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¿Vendrías a mi casa ciudadana,…?

Ángel Sáez García 06 Feb 2026 - 14:00 CET
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¿VENDRÍAS A MI CASA CIUDADANA

(POR DE OTRA, LA RURAL, DIFERENCIARLA)

EN UN PARQUE TEMÁTICO MUDADA?

Ayer, si no he olvidado otros anteriores, fue la primera vez en mi existencia que desperté del escaso rato de siesta, pues este suele durar un cuarto de hora, como mucho, recordando fielmente el sueño que acababa de tener, que yo era una almohadilla, en concreto, un acerico, repleto de agujas y alfileres.

Juzgo que interpreté (si eso cabe y hasta merece la pena hacer, ya que conozco quien no dedica un minuto de su tiempo a dicho menester, por entender que es una mala inversión, por vana, dedicarlo a dicha bagatela) correctamente, a la perfección, el episodio onírico que tuvo a bien suministrarme mi inconsciente. Así es como me siento despierto, en estado de vigilia, como una almohadilla, que sufre las picadoras, que son los ruidos, que generan los vecinos de arriba, abejas o avispas que crecen y menguan ad libitum.

Hoy he soñado, durante el mencionado y escueto rato sesteadero o sestil, algo parecido, pero no era un acerico, no, sino una aguja, eso sí, rodeada de un montón de alfileres, que no cesaban en su empeño de pincharme, aunque ninguno de ellos lograba atravesar mi piel metalizada.

La interpretación del susodicho episodio, que ha proyectado el inconsciente sobre la pantalla impoluta de mi cacumen, es evidente. Mientras yo, convertido en una aguja enhebrada, provista de idea, o sea, de hilo conductor, intento dar una puntada y otra y otra en el papel que uso, la media cuartilla gualda, con la punta, que sangra tinta, de mi bolígrafo BIC azul, los vecinos de arriba, una patulea de alfileres, en lugar de crear música melódica, se dedican a propiciar ruidos de todo jaez, estridencias sin cuento.

He llegado a pensar, en serio, en la posibilidad de convertir mi piso, entre semana, no en una casa rural, sino ciudadana, para que quienes vengan a visitarla puedan disfrutar de un parque temático sui géneris, y aprendan una colección completa de ruidos y, si tienen alguna duda, puedan preguntar a los moradores de arriba, cómo han conseguido crear ese fragor que ellas/os no han alcanzado a identificar qué causa u origen tiene.

Como “en esta vida hay gente para todo” (bueno, seamos justos con la anécdota; el torero Rafael Gómez Ortega, a quien se le adjudica o atribuye dicha expresión o locución, no la dijo así, porque se comió, a la hora de pronunciarla, la segunda mitad de ese todo y se quedó solo con la primera “tó”; cuando a “el Divino calvo”, también conocido en el ambiente taurino por el apodo o alias de “el Gallo,” le presentaron en un sarao al filósofo José Ortega y Gasset, el maestro/matador preguntó qué era eso de filósofo y, cuando se lo dijeron, este apostilló la sentencia mencionada), seguro que hay entre mis lectores, tres o cuatro docenas, no más, no conviene echar las campanas al vuelo, alguno a quien le interese y hasta pague diez euros por escuchar, desde las cinco hasta las seis y media de la mañana, pongamos por caso, un concierto disonante que puede ser memorable, digno de recordar, esto es, cuántos estruendos se pueden generar, no de forma involuntaria, no, sino adrede, aposta, en un piso, verbigracia, el inmediato superior al mío.

Con una buena promoción, no descarto la posibilidad de hacer un negocio redondo, al poderlo extender a los fines de semana, donde los visitantes podrían escuchar cómo corren, a lo largo del pasillo, los caballos, y (lo que considero un lujo) cómo piafan, pero ejecutados dichos movimientos por seres con apariencia humana, pero claramente asilvestrada. Y es que servidor es de los que defienden la tesis de que no hay mal que por bien no venga (eso sí, a condición de que quienes acudan a mi piso a escuchar el espectáculo cacofónico se comprometan a no generar ruidos, porque la vecina del piso inferior al mío tendría el mismo problema que, desde que vinieron a ocupar el piso de arriba sus actuales propietarios, vengo aguantando estoicamente).

Si se incumple el concierto y los visitantes no me piden daños y perjuicios, prometo reintegrar el billete rojo.

Nota bene

Diez maneras distintas de mover, arrastrando o no, camas, mesas, sillas y los demás enseres de una casa. Los primeros spots publicitarios que mi parque temático divulguen pueden ser esos tres endecasílabos.

   Ángel Sáez García

   angelsaez.otramotro@gmail.com

Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza. Casado (con la literatura —en traducción libre, literaria, “si la literatura no lo es todo, no vale la pena perder una hora con ella”, Jean-Paul Sartre dixit—, solo con […]

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