupo de adolescentes que tenían a su cargo en el citado colegio, a fin de hacer de nosotros, sus alumnos, otros religiosos camilos, si no semejantes a ellos, aún mejores; o, en su defecto, personas íntegras, ciudadanos de provecho. Y, sin haberlos nombrado, me estoy refiriendo, por supuesto, a los dos modelos que tenía más cerca, que encajaban entonces en el paradigma como anillo en el dedo anular, Pedro María Piérola García y Jesús Arteaga Romero, su amigo y colega azquetano.
¡Qué pareja formaron los dos navarros de pro! Eran Arteaga y Piérola el prodesse y el delectare, el utile dulci horaciano, la seriedad y la risa a raudales. ¿Quién pudo sostener otrora semejante herejía, que Jesús de Nazaret no rio? Que no se lea en los evangelios canónicos esa circunstancia no significa, en modo alguno, que no lo hiciera, como tampoco se dice que no hizo ni pipí ni popó. Si no se carcajeó ni cagó ni meó, no fue humano, como usted, lector, o como yo. En este punto, reconozco que mi memoria tiende a recordar una escena memorable de la película “EL nombre de la rosa”, basada en la novela homónima de Umberto Eco, en la que Guillermo de Baskerville refuta al venerable (más bien lo opuesto, detestable) Jorge de Burgos lo propio. Tal vez Piérola pudiera pasar por fray Guillermo, pero tengo claro, diáfano, que Jorge de Burgos no es Arteaga ni menos aún Borges.
A nadie que conociera a los mencionados azquetanos y los tratara les extrañará que los eligiera para fundirlos en uno, del que brotara la personalidad sugerente, entusiasta y cautivadora de mi personaje de ficción por antonomasia, fray Ejemplo. Dudé entre unir a la pareja mi profesor de latín allí, Daniel Puerto, o mi padre; opté por mi progenitor. Si Eusebio, mi padre, era una rebanada de hogaza de pan de pueblo recién horneado y tostada al fuego, Piérola era una porción de mantequilla restregada sobre la misma, y Arteaga una o dos cucharadas de mermelada de albaricoque, diseminada/s a lo largo y ancho de dicho pan.
Hay relaciones de amor humano y humanitario (no necesariamente sexual) que funcionan a la perfección, con una resiliencia inusitada, que fluyen naturalmente, como el agua de un manantial, que surge con absoluta libertad, y florecen sin apenas cuidados (aunque hay distintas dosis de cariño en las acciones que comparten) ni esfuerzo; y otras que no cuajan ni encajan, ni a la de tres, ni a la de diez, ni a la de cien; y acaban como el rosario de la aurora.
Ergo, insisto, no creo que a nadie le extrañe que fray Ejemplo lleve el nombre de mi padre y los primeros apellidos de Arteaga y Piérola, uno delante del otro solo por orden alfabético.
Nota bene
Hoy sostengo la tesis de que Piérola y Arteaga no se diferenciaban tanto como yo llegué a creer, a pies juntillas, antaño, y puede haber quedado expresado así por servidor arriba. Hubo un hecho que los distinguió, de manera decisiva, en su crecimiento y desarrollo, y fue el accidente que sufrió Jesús, de resultas del cual tuvieron que amputarle parte de una de sus piernas. Ese suceso supuso una bifurcación en el camino de sus vidas. Porque, ahora, cuando los dos están difuntos (pero vivísimos en mi caletre (“el espíritu de los muertos sobrevive en la memoria de los vivos”, se escucha al cardenal Altamirano dictar a su amanuense, al final de la película “La misión”, filme que recomiendo ver y hasta volver a ver —salvo que uno sea ciego, claro— y oír), diría que son, no la cara y la cruz de una moneda, el haz y el envés, sino dos caras muy caras (con el significado de queridas, por supuesto) de una infrecuente y original, no manida, en el día de la fecha vocación de servicio.
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
Home